domingo, 5 de abril de 2015

Agnieszka entre sudacas*





No fui yo el primero en conocerla. Y a decir verdad, nadie de nuestro pequeño grupo sabe quién la conoció primero. De pronto estaba ahí entre nosotros; alguien se la presentó a alguien, o era amiga de un amigo, no importa. Agnieszka se ha rodeado de sudacas y se le ve encantada, curiosa; por momentos risueña y por momentos tristísima y pensativa cuando nos hace contarle cosas sobre esa lejana y exótica tierra que está empeñada en conocer algún día: América Latina.

Y es que Agnieszka, contraria a muchos estudiantes de español que quieren viajar a Latinoamérica, no está interesada en conocer Cancún, ni Salto Ángel ni Punta Cana. Y en cambio nos pregunta cosas de las que normalmente no hablamos entre nosotros.

Nosotros, cinco sudacas: Luis, de El Salvador; Víctor, de Medellín; Goyo, de Caracas; Daniel, de Lima, y yo, del DF. Nos encontramos en Cracovia por accidente, y nos hemos ido encontrando con cierta frecuencia. Siempre hay más gente, claro: españoles, polacos, algún inglés perdido, y Agnieszka fue apareciéndose en las reuniones poco a poco, y siempre que coincidimos los cinco sudacas, ahí está ella, curiosa, preguntándonos cosas que lee en Internet o ve en algún documental.

¿De verdad hacían eso de la corbata colombiana en tiempos de Escobar?, le pregunta Agnieszka a Víctor, a medio domingo mientras comemos hamburguesas. Y Víctor traga el bocado, sonríe un poco y le dice que sí, que claro, que por supuesto que lo hacían. Los ojos de Agnieszka se entornan, se pone pensativa unos segundos, y continúa preguntándole a Víctor cosas sobre Colombia, sobre la inseguridad y la violencia, sobre el narco y las FARC. Y Víctor cuenta un par de cosas, un par de anécdotas. Ni Goyo, ni Daniel ni ninguno de los sudacas ahí presentes nos sorprendemos. Asaltos con navaja, robos a mediodía y en plena calle, o de noche al volver del trabajo, o en el autobús. Cosas de las que raramente se habla entre latinoamericanos, pero que Agnieszka nos saca de forma sutil, con genuina curiosidad, y que le contamos sin reparos porque ella se interesa realmente en esa otra cara de América Latina que generalmente a la mayoría le importa un carajo.

Agnieszka se va y no volvemos a hablar del tema, hasta que semanas después vuelve a aparecerse en alguna reunión, y entre cerveza y cerveza comienza a preguntarle a Luis si es cierto lo del derecho de piso y la extorsión en El Salvador, si continúa la guerra entre las dos principales pandillas del país, la MS-13 y Barrio 18; le pregunta también por Viejo Lyn, Sirra, El Trece y otros líderes de la Mara Salvatrucha; sobre los asaltos nocturnos a casas particulares, y Luis le dice que sí, que claro, que por supuesto, y le cuenta cómo, cuando vivía en un edificio de 6 pisos en las afueras de San Salvador, llenaban botellas con arena o rocas y las ponían junto a la ventana, listas para dejarlas caer en cuanto escuchaban, a medianoche, que alguien intentaba forzar la reja para entrar a robar. No puedes tirar cocteles molotov porque puedes provocar un incendio. Las rocas son más seguras, dice Luis.

La plática sigue, amena (si es que se puede considerar amena una plática sobre el derecho de piso). Agnieszka pregunta y pregunta, escucha, se queda en silencio, pregunta de nuevo, mueve la cabeza, maldice bajito, y pregunta de nuevo sin que su curiosidad llegue nunca a incomodar. En algún momento me pregunta por Santiago Meza El pozolero, quien trabajó para el cártel de los Arellano Félix y después para el cártel de Sinaloa, y cuyo trabajo consistía básicamente en disolver cadáveres en ácido (se calcula que “se deshizo” de más de 300 cuerpos). Y el pozole es esa sopa mexicana que tiene pedazos de carne, ¿verdad?, por eso lo de pozolero, pregunta Agnieszka, y agrega tras unos segundos: como en la película El infierno, ¿no?

