domingo, 7 de junio de 2015

Al Hades juntos / Furia y vaivén / Este nosotros






Al Hades juntos



Vamos a descender juntos,
vamos a hundirnos.

Quiero seguir los pasos de Orfeo en pos de Eurídice,
y tocar nuestra lira de cartón
en presencia del señor de los abismos.

Vamos al fondo,
a bañarnos con la sangre de Medusa,
a despojarnos de este piel terrena,
y petrificarnos en un beso de pupilas.

Entra conmigo al laberinto y corta el hilo,
y si Asterio nos encuentra,
haré que sea dulce nuestro suplicio.

Prometeo desde su risco nos sonríe,
pues sabe que aquello que robó
está en buenas manos.

Vamos juntos,
vamos a buscar el vellocino,
vamos a Medea,
a pasear con Caronte por el Tártaro,
a volar sobre el mar con alas de cera.

Vamos a desbocar los caballos de Apolo,
al Olimpo o al Inframundo;
vamos a descender juntos al Hades,
vamos a hundirnos.

           



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Furia y vaivén



El psiquiátrico de tus palmas blancas,
la herida del costado de tus recuerdos,
los prodigios del valle de tu espalda,
las notas del sudor de tu deseo.

La furia del vaivén de tu cadera,
el vals de tus uñas en mi pecho,
mis silencios que acrecientan tu marea,
la daga de tu lengua en mi cuello.

El eclipse de piel de nuestros mundos,
la lascivia del canto de tus dientes,
la miel de la sonrisa de tus muslos,
el jardín de las delicias de tu vientre.

Los miedos que transformas en despojos,
la sala de espera de tus labios,
el Leteo en el fondo de tus ojos,
la explosión de las fronteras de tus manos.

La ropa que cae muerta y su misterio,
tu desnudez de manantial nocturno,
la calma en nuestros cuerpos-cementerios,
tu boca de cristal, mi aliento mudo.







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Este nosotros



¿Dónde estás mientras te pienso
y reconstruyo tus ojos?

¿Dónde?

Camino por la casa silenciosa,
y descubro ciertos rincones que exhalan tu olor,
y yo me detengo y aspiro,
y sonrío…

y te pienso y sé que todo está bien,
que poco a poco estás llegando,
y que yo,
poco a poco,
estoy quedándome en este nosotros.

No quiero saber nada más.
Es suficiente.

Esto es suficiente,
este nosotros sin promesas,
sin antes ni después,
sin aclaraciones ni certidumbres.

No quiero seguirte o que me sigas,
quiero domingos a tu lado cada día,
y si hay lunes,
seguiré queriéndote domingos.

Deséame,
Pinta con tus labios en mi cuerpo,
que yo escribiré sobre el tuyo.

Muéstrame tu piel
y pinta dunas sobre la mía.

Y quiéreme siempre,
siempre,
hasta que un día dejes de quererme,

que yo te querré siempre,


siempre…

















domingo, 31 de mayo de 2015

Email de un amigo mexicano cagándose de miedo






Alejandro,

hace ya tiempo que quería escribirte. No voy a ponerte excusas, por una u otra cosa se me pasaba, pero ahora sí.

No sé qué tanto sigues las noticias de lo que pasa acá, no sé si te gusta saber lo que pasa acá; si el estar lejos hace que eches de menos todo o que al contrario, quieras desconectarte de toda esta porquería. No sé si te enteraste de lo que pasó en Chihuahua hace unos días, lo de los niños que estaban jugando. Sé que no te va a sorprender mucho, y si te lo cuento es porque lo que me pasa a mí ahora está muy relacionado con eso.

Bueno, y porque tengo miedo. Daniela y yo no hemos hablado mucho de eso, pero sé que ella, de alguna forma, piensa y siente lo mismo que yo estos días, y el silencio es una forma de pretender que no nos afecta, y de no querer preocuparnos más el uno al otro. Pero sé que ella también tiene miedo.

Un grupo de chicos, dos de 15 años, dos niñas de 13 y otro de 11, decidieron “jugar al secuestro” con un vecino suyo, un niño de 6 años llamado Christopher. Lo ataron, lo golpearon, y finalmente lo estrangularon. Cuando se dieron cuenta de que estaba muerto, lo apuñalaron en la espalda, le sacaron un ojo, le arrancaron un trozo de una mejilla y echaron el cuerpo en una zanja que habían cavado. Incluso, para ocultar un poco el cuerpo, lo cubrieron con los restos de un perro muerto.

Un niño de 6 años, Alejandro, asesinado por sus amiguitos que decidieron jugar al secuestro. Y mis hijos vienen y me preguntan papá, ¿por qué mataron a ese niño Christopher?, y yo tengo que decirles que fue un accidente, pero ellos saben que no. Victoria ya tiene 9 años, Fer tiene 7, y escuchan cosas, en todas las noticias hablan del caso, de que ahora sí ya tocamos fondo en México.

