domingo, 28 de octubre de 2012

La chica que me arruinó los otoños





Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vayan pasando los años, más tiempo me llevará. Es triste, pero cierto. Al principio era capaz de recordarla en cinco segundos, luego éstos se convirtieron en diez, en treinta segundos, en un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente, igual que las sombras en el crepúsculo. Puede que pronto su rostro desaparezca absorbido por las tinieblas de la noche. Sí, es cierto. Mi memoria se está distanciando del lugar donde se hallaba Naoko. De la misma forma que se está distanciando del lugar donde estaba mi yo de entonces. Sólo el paisaje, aquella imagen del prado en octubre, vuelve una y otra vez a mi mente como la escena simbólica de una película.

Pero este paisaje está desierto. No hay nadie. No está Naoko, ni estoy yo. «¿Adónde hemos ido?», pienso. «¿Cómo ha podido ocurrir una cosa así? Todo lo que parecía tener más valor –ella, mi yo de entonces, nuestro mundo–, ¿adónde ha ido a parar todo eso?». Lo cierto es que ya no recuerdo el rostro de Naoko. Conservo un decorado sin personajes.

Haruki Murakami. Tokio blues


Es tal como lo escribe Murakami. Estás desapareciendo, inevitablemente. Primero se fueron borrando los detalles más triviales que rodeaban nuestro mundo de entonces. No recuerdo ya, por ejemplo, si el cabello te llegaba hasta los hombros o solo hasta la mitad del cuello, si tomabas el café con mucha azúcar, si tu coche era blanco o gris,  o si llevabas dos o tres anillos en las manos.

Después –y casi sin darme cuenta- se fueron borrando los detalles del último día que te vi con vida. Aquella nítida fotografía se fue gastando, y hoy quedan solo fragmentos. ¿De qué hablamos aquella noche, además de tu viaje a Buenos Aires?, ¿cómo se llamaba esa cafetería que tanto nos gustaba?, ¿me dijiste hasta mañana o hasta el viernes (aunque ni mañana ni el viernes llegaron para ti)?, ¿me pediste que te acompañara a tu entrevista del día siguiente?, y si te hubiera acompañado, ¿hoy estarías viva, o estaríamos muertos los dos?

Hoy, cinco años después de tu muerte, me doy cuenta que ya no recuerdo la ropa que llevabas aquel último día que nos vimos; todos esos detalles que podía reconstruir de memoria son ahora borrosos. El camino desde mi casa de entonces hasta tu casa de entonces se me ha olvidado por completo. Tu voz también está desapareciendo; me cuesta mucho recordar el tono que tenía, o los detalles de tus manos.

Es natural, supongo. Te me estás olvidando, Katherine. Y esto de escribir nuevamente sobre ti, y de escribírtelo a ti, como si aún pudieras leerlo –como si algún día hubieras leído algo de lo que te escribí-, es también un intento de que el tiempo no te borre, aunque sepa que sí, que tu voz, que tu risa, apenas cinco años después, se me están yendo definitivamente.

Tu rostro no. Aún no. Tu rostro permanece, pero igual se irá borrando con los años. Cuántos, no lo sé, pero sé que también se irá, y tal vez, en 30 años, sea incapaz de cerrar los ojos y recordar a detalle tu rostro.

La rabia, el silencio, la tristeza por tu muerte, también se fueron yendo. Y no volvieron. Lo que sí ha vuelto es el otoño, y es hermoso, pero se parece demasiado al de aquella ciudad donde estuvimos. Quizá por eso estos días te recuerdo un poco más –lo que aún recuerdo-, porque estos magníficos colores, estos días cortos y un poco fríos, son como aquellos que envolvieron tus últimos días. Quizá por eso, también, releo a Murakami, y me doy cuenta, Katherine, que me arruinaste un poco los otoños, que Benedetti no tenía razón en eso de que el olvido está lleno de memoria, al menos no el mío. Mi olvido solo tiene eso, olvido. Y es triste, pero cierto, te seguirás diluyendo en el tiempo. 

Tu voz ya se me está yendo, luego será tu rostro, tu cuerpo. Tu nombre tal vez sea lo último. Tal vez sea lo único que me quede sin temor a equivocarme. Tu nombre, el nombre de la maravillosa chica que me arruinó los otoños más bellos.






martes, 23 de octubre de 2012

Más negro que un somalí




Anoche soñé con mis hijos. Qué miedo.

