martes, 16 de septiembre de 2014

Postales mexicanas: ¡Felices fiestas!







Las postales de nuestro país pocas veces resultan tan atractivas como las de otros; generalmente no nos asombran, al fin y al cabo son imágenes cotidianas, lugares que aunque no hayamos visitado, sabemos que están en nuestro propio país, y por hermosos que se vean, levantamos los hombros, un poco indiferentes, como diciendo: pues sí, ¿y? 

Al enseñar español fuera de México es frecuente escuchar comentarios sobre lo lindo que mi país les resulta a los extranjeros. México, generalmente, se asocia con cosas bellas: buen clima, excelente comida, gente linda, playas paradisiacas, impresionantes zonas arqueológicas, alegría, color, tequila, fiesta. Todo eso –con sus bemoles- es verdad, aunque a veces fastidia un poco –a veces bastante- saber que la imagen que se tiene de tu país en el extranjero está tan incompleta. Tan photoshopeada.

No hace falta buscar mucho. Están ahí, todos los días: imágenes, historias, escenas que –como me decía un amigo hace unos días- no le piden nada a un guión de una película de horror, pero que a fuerza de repetirse, con ligeras variaciones, han dejado de captar nuestra atención, nuestra preocupación.

Lo repito: difícilmente una postal de nuestro país nos asombraría (me incluyo en este plural). Tan es así, que estas “postales” no revelarán nada nuevo a ningún mexicano, absolutamente nada. Quizá levantemos un poco los hombros, suspiremos con un poco de resignación, y pensemos: Pues sí, así es. Es que el país está muy mal. Es que la situación cada vez está peor… En fin, alguna vez escribí en este blog que me gusta enviar postales, pero no encontré de éstas en la tienda de souvenires.

Una última cosa: todas estas “postales” (fue muy difícil elegir sólo diez entre tanta variedad), ocurrieron en estos días que he estado en México, es decir, poco más de un mes. Historias como éstas ocurren a diario. Y en estos días en que México se viste de fiesta para celebrar un aniversario más de su Independencia, ocurren también. Estas diez postales no son ni las más violentas, ni las más inverosímiles, ni las más devastadoras; son sólo diez de las que me he encontrado estos días que he andado por aquí, son historias que acompañan el desayuno de los mexicanos todos los días.

Todos los días.




5 de agosto. Ecatepec, Estado de México

Alrededor de la una de la madrugada, una pick-up negra se detiene en la esquina de la calle Toltecas. Un grupo de hombres armados y con pasamontañas irrumpe en una casa. Los vecinos escuchan disparos. A la mañana siguiente la policía descubre los cuerpos, pero se desconocen los motivos del crimen. Los cinco miembros de la familia fueron ejecutados mientras dormían: papá, mamá y tres hijos. Un chico de 17 años, una niña de 13, y un bebé de 5 meses. 


11 de agosto. Zapopan, Jalisco.

Cerca del mediodía, Óscar escucha música a bordo de una camioneta Toyota gris, en la cochera de su casa. Otra camioneta y una moto se detienen a unos metros sin que Óscar se dé cuenta. Tres hombres  se acercan muy rápido y le disparan a quemarropa: tres tiros en el tórax y dos en la cabeza. Óscar muere al instante y los tres hombres vuelven a sus vehículos y se van. Nadie sabe quiénes son. Óscar, que escuchaba música en la pick-up de su papá, tenía 12 años.


17 de agosto. Torreón, Coahuila.

En su casa de la calle Texcoco, Claudia y Alberto están celebrando el bautizo de su hijo de tres años. La fiesta se ha prolongado y son ya las dos de la madrugada. Los familiares y amigos –algunos en el exterior de la casa- se divierten, bailan, beben. Un taxi amarillo se detiene frente a la casa, dos hombres enmascarados se bajan y disparan contra los invitados, hieren a tres, pero a quienes buscan son a los dueños de la casa. Finalmente los identifican. Alberto recibe dos tiros en el pecho; Claudia un tiro en la cabeza. Los enmascarados vuelven al taxi tranquilamente, donde el chofer los espera.  


20 de agosto. Acolman, Estado de México.

