sábado, 10 de noviembre de 2012

La república imposible



"Sobre todo creo que
no todo está perdido,
creo que he visto una luz
al otro lado del río"

Jorge Drexler








Dentro de Vilna, la capital de Lituania, existe, semirodeado por un pequeño río, un país imposible. Un pequeño distrito llamado Užupis (se pronuncia como esdrújula, y esa cosa rara que tiene la letra z hace que suene más o menos como los argentinos pronuncian la y: Úshupis). La pronunciación es lo de menos, pues seguro que les parecerá un chiste lo que viene a continuación, aunque no lo es.

La república de Užupis se declaró territorio independiente hace quince años, aunque a la fecha ningún organismo internacional ni ningún gobierno –mucho menos el gobierno lituano- la reconoce como tal.

Sin embargo Užupis es un país como Dios manda (tal vez el único país como Dios manda). Tiene bandera propia, constitución, día de la independencia, fronteras bien delimitadas, e incluso tuvo un ejército de doce personas,  aunque no duró mucho porque nunca lo necesitaron. Nunca lo necesitarán.
Su bandera es una mano abierta con un círculo en la palma, tiene aproximadamente cinco mil habitantes y muchos muchos gatos, que son de todos. Su política exterior es tan simple que da risa (o envidia, que en este caso es mejor); sus fronteras están abiertas siempre y a todos. Solo se piden cuatro requisitos para entrar al país: sonreír, conducir despacio, tratar de fomentar el arte en cualquiera de sus formas y no tirar cosas al río.

De risa, ¿verdad?

Sonreír. Así se obtiene la visa para este país imposible (y si tienes la suerte de estar ahí el día de la independencia –el 1 de abril- también te sellan tu pasaporte).

Pero lo más admirable de Užupis es que su constitución –la cual está escrita en grandes placas de metal y expuesta en una de sus calles-, en solo cuarenta artículos, expresa lo que ninguna otra constitución, ningún rey –por bueno y sabio que haya sido-, ningún pueblo, ningún gobierno en toda la historia de este puerco mundo ha sabido llevar a cabo. Cuarenta frases traducidas a catorce idiomas que expresan todo lo que necesitaríamos hacer para no ser el cáncer de Dios.



 
  
1.      Todos tienen derecho a vivir junto al río Vilnia, y el río Vilnia fluye para todos.
2.      Todos tienen derecho al agua caliente, calefacción en invierno y un tejado.
3.      Todos tienen derecho a morir, pero no es una obligación.
4.      Todos tienen derecho a cometer errores.
5.      Todos tienen derecho a ser únicos.
6.      Todos tienen derecho a amar.
7.      Todos tienen derecho a no ser amados, pero no necesariamente.
8.      Todos tienen derecho a ser ordinarios  y desconocidos.
9.      Todos tienen derecho a quedarse quietos.
10.  Todos tienen derecho a querer y cuidar a los gatos.
11.  Todos tienen derecho a cuidar a un perro hasta que uno de los dos muera.
12.  El perro tiene derecho a ser perro.
13.  El gato no está obligado a amar a su dueño.
14.  Todos tienen derecho a no estar al tanto de sus obligaciones algunas veces.
15.  Todos tienen derecho a dudar, pero no es una obligación.
16.  Todos tienen derecho a ser felices.
17.  Todos tienen derecho a ser infelices.
18.  Todos tienen derecho a callar.
19.  Todos tienen derecho a tener fe.
20.  Nadie tiene derecho a la violencia.
21.  Todos tienen derecho a apreciar lo insignificante.
22.  Todos tienen derecho a no apreciar lo insignificante.
23.  Todos tienen derecho a entender.
24.  Todos tienen derecho a no entender nada.
25.  Todos tienen derecho a ser de cualquier nacionalidad.
26.  Todos tienen derecho a celebrar o no celebrar su cumpleaños.
27.  Todos pueden compartir lo que es suyo.
28.  Nadie puede compartir lo que no es suyo.
29.  Todos tienen derecho a tener padres y hermanos.
30.  Todos pueden ser independientes.
31.  Cada uno es responsable de su libertad.
32.  Todos tienen derecho a llorar.
33.  Todos tienen derecho a ser malinterpretados.
34.  Nadie tiene derecho a culpar a otra persona.
35.  Todos tienen derecho a ser individuales.
36.  Todos tienen derecho a no tener derechos.
37.  Todos tienen derecho a no tener miedo.
38.  No quieras vencer.
39.  No te vengues.
40.  No te rindas.
 