Eran dos, niño y niña, de diez y de ocho años aproximadamente.

No recuerdo sus nombres. Mi sueño ocurre en una habitación que tampoco me es familiar; es un poco oscura, hay un sofá y alfombra. Tampoco puedo recordar la ropa que llevan, ni el color de su pelo. No sé quién es su madre; solo mis hijos y yo en una habitación. Qué miedo.

Mis hijos y yo hablamos sobre un lugar al que vamos a ir más tarde. Es un parque histórico, un museo, o algún monumento relacionado con la Segunda Guerra Mundial. Creo que Treblinka, pero no estoy seguro.
No es un sueño memorable, pero hay dos cosas en las que he estado pensando todo el día. La primera es un comentario que hace mi hijo. Al parecer solo él y yo vamos a salir, y como mi hija se va a quedar en casa, le pide a su hermano que le traiga algo de ese lugar al que vamos a ir, una postal o algo así, y entonces mi hijo –sangre de mi sangre, luz de mi vida- hace el chiste más negro que yo haya escuchado jamás. No puedo recordarlo exactamente, pero es algo así como:

-Me traes algo de Treblinka (o Auschwitz o lo que sea).

-Sí, vamos a traer el kit oficial de jabones pa´l baño y un cenicero.

Algo así es lo que dice mi hijo en mi sueño.


La segunda cosa –y la que más me intriga- es que mis hijos no tienen rostro. Ni ojos, ni boca ni nada. Hablan, ven y se mueven, pero su cara es un trozo de piel completamente lisa, un poquito abultada, como un glúteo. Qué horror, mis hijos tienen cara de nalga.

Yo no sé si a la gente, en general, le provoca tanta curiosidad sus sueños, o qué tipo de cosas sueñan, pero a mí me intrigan mucho y me sumen en profundas e inútiles reflexiones. Recuerdo algunos muy raros, por ejemplo uno en el que Milla Jovovich me preguntaba cómo llegar a la estación del metro Pino Suárez, y yo la llevaba a comer tacos de canasta y ninguno de los dos tenía dinero para pagar y corríamos, todavía con dos tacos en la mano cada uno. En otro sueño, Alex Ferguson me contrataba para diseñar el nuevo uniforme del Manchester United, y yo le llamaba por teléfono a Eric Cantona muerto de miedo. Y ahora éste, donde mis hijos tienen una nalga en el rostro y un humor más negro que un somalí.

Hace algún tiempo tuve a mi lado a una mujer bella, inteligente y psicoanalista, y durante meses le insistí que me diera una ligera opinión sobre mis sueños, a lo que ella profesionalmente siempre se negó, hasta que un día la harté y me dijo: A ver, cabrón, ¿qué soñaste? Y yo, recontento, le describí con pelos y señales un par de escenas muy raras que había soñado unos días antes, con la esperanza –idiota de mí- de que su “interpretación” me iba a aclarar un par de cosas.

Nunca lo hubiera hecho. Quiero decir, contarle mis sueños. Nunca lo hubiera hecho. Después de escucharla, esas escenas que antes me parecían completamente bizarras tenían bastante sentido, aunque debo decir que no me gustaba lo que ahora significaban. Me habló de proyección, desplazamientos, regresiones, elaboración secundaria y otros términos psicoanalíticos que me asustaron un poco y que obviamente ahora confundo. Pero recuerdo que en mis sueños a veces yo no era yo, sino otra de las personas que aparecían en él, y que en ocasiones el inconsciente trivializa lo más importante y viceversa. Ella me hacía preguntas sobre lo que yo pensaba de mis propios sueños, y aunque algunas de las conclusiones fueron muy feas, quise seguir preguntando (cuánta razón tiene Javier Marías cuando dice que siempre preguntamos cosas de más, cosas que no necesitamos saber, y que ése es uno de los más grandes errores en las relaciones humanas, preguntar de más, querer saberlo todo).

Hoy esa bella psicoanalista está a ocho mil kilómetros de aquí, y yo pienso todo el día en mis hijos-cara-de-nalga. Trato de reconstruir el sueño a detalle y pensar qué diablos significa, qué diablos dijo mi hijo exactamente; y es que después de ella ya ninguno de mis sueños me parece trivial; sé que algo de mi inconsciente se esconde ahí y soy incapaz de entenderlo. Ella me dejó, entre otras cosas, una terrible obsesión onírica.