Me pregunta también por El Ponchis, el niño sicario; un chico de 14 años que trabajaba para el cártel del Pacífico, y que confesó haber recibido dos mil quinientos dólares por cada víctima que degollaba. Me pregunta si de verdad aparecen de vez en cuando cuerpos colgados de los puentes, y yo le digo que sí, que claro, que por supuesto que aparecen de vez en cuando. Ésas son las cosas que le interesan a Agnieszka: pregunta por el  pago de vacuna,  por los Zetas, por La Torre de David en Caracas. Sabe que barrios como Petare, El Amparo, La Comuna 13 o Tepito, son también la cara de América Latina, y quiere saber más sobre ellos. Sabe que nuestro continente es más que playas bonitas, salsa y frutas exóticas. Pero ni Goyo es de Petare, ni Víctor de La Comuna 13 ni yo de Tepito. Somos de barrios promedio, aunque tristemente, promedio en Sudacalandia significa tener junto a la ventana botellas con rocas, o poner trozos de vidrio en la parte superior de los muros que rodean tu casa, o quitar el cable de la batería de tu auto cada noche para que no lo puedan robar.

Barrios promedio.


¿O sea que te han intentado robar el coche?, pregunta Agnieszka.
Intentado sí –le respondo-. Y robado también. Una noche que no le quité el cable de la batería.


Claro que esto no quiere decir que todos los latinoamericanos hemos sido afectados por la inseguridad. Conozco a muchos mexicanos a quienes jamás les han robado nada, pero bueno, Agnieszka no sólo se ha rodeado de sudacas, sino de sudacas con mala suerte a quienes sí han asaltado, muchas veces y de muchas formas.

¿Y con pistola? –nos pregunta a todos. ¿También les han robado así?

Daniel nos cuenta, le cuenta a Agnieszka en realidad, algo que al resto nos es familiar, pues aunque no lo hayamos pasado lo hemos oído. Pequeñas variaciones de la misma historia. Un semáforo, de noche. Daniel detuvo el coche, su madre iba con él. Dos chicos se acercaron, uno por cada lado, pistola en mano. Daniel ya se estaba bajando del coche sin resistirse, pero su madre se puso nerviosa y tardó en desabrochar el cinturón de seguridad. El asaltante a su lado se desesperó y disparó dentro del coche, muy cerca de la oreja de su madre. No la hirió pero el disparo le reventó el tímpano. Los dos chicos se llevaron el coche y Daniel a su madre al hospital.

¿Y la policía atrapó a los dos chicos? –pregunta Agnieszka, y todos sonreímos condescendientes. Claro que no.

Goyo le cuenta también una historia, y Luis otra, y todas, al final, se parecen un poco. Yo le cuento sobre el restaurante de mi padre, donde hace unos años trabajaban 2 de mis hermanas y yo, y un sábado a media tarde, con varios clientes en las mesas –familias con hijos, parejas, amigos- entraron 4 tipos armados, diciendo que si no cooperábamos nos iba a llevar la Chingada.

Uno de ellos fue directo hacia la caja, donde estaba mi hermana mayor, y le apuntó directo al pecho, a un metro de distancia. No llevaba una pistola, era un arma larga, automática. Mi hermana dio un grito y comenzó a sacar el dinero de la caja mientras el tipo continuaba apuntándole al pecho. A mí, el asalto me sorprendió justo cuando llevaba una cerveza a un cliente, y mientras veía la escena, mientras mi hermana sacaba el dinero y el tipo le apuntaba directo al pecho, tuve el impulso de romperle la botella de cerveza a ese cabrón justo detrás de la oreja. Fue un par de segundos. Sujeté la botella con fuerza mientras miraba la cabeza del tipo que le apuntaba a mi hermana.

Nunca he vuelto a sentir esas ganas de matar a alguien. Fueron dos, quizá tres segundos, y estuve a punto de hacerlo, o por lo menos de intentarlo. A veces me pregunto qué hubiera pasado si…


Los tipos se fueron. Robaron el dinero de la caja y objetos personales de los clientes (carteras, relojes, bolsos, teléfonos, anillos), y se hizo ese breve silencio que siempre viene después de una situación así, y alguien soltó esa frase tan típica en Sudacalandia: por lo menos no nos hicieron nada, gracias a Dios.

Ése fue uno de los cuatro o cinco asaltos al restaurante de mi padre. A nadie le sorprende esa historia excepto a Agnieszka, que se queda unos segundos con la mirada clavada en un plato vacío.

¿Pero por qué la policía no hace nada?, pregunta un poco exasperada.

Y los cinco sudacas nos miramos con un gesto entre resignado y divertido. Luis suelta una risita, y Goyo se destapa una cerveza y le dice a Agnieszka:


La policía en Caracas hace mucho. Te voy a contar lo que hace…









*Término despectivo/coloquial/irónico con el que se refiere a los inmigrantes latinoamericanos.




viernes, 3 de abril de 2015

Azares y coincidencias






Y si un día cualquiera te encontré

(por azar, coincidencia o destino),

por la razón que queramos creer,

si al final un día te encontré,

tal vez te vuelva a encontrar.