Salgo de Užupis y por un momento miro atrás. La miro de lejos, y me parece que esa canción de Jorge Drexler es verdad. Creo que he visto una luz.


Lo triste, lo devastador, es que desde Užupis, desde ese país imposible que parece una broma, desde esa republiquita “independiente” que ni Moro ni Platón imaginaron, miro todo lo que le rodea, miro el mundo que sí existe, el que está del otro lado del río, y entiendo que Užupis en verdad es una broma. Que no hay ninguna puta luz.






domingo, 28 de octubre de 2012

La chica que me arruinó los otoños





Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vayan pasando los años, más tiempo me llevará. Es triste, pero cierto. Al principio era capaz de recordarla en cinco segundos, luego éstos se convirtieron en diez, en treinta segundos, en un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente, igual que las sombras en el crepúsculo. Puede que pronto su rostro desaparezca absorbido por las tinieblas de la noche. Sí, es cierto. Mi memoria se está distanciando del lugar donde se hallaba Naoko. De la misma forma que se está distanciando del lugar donde estaba mi yo de entonces. Sólo el paisaje, aquella imagen del prado en octubre, vuelve una y otra vez a mi mente como la escena simbólica de una película.

Pero este paisaje está desierto. No hay nadie. No está Naoko, ni estoy yo. «¿Adónde hemos ido?», pienso. «¿Cómo ha podido ocurrir una cosa así? Todo lo que parecía tener más valor –ella, mi yo de entonces, nuestro mundo–, ¿adónde ha ido a parar todo eso?». Lo cierto es que ya no recuerdo el rostro de Naoko. Conservo un decorado sin personajes.

Haruki Murakami. Tokio blues


Es tal como lo escribe Murakami. Estás desapareciendo, inevitablemente. Primero se fueron borrando los detalles más triviales que rodeaban nuestro mundo de entonces. No recuerdo ya, por ejemplo, si el cabello te llegaba hasta los hombros o solo hasta la mitad del cuello, si tomabas el café con mucha azúcar, si tu coche era blanco o gris,  o si llevabas dos o tres anillos en las manos.

Después –y casi sin darme cuenta- se fueron borrando los detalles del último día que te vi con vida. Aquella nítida fotografía se fue gastando, y hoy quedan solo fragmentos. ¿De qué hablamos aquella noche, además de tu viaje a Buenos Aires?, ¿cómo se llamaba esa cafetería que tanto nos gustaba?, ¿me dijiste hasta mañana o hasta el viernes (aunque ni mañana ni el viernes llegaron para ti)?, ¿me pediste que te acompañara a tu entrevista del día siguiente?, y si te hubiera acompañado, ¿hoy estarías viva, o estaríamos muertos los dos?

Hoy, cinco años después de tu muerte, me doy cuenta que ya no recuerdo la ropa que llevabas aquel último día que nos vimos; todos esos detalles que podía reconstruir de memoria son ahora borrosos. El camino desde mi casa de entonces hasta tu casa de entonces se me ha olvidado por completo. Tu voz también está desapareciendo; me cuesta mucho recordar el tono que tenía, o los detalles de tus manos.

Es natural, supongo. Te me estás olvidando, Katherine. Y esto de escribir nuevamente sobre ti, y de escribírtelo a ti, como si aún pudieras leerlo –como si algún día hubieras leído algo de lo que te escribí-, es también un intento de que el tiempo no te borre, aunque sepa que sí, que tu voz, que tu risa, apenas cinco años después, se me están yendo definitivamente.