¿Yo soy yo en mi sueño?, ¿soy yo el que tiene cara de nalga?, ¿y quién es la otra nalga, entonces?, ¿Milla Jovovich, Alex Ferguson? Dios mío, ¿estoy enamorado de Alex Ferguson?,  ¿significa esto que me asusta tener hijos, que tengo miedo que nazcan deformes, que no quiero ver sus rostros?, ¿o son mis padres los que tienen cara de nalga?, ¿tengo miedo que mi hija tenga un culo muy bonito?, ¿quiero quemar a mis hijos en un horno?, ¿mi padre me quemó una nalga cuando era pequeño y no lo recuerdo? O tal vez… ¿mi hijo va a ser un Hitler y va a llevar a cabo un exterminio contra los somalíes, y después va a fabricar ceniceros, pero no van a parecer de cristal, sino de obsidiana?

Carajo, esto es muy complicado, pero ya recordé exactamente el chiste de mi hijo-nalga.

Es demasiado cruel para contarlo. Demasiado, y me pueden cerrar el blog.

Ése es m´ijo, chingá.



domingo, 29 de julio de 2012

Quédate otros treinta años


¿En qué momento comencé a perderte?, ¿en qué noche comenzaste a irte?, ¿lo tenías ya decidido hace diez años, o hace veinte? 

De los primeros diez años no hay ni qué decir; no me importabas, no te veía, no notaba siquiera tu presencia, ahí, siempre conmigo. Incluso durante los siguientes diez años, jamás me pasó por la cabeza que algún día podrías irte. No. Esos diez años (los de en medio) fueron nuestros mejores tiempos. Hoy finalmente me queda claro que no te vas a quedar más conmigo. Treinta años juntos son muy pocos.

Supongo que, como sucede con muchas cosas que terminan, al principio no quise ver que pronto te irías. Había indicios cada vez más claros. Por cierto, ¿cuándo fue el primero?, ¿hace quince años, en la prepa? No, en ese tiempo tú y yo éramos indestructibles, éramos uno solo, eras mi orgullo. ¿Cuándo, entonces?, ¿hace diez años, en la universidad? No, ésos fueron nuestros años dorados, ¿recuerdas? Y aunque quizá tú empezaste a mostrarme que no estarías siempre conmigo, que algún día te irías, aún así, hicimos lo que quisimos.

Fue después, hace siete u ocho años, cuando tus indicios se volvieron más evidentes; ya no pude seguir ignorando las bromas de un par de amigos sobre mi ancha frente. Pero seguí creyendo –muy en el fondo- que lo tuyo no iba en serio.

Es definitivo. Te me vas. Lo confirmo más cada día, cuando en mi almohada aparecen otros treinta o cuarenta cadáveres de lo que alguna vez fue una abundante cabellera; lo confirmo en la coladera del baño, en el piso, en el lavabo. Lo nuestro ya no lo arregla ni Dios.

Supongo que no es tan malo. Pensándolo bien, los calvos hacen grandes cosas; la Historia está repleta de ellos: Lenin, Gandhi, Zidane, Bruce Willis. Hombres admirables que sin cabello han cambiado al mundo.

Lo que no acepto es esta separación agónica; ver que te vas poco a poco, de a cincuenta cabellos al día. No, eso sí que no. Eso es deprimente. A este ritmo parece que me estoy dejando crecer la frente; y ¿sabes?, si mi frente y mi nuca se van a volver una sola, prefiero no ver cada día cómo avanzan un poco hasta encontrarse. Vamos a terminar esto bien y rápido, como caballeros.

Y como caballero, te digo que pasaron varios meses para decidirme a acelerar nuestra… cómo decirlo… ¿separación? Lo pensé mucho, incluso hace un año te dejé crecer en un desesperado intento para ocultarme las entradas. Pero ya ni eso. Te me vas –literalmente- entre los dedos. Qué putada. Pero lo pasamos bien, ¿no? Probamos de todo: trencitas a lo Snoop Dogg, corto, largo, rapado, con colita de caballo a lo Desperado, con cresta punketa, con rastas…  (suspiro nostálgico)

Ojalá te quedaras otros treinta años. Otros diez. Otros dos… ¿no, verdad?

Pues eso. Sin rencores.