Son casi las 9 am. Gonzalo, de 35 años, y su hijo Fernando, de 8, viajan en un minibús de la ruta 89. Gonzalo lleva a su hijo a la escuela como cada día; hay mucha gente y Fernando va sentado en las piernas de su papá. Dos hombres armados suben al minibús para asaltar a los pasajeros. Nadie se resiste excepto un hombre mayor que va sentado al lado de Gonzalo. El hombre forcejea con los asaltantes, éstos gritan, lo empujan y disparan varias veces. Huyen con algunas carteras y celulares de los pasajeros. Gonzalo ha recibido un disparo en el cuello y se desangra. Su hijo Fernando, de 8 años, ha recibido uno en el pecho. Ambos mueren antes de que llegue la ambulancia.


21 de agosto. Tepic, Nayarit.

María y Nadia son dos madres de familia que llevan a sus hijos a la misma escuela. María tiene 3 hijos, Nadia 1 y espera al segundo. Una mañana, después de despedir a sus hijos en la puerta de la escuela, María y Nadia entablan conversación por primera vez. Nadia le cuenta a María que tiene ya 8 meses de embarazo y que será una niña, y María le ofrece ir a su casa para regalarle algo de ropa para la bebé. Ya en el interior de la casa, María golpea a Nadia en la cabeza, dejándola inconsciente, toma un cuchillo de la cocina y le abre el vientre para sacarle a la bebé. Nadia reacciona y María la golpea nuevamente hasta matarla. Sale de su casa, con la bebé en brazos y la sangre de Nadia en su ropa. Pide ayuda a una patrulla, explicándoles que acaba de sufrir un aborto. La llevan al hospital. María ni siquiera se da cuenta de que la bebé está muerta. Al percatarse de que la bebé no es suya, detienen a María. Días después encuentran el cadáver de Nadia. María confiesa que hace unos meses le dijo a su marido que estaba embarazada, y necesitaba un bebé para sostener la mentira.


24 de agosto. México, D. F.

Su esposa no está en casa y Onamy se desespera porque su bebé, de 7 meses, no deja de llorar. Harto de escuchar el llanto, Onamy toma a su hijo y lo arroja contra la pared, matándolo. Después pone el cuerpo en una pequeña bolsa negra y lo abandona a unas calles de su casa. Cuando su esposa vuelve, Onamy le dice que un hombre le arrebató al bebé mientras caminaba por la calle, pero horas después alguien encuentra la bolsa con el cadáver del bebé, y Onamy acepta que mató a su hijo porque no dejaba de llorar.


30 de agosto. Tijuana, Baja California.

Baltazar, de 31 años, es el pastor de una iglesia cristiana. Desde hace dos años mantiene una relación con Adriana, quien le ha pedido que se vayan a vivir juntos, pero Baltazar se niega. Un día la encuentra con otro hombre. Enfurecido, Baltazar sube a Adriana a su camioneta y comienza a golpearla. Le rompe el cuello, y le clava más de 90 veces un destornillador. Después tira el cuerpo en un paraje de la carretera Tijuana-Tecate, donde la policía lo encuentra cinco días después. Unas cartas encontradas en la habitación de Adriana permiten identificar a Baltazar. Él acepta que la mató por celos. Además de asesinato, se presentan cargos por violación, pues Adriana tenía 14 años.


6 de septiembre. Guadalupe, Nuevo León.

Braulio, de 34 años, discute con su esposa Rocío, de 28. Se gritan, él la golpea y la empuja por las escaleras. Ella queda inconsciente. Braulio la arrastra hasta el baño, la rocía con gasolina y le prende fuego. Mientras ella agoniza, él vuelve al sofá y se pone a ver la tele. Al día siguiente, tras confirmar que su esposa está muerta, se va a trabajar. Cuando la policía descubre el cuerpo, tres días después, Braulio confiesa que sí, que la mató. Que estaba harto de ella.


10 de septiembre. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.

Detrás de la Escuela Primaria 16 de septiembre hay un pequeño canal. Alguien ha llamado a los bomberos diciendo que hay un cuerpo flotando: el cuerpo de un bebé. Después de algunas maniobras, se logra sacar el cuerpo del canal. Efectivamente, es el cadáver de un bebé de entre 3 y 4 meses. Ha sido trasladado al Servicio Médico Forense, pero luego de tres días nadie lo ha reclamado.