Tu rostro no. Aún no. Tu rostro permanece, pero igual se irá borrando con los años. Cuántos, no lo sé, pero sé que también se irá, y tal vez, en 30 años, sea incapaz de cerrar los ojos y recordar a detalle tu rostro.

La rabia, el silencio, la tristeza por tu muerte, también se fueron yendo. Y no volvieron. Lo que sí ha vuelto es el otoño, y es hermoso, pero se parece demasiado al de aquella ciudad donde estuvimos. Quizá por eso estos días te recuerdo un poco más –lo que aún recuerdo-, porque estos magníficos colores, estos días cortos y un poco fríos, son como aquellos que envolvieron tus últimos días. Quizá por eso, también, releo a Murakami, y me doy cuenta, Katherine, que me arruinaste un poco los otoños, que Benedetti no tenía razón en eso de que el olvido está lleno de memoria, al menos no el mío. Mi olvido solo tiene eso, olvido. Y es triste, pero cierto, te seguirás diluyendo en el tiempo. 

Tu voz ya se me está yendo, luego será tu rostro, tu cuerpo. Tu nombre tal vez sea lo último. Tal vez sea lo único que me quede sin temor a equivocarme. Tu nombre, el nombre de la maravillosa chica que me arruinó los otoños más bellos.






martes, 23 de octubre de 2012

Más negro que un somalí




Anoche soñé con mis hijos. Qué miedo.

Eran dos, niño y niña, de diez y de ocho años aproximadamente.

No recuerdo sus nombres. Mi sueño ocurre en una habitación que tampoco me es familiar; es un poco oscura, hay un sofá y alfombra. Tampoco puedo recordar la ropa que llevan, ni el color de su pelo. No sé quién es su madre; solo mis hijos y yo en una habitación. Qué miedo.

Mis hijos y yo hablamos sobre un lugar al que vamos a ir más tarde. Es un parque histórico, un museo, o algún monumento relacionado con la Segunda Guerra Mundial. Creo que Treblinka, pero no estoy seguro.
No es un sueño memorable, pero hay dos cosas en las que he estado pensando todo el día. La primera es un comentario que hace mi hijo. Al parecer solo él y yo vamos a salir, y como mi hija se va a quedar en casa, le pide a su hermano que le traiga algo de ese lugar al que vamos a ir, una postal o algo así, y entonces mi hijo –sangre de mi sangre, luz de mi vida- hace el chiste más negro que yo haya escuchado jamás. No puedo recordarlo exactamente, pero es algo así como:

-Me traes algo de Treblinka (o Auschwitz o lo que sea).

-Sí, vamos a traer el kit oficial de jabones pa´l baño y un cenicero.

Algo así es lo que dice mi hijo en mi sueño.


La segunda cosa –y la que más me intriga- es que mis hijos no tienen rostro. Ni ojos, ni boca ni nada. Hablan, ven y se mueven, pero su cara es un trozo de piel completamente lisa, un poquito abultada, como un glúteo. Qué horror, mis hijos tienen cara de nalga.

Yo no sé si a la gente, en general, le provoca tanta curiosidad sus sueños, o qué tipo de cosas sueñan, pero a mí me intrigan mucho y me sumen en profundas e inútiles reflexiones. Recuerdo algunos muy raros, por ejemplo uno en el que Milla Jovovich me preguntaba cómo llegar a la estación del metro Pino Suárez, y yo la llevaba a comer tacos de canasta y ninguno de los dos tenía dinero para pagar y corríamos, todavía con dos tacos en la mano cada uno. En otro sueño, Alex Ferguson me contrataba para diseñar el nuevo uniforme del Manchester United, y yo le llamaba por teléfono a Eric Cantona muerto de miedo. Y ahora éste, donde mis hijos tienen una nalga en el rostro y un humor más negro que un somalí.