Adiós, cabello. Tuvimos buenos momentos juntos.  


domingo, 26 de febrero de 2012

Putas lavadoras



Comenzar a ver películas italianas se ha vuelto rutinario, automático, aunque no obsesivo; si puedo, si hay una a la mano, la veo. Eso sí, tienen que ser películas que se hayan filmado entre los 60 y los 80. Nunca más recientes. O casi nunca.

Sin exagerar, he visto el comienzo de más de doscientas películas italianas. De ésas, solo  quince o veinte las he terminado. Me bastan algunos minutos para saber si lo que busco está en esa película. Por lo menos doscientas, y sigo buscándola.

Hace unas semanas, un amigo puso en su muro de Facebook algunas fotos de cuando íbamos en la secundaria. En una de ellas aparezco yo, hace diecisiete años, con ese horrible pantalón gris y suéter verde, y encima, una chamarra de los 49ers de San Francisco que nunca me quitaba, aunque hiciera calor. Hoy daría uno de mis riñones por lo que olvidé en el bolsillo de esa chamarra.

Una noche –yo tenía doce años- mientras me aburría cambiando los canales de la televisión, que no eran muchos porque en mi casa nunca tuvimos cablevisión ni nada así, me topé con una mujer desnuda caminando en la pantalla. Debió ser en el canal 22, donde pasaban películas raras, aburridas y largas, y claro, con doce años, yo era un hervidero hormonal, así que al ver aquel par de senos al aire dejé el control remoto a un lado, bajé el volumen y miré que nadie estuviera en el comedor, desde donde también se podía ver la tele. Era casi medianoche y comprobé que todos estaban arriba en sus habitaciones. Ese horrible y cultural canal 22 por fin me ofrecía algo interesante; era una película italiana, a color, subtitulada en español –algo raro en la televisión abierta-, y durante los siguientes cuarenta minutos, hasta que terminó, la protagonista apareció siempre desnuda, y siempre en el mismo departamento. Aún hoy pienso que debe ser uno de los desnudos más largos en la historia del cine mundial.

Era una chica rubia, de cabello ondulado y ojos azules. Parecía joven –menos de 30 años-, era delgada y no tenía un cuerpo de playmate, sino senos pequeños y caderas apenas pronunciadas. Cocinaba desnuda, y desnuda se sentaba a la mesa, y escribía cartas desnuda, y mientras su amante, vestido con un traje café, tomaba el desayuno, ella le contaba chistes desnuda. Toda la película transcurría en el departamento de la chica, y su pareja, un oficinista cincuentón y bastante gris, la visitaba cada dos o tres días, hablaban un poco –en ningún momento había el menor contacto entre ellos, él apenas decía algunas palabras-, y luego él regresaba al trabajo o a casa con su esposa, y la chica rubia se quedaba otra vez sola en el departamento, esperando un nuevo encuentro. Y estuviera sola o acompañada, lavando los platos o leyendo desnuda en el sofá, la chica siempre, absolutamente siempre se veía alegre.

No fue precisamente excitación lo que sentí, no me provocó una erección ni me hizo entregarme a las artes de Onán. No era la primera mujer desnuda que veía en la pantalla (por aquel entonces yo ya conocía a Savannah, Janine Lindemulder y algunas otras chicas Vivid, pero ninguna de ellas se comparaba con la chica italiana que en ese momento aparecía). No, no fue excitación, fue el mismísimo síndrome de Sthendal en toda su pureza. Fue vértigo y maravilla, fue colapso, quietud, eclosión y Epifanía. La vi hablar por teléfono y lavarse los dientes, discutir con su pareja y luego arreglarle la corbata, reírse y asomarse por la ventana; desnudez y alegría eran exactamente lo mismo en esa chica. Me quedé inmóvil el resto de la película, sin entender un carajo de lo que decían y sin leer ni un solo subtítulo, babeando ante la mujer más bella que he visto en toda mi puta vida.

Esas películas raras del canal 22 no tenían comerciales, lo cual por primera vez me pareció una pena, pues al ir a un corte solía verse en la pantalla: En un momento regresamos con… o Estás viendo… regresamos, por lo que nunca supe el título. Cuando aparecieron los créditos finales, leí el nombre de la actriz y lo escribí de inmediato en un trocito de papel. Lo doblé y lo guardé en el bolsillo interior de la chamarra que llevaba puesta. La de los 49ers de San Francisco.