13 de septiembre. Jerécuaro, Michoacán.

Algunos vecinos han reportado a la policía que, en el quiosco de la plaza, a unos metros de la Presidencia Municipal, hay una bolsa negra con lo que parece ser una cabeza humana. La policía acude al lugar y lo confirma: es la cabeza de una mujer (Martha Liliana, 32 años). No se sabe dónde está el cuerpo ni cuál es el motivo del crimen. Ni las autoridades ni los vecinos se sorprenden de que la cabeza esté acompañada de un mensaje: 

Esto es lo que les va a pasar a todas las viejas chismosas. ¡Viva México y felices fiestas!





No hace falta buscar mucho. Todos los días. 






Pues eso. Viva México.









miércoles, 10 de septiembre de 2014

López corriendo









No recuerdo quién o por qué lo empezamos a llamar López. No era ése su apellido, pero desde los primeros días del curso lo llamamos así. Tampoco supe –creo que nadie del grupo lo supo- qué era lo que tenía López. Supimos inmediatamente que era diferente, y a los 12 años ser diferente puede ser una verdadera putada.

López tenía simplemente una especie de ligero retraso mental; lo revelaban sus facciones: su frente demasiado ancha, la forma de su boca, su estatura, la blancura de su piel, su manera de caminar. Parecía frágil. Y nosotros teníamos 12 años y éramos crueles como sólo se puede ser a esa edad.  

Desde los primeros días se mostró temeroso, quizá debido a las burlas acumuladas durante la primaria, y durante todo aquel ciclo escolar –el primer año de la secundaria- López continuó siendo el blanco de burlas, maltratos, intimidaciones. Y aunque yo no empezara alguna broma o alguna humillación, muchas veces me sumé a los demás. No quiero hacer recuento de todo lo que le hicimos a López aquel año, pero estoy seguro de que para él fue un año larguísimo; para nosotros, para los casi 60 niños que compartíamos el salón de clases, fue un año en el que el ingenio para maltratar a López nunca se agotó. Y cuando creíamos que nuestra crueldad no podía ir más allá, siempre había alguien que iba más allá.

Nadie lo defendió nunca, nadie; aquellos que no se sumaban a los maltratos, reían con algo de culpa o miraban hacia otro lado. Y cuando volvimos después del primer verano, listos para iniciar el segundo año y recargados de ánimos para hacerle a López un año aún más largo, nos encontramos con que López ya no estaba. López no volvió, no aguantó, no pudo. Desapareció, y a las dos semanas lo habíamos olvidado.

Nadie volvió a verlo. No supimos a qué escuela se fue, o si continuó estudiando siquiera. Terminamos la secundaria, e incluso un par de años después, cuando algunos de los compañeros de clase nos reuníamos, alguien recordaba a López, tan sólo para volver a reírnos de todo lo que le hicimos pasar durante aquel año.

Con los años, las reuniones de excompañeros se fueron haciendo más esporádicas, hasta que un año ya no nos reunimos más. El recuerdo de López también se fue. Nunca volví a pensar en él hasta hace unos días.

Caminaba entre los pasillos del Mercado del Carmen, entre puestos de comida, ropa, juguetes; un típico domingo abarrotado, ruidoso. Estaba pagando unas jícamas con limón y chile, y justo cuando me daba la vuelta para seguir caminando, sentí un leve golpe en brazo: el típico empujón de alguien que va pasando entre la gente y te toca sin querer. Volteé levemente mientras escuchaba un “perdone”, muy bajito pero muy claro. Sí, era López.

Todo pasó rapidísimo y sin embargo lo recuerdo como en cámara lenta. Me miró apenas medio segundo, y cuando dijo perdone ya había bajado la cabeza, y yo estaba a punto de responder no hay cuidado cuando miré su rostro. Aún cabizbajo lo reconocí (pues fue ésa la forma en que casi siempre lo vi durante aquel año que estudiamos juntos; López mirando al suelo, López con la cabeza gacha, López sin mirar a los ojos a nadie, López escondiéndose), y las palabras se me quedaron atoradas en la garganta. 