Hace algún tiempo tuve a mi lado a una mujer bella, inteligente y psicoanalista, y durante meses le insistí que me diera una ligera opinión sobre mis sueños, a lo que ella profesionalmente siempre se negó, hasta que un día la harté y me dijo: A ver, cabrón, ¿qué soñaste? Y yo, recontento, le describí con pelos y señales un par de escenas muy raras que había soñado unos días antes, con la esperanza –idiota de mí- de que su “interpretación” me iba a aclarar un par de cosas.

Nunca lo hubiera hecho. Quiero decir, contarle mis sueños. Nunca lo hubiera hecho. Después de escucharla, esas escenas que antes me parecían completamente bizarras tenían bastante sentido, aunque debo decir que no me gustaba lo que ahora significaban. Me habló de proyección, desplazamientos, regresiones, elaboración secundaria y otros términos psicoanalíticos que me asustaron un poco y que obviamente ahora confundo. Pero recuerdo que en mis sueños a veces yo no era yo, sino otra de las personas que aparecían en él, y que en ocasiones el inconsciente trivializa lo más importante y viceversa. Ella me hacía preguntas sobre lo que yo pensaba de mis propios sueños, y aunque algunas de las conclusiones fueron muy feas, quise seguir preguntando (cuánta razón tiene Javier Marías cuando dice que siempre preguntamos cosas de más, cosas que no necesitamos saber, y que ése es uno de los más grandes errores en las relaciones humanas, preguntar de más, querer saberlo todo).

Hoy esa bella psicoanalista está a ocho mil kilómetros de aquí, y yo pienso todo el día en mis hijos-cara-de-nalga. Trato de reconstruir el sueño a detalle y pensar qué diablos significa, qué diablos dijo mi hijo exactamente; y es que después de ella ya ninguno de mis sueños me parece trivial; sé que algo de mi inconsciente se esconde ahí y soy incapaz de entenderlo. Ella me dejó, entre otras cosas, una terrible obsesión onírica.

¿Yo soy yo en mi sueño?, ¿soy yo el que tiene cara de nalga?, ¿y quién es la otra nalga, entonces?, ¿Milla Jovovich, Alex Ferguson? Dios mío, ¿estoy enamorado de Alex Ferguson?,  ¿significa esto que me asusta tener hijos, que tengo miedo que nazcan deformes, que no quiero ver sus rostros?, ¿o son mis padres los que tienen cara de nalga?, ¿tengo miedo que mi hija tenga un culo muy bonito?, ¿quiero quemar a mis hijos en un horno?, ¿mi padre me quemó una nalga cuando era pequeño y no lo recuerdo? O tal vez… ¿mi hijo va a ser un Hitler y va a llevar a cabo un exterminio contra los somalíes, y después va a fabricar ceniceros, pero no van a parecer de cristal, sino de obsidiana?

Carajo, esto es muy complicado, pero ya recordé exactamente el chiste de mi hijo-nalga.

Es demasiado cruel para contarlo. Demasiado, y me pueden cerrar el blog.

Ése es m´ijo, chingá.



domingo, 29 de julio de 2012

Quédate otros treinta años


¿En qué momento comencé a perderte?, ¿en qué noche comenzaste a irte?, ¿lo tenías ya decidido hace diez años, o hace veinte? 

De los primeros diez años no hay ni qué decir; no me importabas, no te veía, no notaba siquiera tu presencia, ahí, siempre conmigo. Incluso durante los siguientes diez años, jamás me pasó por la cabeza que algún día podrías irte. No. Esos diez años (los de en medio) fueron nuestros mejores tiempos. Hoy finalmente me queda claro que no te vas a quedar más conmigo. Treinta años juntos son muy pocos.