¿Cuántos fondos hemos tocado ya? ¿Cuántas veces se dice eso en este país? ¿Te acuerdas de los setenta y tantos migrantes ejecutados en el Norte? ¿De los dos policías quemados vivos en Tláhuac? ¿De los 49 bebés y niños muertos en la guardería? En todas esas tragedias tocamos fondo, creímos que aquello era lo peor; marchas, páginas de Internet, firmas, despliegue mediático, condena generalizada, ultimátum al gobierno. Aquello fue lo peor… hasta que un día dejó de serlo.

Y tengo miedo. Me estoy cagando de miedo, Alejandro. Miedo de llevar a mis hijos a la escuela por la mañana, miedo de que un día, cualquiera de los amiguitos de Victoria o de Fer decidan probar un juego nuevo, imitando lo que ven, de que ellos puedan participar en un juego así, por diversión, por curiosidad, porque los convenzan sus amiguitos. Pero claro, como todo buen padre me digo completamente convencido: No, mis hijos nunca harían una cosa así, yo los he educado bien, con valores, conozco bien a mis hijos y sé que ellos jamás harían una cosa semejante. Todos los padres decimos eso, lo mismo decían los padres de esos cinco chicos, mi hijo nunca haría una cosa así. Mi Victoria y mi Fer jamás, jamás lastimarían a otro niño. ¿Y sus amiguitos? ¿Jamás lo harían? Los padres estamos ciegos, Alejandro, ciegos de amor por nuestros hijos, y todo lo bueno que podamos enseñarles se puede ir al carajo en un momento, así es aunque nos neguemos a creerlo, a considerarlo siquiera. No, mi hijo nunca lo haría, decimos todos los padres.

¿Has escuchado eso de que no hay nada más grande que el amor de un padre por sus hijos? Pues como padre te lo digo: es mentira. Claro que hay algo más grande, mucho más grande: el miedo a perderlos, el terror de imaginar siquiera que algo así pueda pasarles. Y sé que Daniela siente ese miedo también, y yo necesito decírselo a alguien y a ella no puedo. Amamos a Victoria y a Fer juntos, a todas horas y sin tapujos, pero tememos por ellos avergonzados, a solas y en silencio.

No sé si este miedo por mis hijos ha estado siempre ahí, desde que nacieron, y al ver la foto y la historia de Christopher simplemente se ha hecho más evidente, más claro. Tampoco sé si se puede acabar. Sé que los amo, y que tengo miedo.

Y sé perfectamente que no hemos tocado fondo ni de lejos. No regreses, amigo. Esto apenas está empezando.


Te mando un gran abrazo.



J. A.











sábado, 16 de mayo de 2015

Un regalo por media Europa





El libro que Ochoa me compró es uno de los mejores regalos que alguien me ha comprado. No sólo por el libro en sí, sino por el lugar donde lo compró y por todas las peripecias que tuvo que pasar para traérmelo hasta Polonia.

Ochoa salió de México hacia Madrid, y tras un par de meses de viaje se reuniría conmigo en Cracovia. No viajaba muy holgado, llevaba apenas una mochilita al hombro, una libreta, su cámara con la que trabaja y unas ganas enormes de atravesar media Europa. Y Madrid lo deslumbró, y Barcelona lo enamoró tanto que quiso quedarse ahí. Y se perdió en París, y se llenó de París, y se enfermó de París.

Y fue precisamente ahí, a orillas del Sena, en el 37 Rue de la Bûcherie, donde Ochoa se topó con Shakespeare and Company, la librería más emblemática y con más historia y tradición literaria de todo el mundo. Uno de esos rincones que todo lector sueña conocer algún día; una librería de fachada pequeñita, escondida, pero que lleva casi un siglo siendo un punto obligado para los amantes de la literatura.

T. S. Elliot, Joyce, Fitzgerald, Hemingway, Pound… todos estuvieron aquí. La editora y primera propietaria de Shakespeare and Company, Sylvia Beach, fue quien publicó la primera edición del Ulysses de Joyce, en 1922. Años después, en el 41, Beach se negó a venderle a un oficial nazi una copia de Finnegans Wake, la encarcelaron y la librería cerró. Después, en los 50, George Whitman, hijo de un tal Walt Whitman, reabrió la mítica librería, y entonces vinieron Sartre y Beauvoir, Breton, Miller y Borges, Jack Kerouac y la generación beat, Kundera y Cortázar. Ninguna otra librería en el mundo puede jactarse de eso.

Ahí entró Ochoa, curioseó entre las viejas estanterías, entre las pilas de libros que se amontonan y apenas dejan espacio para caminar. Y compró un libro que sabía que me gustaría, una novela de soledad y de baseball, La chica que amaba a Tom Gordon. Supo que me gustaría desde que abrió el libro y leyó el epígrafe:

The world had teeth
and it could bite you with them
anytime it wanted.