Durante un par de meses dejé de ponerme mi chamarra favorita, pero por lo menos una vez a la semana confirmaba que el trocito de papel seguía ahí, con el nombre de la mujer más bella del mundo escrito en él. Sin embargo, no había mucho que hacer; no podía pedirle ayuda a mis hermanas mayores o a mis padres, me daba vergüenza; no conocía a ninguna persona experta en cine italiano (en realidad no conocía gente experta en nada), y tampoco existía google, ni chats ni todas estas mierdas tecnológicas que nos resuelven la vida en 3 segundos. No había mucho que hacer, así que no hice nada.

Estábamos por terminar el tercer año de secundaria, el papelito seguía ahí después de más de dos años, aunque ya no le daba tanta importancia. Algún día le preguntaré a alguien que sepa, pensaba, y volvía a guardarlo en el bolsillo interior. Un día en una fiesta le presté mi chamarra de los 49ers a un chico de mi grupo llamado Alfonso -que también aparece en la foto-. Se la llevó a su casa y yo me olvidé de ellas (de la chamarra y de la mujer más bella del mundo). Dejamos de vernos, y varios meses después, cuando me la devolvió, me dijo muy amable: mi mamá la echó a la lavadora porque estaba re sucia, pinche Merino, ¿que nunca la habías lavado?


El trozo de papel, obviamente, se había disuelto. Intenté con todas las hormonas de mi quinceañero cuerpo recordar el nombre de la actriz, y me fue fácil: María. María… ¿Antonioni?, ¿Albertini?, ¿Tallarini?, ¿Tallarota?, ¿Pagliuca?, ¿Apolloni?, ¿Maldini? No, pendejo, ésos eran futbolistas. ¡Puta madre!, ¡puto Alfonso!, ¡puto canal 22!, ¡puto papel!, ¡putas lavadoras!

Pero Dios es tan canalla que hace que la esperanza reaparezca de vez en cuando, y en la prepa conocí a un par de chicos que decían saber mucho de cine “de autor”, “independiente”, “no comercial”. Pinches mamones, pero era lo que había, así que comencé a explorar un poco sobre cine italiano (seguíamos sin tener Internet así que tenía que ir al tianguis del Chopo a conseguir películas raras). Fui siguiendo recomendaciones de todo el que parecía saber algo sobre cine italiano, o simplemente sobre cine, o de todo aquel que pareciera saber algo sobre cualquier cosa. Comenzaba a ver alguna cinta –literalmente eran cintas, en formato VHS- y a los 20 minutos la quitaba si no aparecía la mítica actriz. En la escuela me mandaron un par de veces a la Cineteca Nacional y aproveché para preguntar a los viejos que vendían pelis usadas, pregunté a los comerciantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, a los viejos lobos del CUEC, pregunté en el tianguis afuera del metro Balderas, y fui siguiendo cualquier referencia que alguien me diera sobre cine italiano. Lo hice durante mis tres años de la prepa (incluyendo cuando estuvimos en huelga), lo hice durante mi único año en la Facultad de Ciencias en C.U., durante mis vacaciones y siempre que me topé con alguien que supiera un poco de cine.

Si mi madre me hubiera encontrado viendo Saló o los 120 días de Sodoma, de Pier Paolo Pasolini, u Holocausto caníbal, de Ruggero Deodato, habría quemado en el acto las 3 televisiones de la casa. Veía cualquier película italiana. Cualquiera; de Mario Bava a Rossellini, de Lucio Fulci, de Nanni Moretti; más de diez películas de Marco Ferreri; he visto el inicio de todas las películas de Fellini y no he terminado ni una sola; he visto el inicio de todas las de Tinto Brass, y las he terminado todas (solo por curiosidad).

Pero no todos fueron fracasos, pues descubrí a Dario Argento –y de paso a Asia Argento-, a Dominique Sanda y a Gloria Guida. Con eso debería bastarme. Con Gloria Guinda a cualquiera debería bastarle, pero ni siquiera ella, ni siquiera –y que me perdone Dios por decir esto- Stoya Doll, o Martina Warren, Lexi Belle, Stormy Daniels o Silvia Saint  me han quitado el aliento como lo hizo María Pavarotini o como carajos se llame.

En la calle Grodzka, muy cerca del centro de Cracovia, está el Instituto Italiano de Cultura. Cada miércoles hay películas, y hoy ponen Un uomo in ginocchio, de Damiano Damiani. No me suena, pero es del ´78, así que igual hay suerte. Además, las películas italianas casi siempre duran veinte minutos.