Supongo que, como sucede con muchas cosas que terminan, al principio no quise ver que pronto te irías. Había indicios cada vez más claros. Por cierto, ¿cuándo fue el primero?, ¿hace quince años, en la prepa? No, en ese tiempo tú y yo éramos indestructibles, éramos uno solo, eras mi orgullo. ¿Cuándo, entonces?, ¿hace diez años, en la universidad? No, ésos fueron nuestros años dorados, ¿recuerdas? Y aunque quizá tú empezaste a mostrarme que no estarías siempre conmigo, que algún día te irías, aún así, hicimos lo que quisimos.

Fue después, hace siete u ocho años, cuando tus indicios se volvieron más evidentes; ya no pude seguir ignorando las bromas de un par de amigos sobre mi ancha frente. Pero seguí creyendo –muy en el fondo- que lo tuyo no iba en serio.

Es definitivo. Te me vas. Lo confirmo más cada día, cuando en mi almohada aparecen otros treinta o cuarenta cadáveres de lo que alguna vez fue una abundante cabellera; lo confirmo en la coladera del baño, en el piso, en el lavabo. Lo nuestro ya no lo arregla ni Dios.

Supongo que no es tan malo. Pensándolo bien, los calvos hacen grandes cosas; la Historia está repleta de ellos: Lenin, Gandhi, Zidane, Bruce Willis. Hombres admirables que sin cabello han cambiado al mundo.

Lo que no acepto es esta separación agónica; ver que te vas poco a poco, de a cincuenta cabellos al día. No, eso sí que no. Eso es deprimente. A este ritmo parece que me estoy dejando crecer la frente; y ¿sabes?, si mi frente y mi nuca se van a volver una sola, prefiero no ver cada día cómo avanzan un poco hasta encontrarse. Vamos a terminar esto bien y rápido, como caballeros.

Y como caballero, te digo que pasaron varios meses para decidirme a acelerar nuestra… cómo decirlo… ¿separación? Lo pensé mucho, incluso hace un año te dejé crecer en un desesperado intento para ocultarme las entradas. Pero ya ni eso. Te me vas –literalmente- entre los dedos. Qué putada. Pero lo pasamos bien, ¿no? Probamos de todo: trencitas a lo Snoop Dogg, corto, largo, rapado, con colita de caballo a lo Desperado, con cresta punketa, con rastas…  (suspiro nostálgico)

Ojalá te quedaras otros treinta años. Otros diez. Otros dos… ¿no, verdad?

Pues eso. Sin rencores.

Adiós, cabello. Tuvimos buenos momentos juntos.  


domingo, 26 de febrero de 2012

Putas lavadoras



Comenzar a ver películas italianas se ha vuelto rutinario, automático, aunque no obsesivo; si puedo, si hay una a la mano, la veo. Eso sí, tienen que ser películas que se hayan filmado entre los 60 y los 80. Nunca más recientes. O casi nunca.

Sin exagerar, he visto el comienzo de más de doscientas películas italianas. De ésas, solo  quince o veinte las he terminado. Me bastan algunos minutos para saber si lo que busco está en esa película. Por lo menos doscientas, y sigo buscándola.

Hace unas semanas, un amigo puso en su muro de Facebook algunas fotos de cuando íbamos en la secundaria. En una de ellas aparezco yo, hace diecisiete años, con ese horrible pantalón gris y suéter verde, y encima, una chamarra de los 49ers de San Francisco que nunca me quitaba, aunque hiciera calor. Hoy daría uno de mis riñones por lo que olvidé en el bolsillo de esa chamarra.

Una noche –yo tenía doce años- mientras me aburría cambiando los canales de la televisión, que no eran muchos porque en mi casa nunca tuvimos cablevisión ni nada así, me topé con una mujer desnuda caminando en la pantalla. Debió ser en el canal 22, donde pasaban películas raras, aburridas y largas, y claro, con doce años, yo era un hervidero hormonal, así que al ver aquel par de senos al aire dejé el control remoto a un lado, bajé el volumen y miré que nadie estuviera en el comedor, desde donde también se podía ver la tele. Era casi medianoche y comprobé que todos estaban arriba en sus habitaciones. Ese horrible y cultural canal 22 por fin me ofrecía algo interesante; era una película italiana, a color, subtitulada en español –algo raro en la televisión abierta-, y durante los siguientes cuarenta minutos, hasta que terminó, la protagonista apareció siempre desnuda, y siempre en el mismo departamento. Aún hoy pienso que debe ser uno de los desnudos más largos en la historia del cine mundial.