Perdone, había dicho López sin siquiera mirarme, así, hablándome de usted, y en el brevísimo instante que le tomó agachar la cabeza y seguir su camino entre la gente, lo vi de nuevo con su uniforme escolar, con 12 años, con el miedo en el rostro; vi a López tratando de alcanzar su mochila que habíamos colgado de un árbol, sobándose la cabeza o el brazo tras recibir algún golpe, cuidando receloso sus cuadernos para que no volaran por el salón, revisando su sándwich antes de morderlo para comprobar que no le habíamos puesto medio kilo de sal, tanteando su butaca de metal antes de sentarse por si se nos había ocurrido poner una vela encendida debajo; vi a López cayéndose porque le habíamos atado los zapatos a la butaca, López con su tarea hecha pedazos, López corriendo, López huyendo, López llorando.

No pude decir nada. No supe qué decir. Me quedé ahí, de pie, helado, viéndolo perderse entre la gente del mercado como tanta veces de perdió apenas terminaban las clases, como se perdió un día cuando terminó aquel primer año de la secundaria. Me quedé ahí un rato, con la puta vergüenza más grande que he sentido en mi vida, odiando a mi yo de 12 años, queriendo seguirlo y decirle algo, lo que fuera, y no pude.

López volviendo a casa lleno de tierra, López buscando su estuche nuevo, López diciendo que él no había sido, López corriendo asustado, López huyendo de la pelota, López cayéndose, callándose, escondiéndose, López llorando. López, 20 años después, diciéndome perdone.










viernes, 22 de agosto de 2014

El karma son 8 tacos de pastor





Como siempre que un momento especial se acerca, las emociones crecen y se desbordan. Desde que compré mi boleto para venir a México, sólo pensaba en tres cosas: voy a ver a mi familia, voy a ver a ese puñado de amigos que tanto me hace reír, y me voy a comer todos los tacos que no me he comido en casi tres años.

Al siguiente día de haber llegado a Chilangolandia, mi carnal El Gordo –con quien he comido cientos y cientos de tacos desde hace 20 años- pasó por mí y me llevó a uno de esos clásicos puestos callejeros de lámina blanca a comer tacos de suadero. Los típicos de muerte lenta.

Toda la alegría y las ganas por estar de nuevo frente a ese insalubre manjar que acostumbramos comer en México, toda la emoción y el placer desaparecieron 15 minutos después, cuando me di cuenta de que estaba lleno después de haberme comido sólo 8 taquitos (ya saben, los de tortilla pequeña). Ocho miserables tacos; El Gordo –que me lleva varios kilitos- se comió nueve, y no podíamos más. Nos retiramos en silencio, derrotados.

¿Qué pasó con nuestros estómagos? ¿Dónde quedó ese apetito voraz de hace 15 años, cuando El Gordo y yo éramos capaces de comernos cada uno 20 de suadero y dos refrescos sin inmutarnos? ¿En qué momento –o mejor dicho, en qué taco- se quebraron nuestros estómagos, guerreros de mil batallas carnívoras? Esa noche me fui a la cama muy triste, y un poco preocupado.




A pesar de que a la mañana siguiente me levanté con ánimos renovados y mucha hambre, las decepciones se sucedieron una tras otra: fui a comer tacos de canasta, y ocurrió lo mismo: sólo pude con 3 de papa y 2 de frijol; con los tacos de carnitas, en el negocio de mi padre, también lo mismo: sólo 2 tacos de tortilla normal, y una gordita de chicharrón. Ni siquiera me atreví a mirar a mi padre a los ojos.




Llevo tres semanas yendo de derrota en derrota. La más dolorosa ha sido, sin duda, frente a mis favoritos: los tacos de pastor. Llegué a la taquería con un hambre inmensa, y sólo pude comerme 8, y con una tortilla (hace 10 años me comía mínimo 15 y unas donas Bimbo después). Yo, que me jactaba de mi estómago de neandertal, resistente a todo; yo, que me pasé los últimos 4 meses soñando con taquerías, cilantro, cebolla y piña; yo, que me juré comerme mi propio peso en tacos en estos dos meses… heme aquí, lleno con 8 taquitos de pastor, con un desconsuelo que sólo un hermano amante de los tacos entendería.