O tal vez te pierda.

Puede ser.


Tal vez te me pierdas

(por azar, coincidencia o destino).


Quizá esto es sólo el comienzo,

el primer soplo de un viento compartido,

o quizá esto ha sido todo,

el destello de algo que pudo haber sido.



Pero si al final un día te encontré,

tal vez un día de éstos tú me encuentres también.


No quiero decir en otra vida

(no, no te quiero en otra vida),

no en una transitada calle de Tokio

-y quizá no en una mañana de abril-,

no 15 años después, llenos de nostalgia.



Te encontré aquí,

y aquí espero

(por azar, coincidencia o destino),


y aquí te quiero y aquí te llamo,

aquí sonrío mientras te pienso,

y aquí camino esperando un día verte.



Y si al final un día te encontré,

tal vez no haga falta volver a encontrarte

                                                                (ni por azar, ni por coincidencia ni por destino),


quizá no haga falta encontrarte porque en el fondo

-me gusta pensarlo así-


        tal vez aún no nos hayamos ido.

















domingo, 1 de febrero de 2015

Loca en cama




Al principio simplemente pensé que Paulina estaba un poco loca. Loca habladora, loca inocente, loca divertida.

Se había mudado a Cracovia unos meses antes; de Szczeciński, o Szczecinek, nunca me lo pude aprender, pero era uno de esos lugares que los polacos llaman ciudades aunque tengan 60 mil habitantes. Es decir, para mí, un pueblote.

Era hija única, no tenía familiares aquí, y de sus padres hablaba muy poco y siempre con cierto recelo. Se vino a Cracovia sola, a buscarse la vida. Encontró trabajo rápido, comenzó a hacer amigos, nos conocimos, empezamos a salir. Y a mí simplemente me pareció que Paulina estaba un poco loca. Loca inocente, loca siempre llena de energía. Llena de ganas de vivir en esta ciudad espléndida.

No presté atención a lo coincidente de sus historias hasta un par de meses después. Entonces empecé a notar que Paulina parecía tener muy mala suerte cuando se trataba de fiestas, bares, reuniones. Empezaron siendo pequeñas riñas justo en la fiesta donde ella estaba; peleas afuera de algún bar que sucedían justo cuando ella pasaba, o en la mesa de al lado; un intento de asalto a la persona que iba delante de ella en la calle; un pequeño accidente de coches justo cuando ella se detenía en un cruce…

Y esta mala suerte, estos peligros de los que se libraba por muy poco se fueron repitiendo, y creciendo, hasta que un día comencé a pensar que quizá Paulina no tenía mala suerte; quizá Paulina era más bien una loca un poquito exagerada, loca llamando un poco la atención, loca queriendo tener siempre algo que contarme.

Entonces las peleas en los bares comenzaron a ocurrir justo en su mesa, y los intentos de asalto le pasaron justo a ella, y los pequeños accidentes de tránsito –leves aún- justo a su coche.

Y entonces me habló del tipo que la seguía; lo había visto rondando su casa varias noches, y al salir del trabajo. Lo veía desde su ventana, parado en la esquina, en el supermercado, en algún semáforo. Y un día al volver a casa lo encontró en su puerta, y él le habló, y ella se asustó, forcejearon, él quiso entrar, ella gritó. Me enseñó las marcas en su brazo al día siguiente.

Creo que fue entonces cuando ya no supe qué clase de loca era Paulina: loca inocente con mala suerte, loca inventando historias, loca un poco de ambas.

Vinieron después los desmayos, los dolores en el pecho que le impedían moverse y la hacían llorar (se negó rotundamente a que la llevara al médico), un asalto con pistola, y lo que ella describió como un intento de secuestro. El tipo que la seguía había vuelto a aparecerse por su casa, aunque casualmente nunca cuando yo la llevaba.

Y comencé a asustarme, a pensar hasta dónde podría llegar esa extraña locura de Paulina, tan divertida, tan inocente al principio.

Me daba miedo seguir con ella y me daba miedo terminar. Finalmente, un par de semanas después de un nuevo intento de asalto- esta vez su historia incluyó la frase intento de violación- lo dejamos. Me alejé, aunque traté de cuando en cuando de enterarme cómo estaba sin que ella lo supiera. Con los meses fuimos perdiendo todo contacto, y hasta donde supe, todo marchó bien.

Hasta el accidente, hace 10 días. Conocí a sus padres en el hospital, y he sabido un par de cosas que quizá siempre estuvieron ahí, pero no pude ver.