Era una chica rubia, de cabello ondulado y ojos azules. Parecía joven –menos de 30 años-, era delgada y no tenía un cuerpo de playmate, sino senos pequeños y caderas apenas pronunciadas. Cocinaba desnuda, y desnuda se sentaba a la mesa, y escribía cartas desnuda, y mientras su amante, vestido con un traje café, tomaba el desayuno, ella le contaba chistes desnuda. Toda la película transcurría en el departamento de la chica, y su pareja, un oficinista cincuentón y bastante gris, la visitaba cada dos o tres días, hablaban un poco –en ningún momento había el menor contacto entre ellos, él apenas decía algunas palabras-, y luego él regresaba al trabajo o a casa con su esposa, y la chica rubia se quedaba otra vez sola en el departamento, esperando un nuevo encuentro. Y estuviera sola o acompañada, lavando los platos o leyendo desnuda en el sofá, la chica siempre, absolutamente siempre se veía alegre.

No fue precisamente excitación lo que sentí, no me provocó una erección ni me hizo entregarme a las artes de Onán. No era la primera mujer desnuda que veía en la pantalla (por aquel entonces yo ya conocía a Savannah, Janine Lindemulder y algunas otras chicas Vivid, pero ninguna de ellas se comparaba con la chica italiana que en ese momento aparecía). No, no fue excitación, fue el mismísimo síndrome de Sthendal en toda su pureza. Fue vértigo y maravilla, fue colapso, quietud, eclosión y Epifanía. La vi hablar por teléfono y lavarse los dientes, discutir con su pareja y luego arreglarle la corbata, reírse y asomarse por la ventana; desnudez y alegría eran exactamente lo mismo en esa chica. Me quedé inmóvil el resto de la película, sin entender un carajo de lo que decían y sin leer ni un solo subtítulo, babeando ante la mujer más bella que he visto en toda mi puta vida.

Esas películas raras del canal 22 no tenían comerciales, lo cual por primera vez me pareció una pena, pues al ir a un corte solía verse en la pantalla: En un momento regresamos con… o Estás viendo… regresamos, por lo que nunca supe el título. Cuando aparecieron los créditos finales, leí el nombre de la actriz y lo escribí de inmediato en un trocito de papel. Lo doblé y lo guardé en el bolsillo interior de la chamarra que llevaba puesta. La de los 49ers de San Francisco.

Durante un par de meses dejé de ponerme mi chamarra favorita, pero por lo menos una vez a la semana confirmaba que el trocito de papel seguía ahí, con el nombre de la mujer más bella del mundo escrito en él. Sin embargo, no había mucho que hacer; no podía pedirle ayuda a mis hermanas mayores o a mis padres, me daba vergüenza; no conocía a ninguna persona experta en cine italiano (en realidad no conocía gente experta en nada), y tampoco existía google, ni chats ni todas estas mierdas tecnológicas que nos resuelven la vida en 3 segundos. No había mucho que hacer, así que no hice nada.

Estábamos por terminar el tercer año de secundaria, el papelito seguía ahí después de más de dos años, aunque ya no le daba tanta importancia. Algún día le preguntaré a alguien que sepa, pensaba, y volvía a guardarlo en el bolsillo interior. Un día en una fiesta le presté mi chamarra de los 49ers a un chico de mi grupo llamado Alfonso -que también aparece en la foto-. Se la llevó a su casa y yo me olvidé de ellas (de la chamarra y de la mujer más bella del mundo). Dejamos de vernos, y varios meses después, cuando me la devolvió, me dijo muy amable: mi mamá la echó a la lavadora porque estaba re sucia, pinche Merino, ¿que nunca la habías lavado?