Y aún con todas estas bofetadas, siento un dejo de esperanza en lo más hondo de mi estómago. Así que voy a tianguis de los martes, a los infalibles tacos de cecina, con mis dos sobrinos para darme valor, para no quedar como un pusilánime frente a ellos.

Nada. Tres tacos de cecina enchilada y estoy lleno.

Qué mierda. Así deben sentirse más o menos los diabéticos. Qué bueno que me largo. Qué bueno que en Polonia no hay suadero, ni pastor, ni cecina, ni barbacoa, panzita, canasta, campechanos, longaniza, chicharrón, carnitas ni birria.

Y entonces mi sobrino de 10 años me pregunta:

-Enano, ¿no te vas a comer otro?

-Nah, sólo era el antojo –miento descaradamente-.


Qué triste. Aquellos 18 de cecina con El Gordo son sólo un bello recuerdo; aquellas 3 tortas de pastor con queso en una sola sentada, es sólo una anécdota más en el baúl de mis glorias gastronómicas. Ya no somos los estómagos que fuimos.

-¿Otro igual, güero? –me pregunta el taquero, que me vio crecer, que me ha alimentado durante años, que me conoce desde que era un mocoso capaz de comerse sólo un taco.

Y yo, con una profunda tristeza, echando una mirada a la montaña de cecina que se cuece lentamente, y tratando de disfrazar mi vergüenza de dignidad, le respondo bajito:


-No, don, nomás la cuenta.





martes, 5 de agosto de 2014

Música, poesía y el Río de la Plata

                                                                                  A Mariana, que me llevó a caminar por Corrientes







Fue un poco descubrir, y un poco comprobar Buenos Aires.

Fueron muchas las cosas que desde hace años me fueron atrayendo. Una de las primeras canciones que aprendí de memoria fue La ciudad de la furia, de Soda Stereo (pues una de mis hermanas mayores tenía un casete de rock en español que oía a todas horas). Yo no entendía nada de la letra, pero me la sabía completita. Por esa canción supe que Buenos Aires lucía susceptible, aunque tampoco entendía esa palabra.

Sí, creo que lo primero fue el rock; crecí escuchando –como muchos de mi generación- a Los Fabulosos Cadillacs, Divididos, Los Pericos, y empecé a imaginar esa ciudad a partir de la mención de alguna calle o algún barrio.

Después fueron Borges, Cortázar, Sabato; Andrés Calamaro y Fito Páez; la fascinación con la que Katherine hablaba del viaje que haría a esa ciudad, como si ya la conociera; aquella única final de la Copa Libertadores que ha jugado un equipo mexicano, y en la que me di cuenta, incluso a través de la televisión, de lo mucho que pesa La Bombonera de Boca Juniors; y por supuesto, Joaquín Sabina.

A pesar de todo eso, Buenos Aires siempre estuvo lejos, hasta que en Cracovia conocí a Mariana (porteña y bostera de corazón), y sus pláticas me fueron despertando de nuevo las ganas de viajar a La ciudad de la furia. Vení, mexi, es relindo, me decía antes de volver a Argentina.

Así que después de muchos años, canciones y literatura, Buenos Aires dejó de estar tan lejos.

Apenas me dirigía del aeropuerto al centro cuando comenzó la música, pues la calle por la que iba el autobús me parecía interminable:
-Oye, esa calle, Rivadavia –le dije a Mariana en cuanto la vi-, es la de la canción de Bersuit, ¿verdad? ¡Porque es más larga que la chingada!
-Claro, mexi, ¡la calle más larga del mundo!

Y todo fue música y poesía en Buenos Aires. Fue, como dice Alessandro Baricco, como acabar en la cama con una mujer con la que te has escrito cartas durante años.

De pronto me detenía en alguna esquina:
-¿Estas calles se llaman Córdoba y Maipú?
-Sí –respondía Mariana-. ¿Por?
-Esa canción de Sabina…
Y entonces los dos, pensativos, empezábamos con un                             tarara tata tatara…                                                                                                                               "qué poco rato dura la vida eterna,
por el túnel de tus piernas,
entre Córdoba y Maipú."

Y seguíamos caminando.


-Oye, ¿dónde está González Catán?
-¿Por esa otra de Sabina?
-Sí. "De González Catán… en colectivo, a la cancha de Boca, por Laguna…"
-Yo no voy ahí, sabelo.
-¿Es peligroso?
-Sí, y feo. Así que andate solo.