La posibilidad de recordar el apellido de aquella mujer cada vez me parece menos probable. Desde hace un par de años comienzo a sopesar la idea de que tal vez ni siquiera se llamaba María; tal vez ni siquiera era italiana la película, pues pensándolo bien, a los 12 años yo no sabía cómo sonaba el italiano; pudo ser francés, o checo, y yo he buscado todos estos años en doscientas películas del país equivocado.

En tres segundos, en tres malditos segundos google me diría lo que no he podido encontrar en diecisiete años.

Y todo por una puta lavadora.




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martes, 24 de enero de 2012

Que Marcos tenga razón



Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo:
mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo,
que teniendo dos ojos ser echado al infierno; 
donde el gusano de ellos no muere,
y el fuego nunca se apaga.

Marcos: 9-47

 Escuchas el timbre. Siempre has tenido el sueño ligero, por lo que al menor ruido te despiertas. Lo oyes como si estuviera sobre tu cabeza. Maldices. Te das vuelta y te dispones a dormir de nuevo, pero unos segundos después el timbre vuelve a sonar, ahora dos veces. Abres los ojos y miras el reloj: 10:52 am. Quitas las sábanas con violencia y te levantas. La chica que duerme a tu lado lanza un leve suspiro y continúa durmiendo. Falta un par de metros para llegar a la puerta cuando el timbre suena de nuevo y tú lanzas un bufido, molesto porque algún idiota te inoportuna a tan temprana hora de un domingo. Hay tres mujeres frente a tu puerta. Llevan puestos lindos vestidos, sombrilla en mano y un libro en la otra, y basta un par de segundos para que sepas de qué va la cosa, y que lo que han venido a ofrecerte el día de hoy no es cortar el pasto, ni quesos ni tamales, sino la salvación de tu somnolienta alma. Parecen abuela, madre e hija, y tal vez lo sean; a quién le importa.

-¿Si?- preguntas con impaciencia.

-Buenos días joven- responde la mayor de ellas-. Mire, el día de hoy queremos compartir con usted La Palabra de Dios. ¿Nos regalaría unos minutos de su tiempo?

Habría que verte ahí parado, semidesnudo y con la cabeza asomada por la puerta, con cara de idiota y de sueño, o de idiota con sueño, y con dolor de cabeza y la panza vacía, y la boca pastosa y ganas de orinar. Y aun en ese lastimoso estado alguien ha venido hasta tu puerta a salvarte el alma, y tú, que además del sueño ligero, siempre has tenido también el carácter débil a la hora de decir no, sabes que eres incapaz de cerrarles la puerta en las narices y que no podrás conciliar el sueño nuevamente; tu domingo se ha ido al carajo, sin embargo logras poner una cara amable y dices con voz chillona espéreme tantito. Cierras la puerta y regresas a la habitación, tomas un pantalón y una camiseta sucia, echas un vistazo a la mujer que yace imperturbable sobre tu cama, miras su cuerpo desnudo a través de la sábana que a penas le cubre las caderas y deja asomar el resto de su piel. Regresas hacia la puerta, la abres y sales de la casa. 

Las mujeres parecen de piedra, incluso la menor, que no tendrá más de 8 años. Te saludan, tú haces lo propio, y sin darte tiempo de nada, la mayor de ellas abre su Biblia y te empieza a bombardear de versículos. Por supuesto, empieza con Juan: 3-16 (Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna), de ahí a Romanos: 10-9 (Si creyeres que Jesús es el señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo), a Salmos: 5-4 (Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad), etc., para terminar su homilía en el Apocalipsis de Juan, diciéndote lo que se ha venido diciendo desde hace siglos: que los tiempos están llegando a su fin y que hay que ser buenos. Por ello –interviene la otra mujer- debemos conducirnos siguiendo siempre La Palabra de Dios, obedeciendo sus Mandamientos para obtener la salvación, y la vida eterna.

-Sus Mandamientos- dices tú, escéptico.

-Así es, joven, mire – dice mientras retrocede algunas páginas-, en el libro de Éxodo, capítulo 1, encontramos los Mandamientos; son normas muy sencillas que debemos obedecer si queremos alcanzar la salvación y la vida eterna.