El trozo de papel, obviamente, se había disuelto. Intenté con todas las hormonas de mi quinceañero cuerpo recordar el nombre de la actriz, y me fue fácil: María. María… ¿Antonioni?, ¿Albertini?, ¿Tallarini?, ¿Tallarota?, ¿Pagliuca?, ¿Apolloni?, ¿Maldini? No, pendejo, ésos eran futbolistas. ¡Puta madre!, ¡puto Alfonso!, ¡puto canal 22!, ¡puto papel!, ¡putas lavadoras!

Pero Dios es tan canalla que hace que la esperanza reaparezca de vez en cuando, y en la prepa conocí a un par de chicos que decían saber mucho de cine “de autor”, “independiente”, “no comercial”. Pinches mamones, pero era lo que había, así que comencé a explorar un poco sobre cine italiano (seguíamos sin tener Internet así que tenía que ir al tianguis del Chopo a conseguir películas raras). Fui siguiendo recomendaciones de todo el que parecía saber algo sobre cine italiano, o simplemente sobre cine, o de todo aquel que pareciera saber algo sobre cualquier cosa. Comenzaba a ver alguna cinta –literalmente eran cintas, en formato VHS- y a los 20 minutos la quitaba si no aparecía la mítica actriz. En la escuela me mandaron un par de veces a la Cineteca Nacional y aproveché para preguntar a los viejos que vendían pelis usadas, pregunté a los comerciantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, a los viejos lobos del CUEC, pregunté en el tianguis afuera del metro Balderas, y fui siguiendo cualquier referencia que alguien me diera sobre cine italiano. Lo hice durante mis tres años de la prepa (incluyendo cuando estuvimos en huelga), lo hice durante mi único año en la Facultad de Ciencias en C.U., durante mis vacaciones y siempre que me topé con alguien que supiera un poco de cine.

Si mi madre me hubiera encontrado viendo Saló o los 120 días de Sodoma, de Pier Paolo Pasolini, u Holocausto caníbal, de Ruggero Deodato, habría quemado en el acto las 3 televisiones de la casa. Veía cualquier película italiana. Cualquiera; de Mario Bava a Rossellini, de Lucio Fulci, de Nanni Moretti; más de diez películas de Marco Ferreri; he visto el inicio de todas las películas de Fellini y no he terminado ni una sola; he visto el inicio de todas las de Tinto Brass, y las he terminado todas (solo por curiosidad).

Pero no todos fueron fracasos, pues descubrí a Dario Argento –y de paso a Asia Argento-, a Dominique Sanda y a Gloria Guida. Con eso debería bastarme. Con Gloria Guinda a cualquiera debería bastarle, pero ni siquiera ella, ni siquiera –y que me perdone Dios por decir esto- Stoya Doll, o Martina Warren, Lexi Belle, Stormy Daniels o Silvia Saint  me han quitado el aliento como lo hizo María Pavarotini o como carajos se llame.

En la calle Grodzka, muy cerca del centro de Cracovia, está el Instituto Italiano de Cultura. Cada miércoles hay películas, y hoy ponen Un uomo in ginocchio, de Damiano Damiani. No me suena, pero es del ´78, así que igual hay suerte. Además, las películas italianas casi siempre duran veinte minutos.

La posibilidad de recordar el apellido de aquella mujer cada vez me parece menos probable. Desde hace un par de años comienzo a sopesar la idea de que tal vez ni siquiera se llamaba María; tal vez ni siquiera era italiana la película, pues pensándolo bien, a los 12 años yo no sabía cómo sonaba el italiano; pudo ser francés, o checo, y yo he buscado todos estos años en doscientas películas del país equivocado.

En tres segundos, en tres malditos segundos google me diría lo que no he podido encontrar en diecisiete años.

Y todo por una puta lavadora.




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