Y así fui buscando y fijándome en sitios que tanto había escuchado y leído: el barrio de Barracas donde nació el Matador, de Los Cadillacs; San Telmo, a donde Calamaro iba a comprar cosas viejas y rotas; el Gran Rex y el Luna Park de Fito Páez; la Galería Güemes donde según Cortázar se puede acceder al París del siglo XIX; la esquina de Godoy Cruz y Santa Fe, de La casa desaparecida; el cruce de Corrientes y Callao donde Sabina se citó con la Luna; la calle Florida, la estación Retiro y la Plaza San Martín, de El palacio de las flores; la calle México donde Borges escondió ese libro infinito, el libro de arena; los viejos cafés (Tortoni, London, La Biela) donde se reunían Borges y Bioy Casares, Sabato y Gombrowicz; la calle Garay donde está el mismísimo Aleph: el punto donde coinciden todos los puntos del universo, vistos desde todos los ángulos, y en todos los momentos del tiempo.

Claro que también hubo decepciones. Quise comprar una primera edición de 20 poemas para ser leídos en un tranvía, de Girondo, pero ya no hay tranvías. Su tumba, además, es una de las más feas y descuidadas del cementerio de La Recoleta, donde hay auténticos mausoleos que parecen de narcos mexicanos. La Plaza Cortázar está llena de sport bars y lugares de hamburguesas; el bar Orsai, de Hernán Casciari, cerró hace casi un año, y la casa en la calle Serrano donde Borges creció es ahora una peluquería llamada Maldito Frizz. Qué triste. Pero ni hablar.


El rock, la literatura, y El lado oscuro del corazón. Esa película de Eliseo Subiela hizo aún más grande mi obsesión por conocer Buenos Aires (si aún no la han visto, les sugiero que dejen inmediatamente de leer esto y la vean; vale mucho más la pena que este texto). Desde que la vi por primera vez, había querido seguir los pasos de Oliverio –el protagonista-, e ir a los carritos de la Costanera y cambiar poesía por unos bifes de chorizo, y recitarle Rostro de vos, de Benedetti, a la cajera de una estación de autobuses, e ir al cabaret Sefiní de Montevideo a buscar a Ana, y llorar a lágrima viva, llorar por el ombligo y por la boca entre esas calles melancólicas de la capital uruguaya.

Hoy Buenos Aires ha dejado de estar lejos. Hoy la música, la literatura y el cine se han juntado en este puñado de visiones, de fragmentos urbanos; en esta cacciola que me lleva de Buenos Aires a Montevideo, atravesando el impresionante Río de la Plata, mientras yo me siento Oliverio y tarareo ese bolero de Chico Novarro…


¿Hace falta que te diga
que me muero por tener
algo contigo…?














https://www.youtube.com/watch?v=G_7MdJeb_2Y (Algo contigo / Los Panchos) 

https://www.youtube.com/watch?v=2xpILinSJrM&list=PLCUIgWA2ukdOdeYM_FaZK3SXnqRhtLoZ5                                 (La argentinidad al palo /Bersuit)

https://www.youtube.com/watch?v=9vfJ29RJU2w (La ciudad de la furia / Soda Stereo)

https://www.youtube.com/watch?v=HUip3YddXc4 (Matador / Los Fabulosos Cadillacs)

https://www.youtube.com/watch?v=iEcuDygqxf8 (El palacio de las flores / Andrés Calamaro)

https://www.youtube.com/watch?v=ZZ3OlwBZvK8 (Con la frente marchita / Adriana Varela)

https://www.youtube.com/watch?v=HAm0Bh2tt6c (Dieguitos y Mafaldas / Joaquín Sabina)

https://www.youtube.com/watch?v=2LlqetyJ_rc (Vendrá la muerte y tendrá tus ojos / Andrés Calamaro)

https://www.youtube.com/watch?v=zdXMmtvqT4k (Buenos Aires / Sabina y Páez)







viernes, 6 de junio de 2014

Una torpe forma de decirle...