Y aunque sus padres lo han mencionado ya un par de veces, se me sigue olvidando si es Szczeciński o Szczecinek. Pero al menos ahora sé con certeza que Paulina era más de lo que yo pensaba. Paulina era –es- una loca alegre y llena de ganas de vivir en esta ciudad espléndida. Pero también una loca con historial. Loca esquizofrénica, loca pidiendo ayuda, loca arrojándose a un auto en movimiento.

Loca en una cama de hospital.

Loca en coma.












domingo, 11 de enero de 2015

Ven / Sin adjetivos / El amor y reír




Ven,

posa el fractal de tus pupilas en las mías,

deja el reflejo de tu risa en mis silencios.


Enciérrame en la dulce quietud de tus palabras,

envuélveme en la locura de tus huesos.


Salgamos a bebernos la ciudad vestidos de delirios

y quitémonos la niebla que nos cubre los deseos.


Vistámonos de lienzos y agua tibia,

permite que tu cuello y yo nos conozcamos

y escarba con tus labios en mi cuerpo.


Camina sobre estas letras que de ti me nacen,

y escúchame cuando no me queden versos.


Y abrázame, 


abrázame aunque me quede sin aliento.




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De pronto eres tú,

sin esas distancias cobardes,

tú sin pretextos ni adornos,

tú sin pasado, sin planes y sin tardes.


De pronto pienso en ti,

y eres tú, sin entorno.


No es un recuerdo tuyo,

ni una imagen,

no es el sonido de tu voz,

ni mi nombre en tu voz,

ni una posible escena futura.


Finalmente eres tú,

sin maquillajes.


Pero eres fugaz 

y te disuelves en este hilo de palabras

que no pueden retenerte,

eres luz que toca y viaja,

eco de pasos que se pierden.


Pero de pronto has sido tú,

sin consecuencias,

sin historias ni diciembres.


Finalmente, 

por un momento fuiste sólo tú,

sin tiempo,

sin adjetivos.


Sólo tú,

por un momento que se va,

sólo tú,

sin adjetivos.



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Hacerte el amor y hacerte reír,

no quiero hacerte nada más.


El amor y reír,

es todo.


No quiero construir nada,

no quiero el día a día,

ni calma ni sueños,

ni otoños con melancolía.


Sólo quiero hacerte el amor y hacerte reír.


Si me dejas hacer eso,

no valdrá la pena,

pero te juro que valdrá la risa.


Hacerte el amor mientras sonríes,

hacerte reír mientras te vistes.


No quiero hacerte soñar ni hacer recuentos,

ni mi cómplice ni mi excusa,

ni hacerte cambiar ni hacerte partícipe.


Quiero hacerte el amor y hacerte reír.

Sólo eso.

Sólo el amor y reír.


























domingo, 4 de enero de 2015

Los muertos se olvidan en enero





Éstos parecen ser días ideales para empezar a olvidar,
porque lo nuestro es olvidar.

Enero   
 –patético simulacro-

viene siempre dispuesto a borrarnos la memoria
de otro año infausto,
animándonos a enterrar vilezas,
y gritos y balas,
y teatros y mentiras.


Y lo vamos a olvidar,
porque lo nuestro es olvidar.


Todo lo que tanto nos dolió,
toda nuestra rabia virtual,
nuestro apoyo en 140 caracteres,
nuestras firmas electrónicas,
todo aquello que juramos no olvidar,
empieza a olvidársenos.


Todo.


Boko Haram, Río, Peshawar,
Gaza, Siria, Caracas,
San Pedro Sula, Crimea, Tlatlaya,
Ayotzinapa…

lo vamos a olvidar.


Eso somos,
somos olvido,
somos olvidables.


Mientras no sea nuestra sangre,
lo vamos a olvidar,
porque lo nuestro es olvidar.


Diremos que no,
que no olvidamos,
pero estos días nos diluyen el dolor
y la memoria,
y tenemos propósitos y nuevos comienzos,
proyectos y ganas, borrón y cuenta nueva,
voluntad, actitud, optimismo.


Y de aquí a un tiempo recordaremos vagamente,
a ratitos,
a los 43 que juramos no olvidar.


Fuimos Ayotzinapa un día,
un año,
como fuimos ABC,
como fuimos Acteal,
como fuimos Aguas Blancas,
como fuimos Tlatelolco,
y seremos algo más cualquier día de éstos,
y eso que seamos,
también lo vamos a olvidar,
porque lo nuestro,
especialmente en estos días,

lo nuestro es olvidar.