-Señora –interrumpes amablemente-, no creo que me vaya a salvar. De esos 10 solamente he cumplido el número 5.

-Aun así, joven, –agrega con tono tranquilizador- podemos encontrar la salvación si nos arrepentimos de nuestros pecados. Si usted se arrepiente de sus faltas, el Señor le dará vida eterna.

Casi siempre te divierte hablar con los emisarios de La Palabra del Señor, hacerte el ingenuo, el hereje, el ateo, el escéptico. Pero esta vez tienes demasiado sueño y quieres volver a la cama.

-Señora, orgasmo y arrepentimiento son dos términos contradictorios.

La niña te mira intrigada, como queriendo preguntar qué es un orgasmo, pero su madre, o lo que sea, le pasa un brazo alrededor de los hombros. Las mujeres se miran un momento. La mayor arremete:

-Esos placeres son falsos, joven. Si usted sigue por el camino de la fornicación, tal vez crea que lo disfruta, pero se está condenando. Y no es bueno que renuncie a la vida eterna que le ofrece El Señor sólo por un rato de placer.

Suspiras por lo bajo. Sabes que nada bueno va a salir de esto.

-Señoras –les dices con una amplia sonrisa-, no les quito más su tiempo. Feliz celibato.

Sin esperar respuesta das media vuelta y caminas. Cierras la puerta tras de ti. Camino a la recámara te detienes frente a un librero. Te toma apenas unos segundos encontrar el indicado; lo abres casi al final, y comienzas a leer algunas líneas que escribiera Juan en su destierro de Patmos:

Los siete ángeles que tenían las siete trompetas se prepararon para tocarlas. El primero tocó la trompeta, y vino granizo y fuego mezclados con sangre, y fueron arrojados a la tierra; y se quemó la tercera parte de la tierra, se quemó la tercera parte de los árboles y se quemó toda la hierba verde. El segundo ángel tocó la trompeta, y algo como una gran montaña ardiendo en llamas fue arrojado al mar, y la tercera parte del mar se convirtió en sangre. Y murió la tercera parte de los seres que estaban en el mar y que tenían vida; y la tercera parte de los barcos fue destruida. El tercer ángel tocó la trompeta, y cayó del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre los manantiales de las aguas. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y muchos hombres murieron por causa de las aguas, porque se habían vuelto amargas. El cuarto ángel tocó la trompeta, y fue herida la tercera parte del sol, la tercera parte de la luna y la tercera parte de las estrellas, para que la tercera parte de ellos se oscureciera y el día no resplandeciera en su tercera parte, y asimismo la noche.

Cierras el libro un momento. Así pinta la cosa; vaya panorama el que nos espera. Lo abres de nuevo y, como siempre, relees algunos que conoces bien. Gálatas: 5-16 (Digo, pues: andad en el espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne), I Corintios: 6-13 (Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo), Hebreos: 13-4 (Pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios). Y como haces a menudo, vas a tus dos favoritos. Los encuentras ya sin ninguna dificultad; las páginas están marcadas: Mateo: 16-23 (Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres) y 2 Corintios: 11-14 (Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz). 


Cierras el libro y lo devuelves a su lugar. Caminas hacia la habitación. La miras. Y ahí, debajo de esas sábanas, está el abismo, con fuego y sangre y montañas ardiendo; ahí está el infierno mismo, encarnado en esa piel. Ahí está ese ángel de luz. Sin duda Satanás pone la mira en las cosas de los hombres. ¿Será verdad? ¿Será una más de sus formas? Ese rebelde fue sin duda un ángel de belleza apabullante. Y si en verdad está ahí, entre esas sábanas, vale la pena entregarse al abismo, y caer, y arder, si el precio es una belleza como la suya. Recorres todo su cuerpo con la mirada, y una mínima sonrisa se te asoma en el rostro mientras murmuras otro de tus preferidos, Apocalipsis: 9-21 (Y no se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerías, ni de su fornicación ni de sus hurtos)

La chica ha despertado y te mira sin que tú lo notes.

-¿De qué te ríes?- pregunta mientras se acomoda sobre la almohada y la sábana se le escurre un poco dejando entrever sus senos.

-De nosotros- respondes inclinándote hacia su boca. Y mientras la besas y tus manos la acarician como si te fuera la vida en ello, y sus sexos comienzan lentamente a buscarse, piensas que ojalá Marcos: 9-47 sea cierto.

Que el fuego nunca se apague.