Vi en Facebook la fotografía de su hija recién nacida. Ahí estaban, aún en el hospital, mi amigo –llamémosle  P-, su esposa, y su hija de apenas unas horas entre sus brazos. Muchísimos comentarios y muchísimos me gusta. Más que ver a la bebé, contemplé un buen rato el rostro de mi amigo; a pesar de las ojeras y el cansancio que reflejaba, tenía una sonrisa discreta pero sincera.  No es una mueca exagerada,  no entorna los ojos ni ríe falsa u ostentosamente. Es una sonrisa pura, tranquila. Y es de esperarse, supongo; mi amigo es probablemente más feliz que nunca, y basta ver su rostro en esa foto para saberlo. Y me quedé varios minutos mirando la imagen… No le di me gusta –no porque no me gustara-, ni escribí un comentario –no porque no quisiera-. Sólo miraba el rostro de felicidad de mi amigo.

Y entonces pensé en esas ridículas fotos que abundan en Facebook y que llevan algún breve texto que hace referencia a los amigos. Ya saben, eso de que “No importa con quién o dónde estés, un amigo siempre está contigo” (y para ilustrar semejante revelación, dos gatitos en un árbol), o “Un amigo es aquel que se queda cuando todos los demás se han ido”.  

Todo hubiera terminado ahí, pero irónicamente, minutos después encontré una fotito en blanco y negro, con las manos extendidas de dos niños, casi tocándose, y la leyenda “Un amigo es aquel que aunque no esté presente, tú sabes que está ahí”. Y cuando leí aquello arqueé un poco las cejas y pensé: 

-Claro. A todísima madre. Mis amigos no están, pero no importa, yo sé que están ahí.

¿Ahí?

Ah, chingá, ¿ahí dónde?


A mí me importa una absoluta mierda saber que mis amigos están “ahí”. Eso no me sirve. Yo quiero a mis amigos aquí, cerca, conmigo, pero no es posible; pues bien, prefiero entonces pensar que mis amigos están “suspendidos”, en stand by, cerrados por remodelación. En coma de amistad. Vegetando.

No es así de simple, claro (lo sabrán quienes tengan un buen amigo lejos). La verdad es que me revienta, pues hay por ahí cuatro o cinco amigos a los que quisiera empacar y traer conmigo a donde quiera que voy; arrancárselos a sus padres o a sus esposas. Es ese puñado de amigos el que me duele, porque no han estado cuando los he necesitado, así como yo no he estado ahí para algunos de ellos. Y no puedo evitar preguntarme últimamente, sobre todo después de ver a mi amigo con su hija en brazos: ¿aún somos amigos, P y yo? ¿De verdad somos amigos? ¿Seguiremos siéndolo aunque pasen otros cinco o quince años sin vernos, sin reírnos cara a cara como tantas veces lo hicimos?

A esos que se me quedaron, o que se me fueron, ¿puedo seguir llamándolos amigos? Vaya patraña eso de que los amigos siempre están cuando los necesitas. A veces no están, simplemente. No pueden estar. No son superhéroes, son personas que se casan, se mudan a otra ciudad, tienen hijos y prioridades, y no siempre pueden estar. Y no dudo de su amistad, pero es evidente que no somos los mismos amigos que fuimos; si bien la mistad no se ha roto ni acabado, es normal que se vaya diluyendo, que la distancia la empolve, que se vaya tristemente afacebookando.

Y eso duele. Duele en lo más hondo ver de pronto la foto de un buen amigo y darte cuenta que te has perdido los últimos años de su vida; que te perdiste su boda, el nacimiento de su hija y tantas otras alegrías; que los dos nos fuimos a países remotos y que quizá no nos volvamos a ver. Y con todo eso, ¿aún somos amigos?

Pocas veces las amistades se rompen, pero a menudo se interrumpen, y nos acostumbramos. No nos queda otra; nos queda, en cambio, el ocaso de esas amistades –como dice el buen Ramón III-, el derrumbe de aquella idea pueril de que tus amigos no se irían nunca… Nunca, hasta que un día se fueron.

Hasta que un día nos fuimos.

Y un amigo así no sirve. Un amigo así duele.

Y no he sabido qué decirle, ni cómo, salvo esta torpe forma de hacerle saber que me alegro mucho al verlo tan feliz con su esposa y su hija. 
Que lo quiero. Que lo extraño.