Al pagar, le pusieron al libro el característico sello de Shakespeare & Co, y apenas salió de la librería tuvo que guardárselo entre la ropa, pues comenzaba a llover y no podía meterlo en su pequeña mochila sin que se maltratara (no se puede meter un libro en una backpack sin que se le arruinen las esquinas o se doble, y menos aún con media Europa por delante y a mochilazo). Lo envolvió en una bolsa de plástico y allá fue con él, paseándolo por París celosamente.

Y desde que salió de Shakespeare and Company, Ochoa no descuidó un momento el libro que compró para mí; lo trajo bajo el brazo, bajo la ropa, contra el pecho. Y mi libro salió airoso, venció adversidades y malos agüeros: le llovió en Amsterdam y en Berlín, y cada vez que lo intentaban aplastar –a las puertas de la galería Uffizi en Florencia o en el museo del Vaticano- Ochoa lo levantaba sobre su cabeza como quien salva a un niño de la multitud-. En Venecia, mientras Ochoa hacía una foto, estuvo a punto de caérsele mi libro en un canal, pero no cayó; noches después, unos facinerosos estuvieron a punto de asaltar a mi amigo cerca de la estación Sewanstraße, en Berlín, pero un segundo antes de caerle a Ochoa por la espalda, los facinerosos vieron un halo extraño en mi amigo y se marcharon en silencio. Era el espíritu  shakespeariano que protegía mi libro.


Cansado de caminar ciudades, empapado, más delgado y ojeroso llegó Ochoa a Polonia. Por fin pudo dormir seis horas seguidas a bordo de un autobús de Wrocław a Katowice, su última parada antes de Cracovia. Fue en ese autobús donde, harto de preocuparse más por mi libro que por él mismo, comenzó a leerlo, y a las 40 páginas se dio cuenta de que había hecho una buena elección.

 

Apenas estuvo un par de horas en Katowice, y de ahí tomó su último autobús a Cracovia. Se acomodó en su asiento y se dispuso a continuar la lectura cuando se dio cuenta de que había dejado el libro en el autobús anterior, pero era ya muy tarde para volver.

 

 

 


Tengo la bolsa de papel de Shakespeare and Company junto a mí mientras escribo estas líneas, mientras algún conductor de Polskibus estará, tal vez, leyendo esa novela de soledad y baseball, y mientras yo me dispongo a leer, en PDF, la novela que un buen amigo me compró.











martes, 21 de abril de 2015

Inconsciente sabinesiano






Empecé a odiar a Jaime Sabines mucho antes de leer su poesía, y cuando aún estaba vivo. Era 1998, yo tenía 17 años, no había leído un solo libro por placer, y todos los días tenía clase de Lengua y Literatura a las 7 de la mañana. Y empecé a odiar a Sabines incluso antes de leerlo.

Mi profesora de Lengua y Literatura era una mujer muy alta, muy grande en general, rondaría los 70 años, y aunque el programa del curso no contemplaba el estudio de poetas contemporáneos sino hasta la recta final del año escolar, no había un solo día en que ella no hablara de Jaime Sabines.

Y el problema no era que hablara de Sabines, sino que lo ensalzara hasta el hartazgo, sin darnos nunca un poema suyo para que lo conociéramos, o por lo menos alguna recomendación para acercarnos a su poesía. Durante más de ocho meses escuché hablar de la grandeza de Sabines, de la belleza invaluable, inimitable, inconmensurable de sus versos; Sabines el magnífico, Sabines el extraordinario ser humano, Sabines renovador de la poesía, Sabines el mejor poeta que han visto los siglos pasados y habrán de ver los venideros, Sabines hijo de Zeus, Sabines sentado a la derecha del Padre, Sabines reencarnación de Buda, Sabines más allá del Bien y del Mal, Sabines el inefable, el irrepetible, El Gran Sabines… sí, mi profesora tenía un problema con Jaime Sabines.

Así que yo lo odié con todo mi ser, me prometí no leerlo jamás. Me harté de ese poeta chiapaneco. Y entonces, la madrugada del 19 de marzo de 1999, Jaime Sabines murió en su casa en la ciudad de México. Sobra decir que cuando llegué a clase de Lengua y Literatura, a las 7 de la mañana, ninguno de mis compañeros sabíamos de la muerte del poeta. Mi profesora llegó 10 minutos tarde –por primera vez en todo el curso-, y estaba… devastada. Se sentó en su escritorio, con el rostro desencajado, la mirada ausente, como si no reconociera nuestros rostros o el lugar en el que estaba. Pensamos que la habían echado de la escuela, o que le acababan de diagnosticar cáncer terminal. Nadie habló.

¿Saben qué pasó esta madrugada?, preguntó con la voz entrecortada. Nos miramos, pero nadie habló. Se nos fue, dijo sin poder contener el llanto. ¡Se nos fue Sabines!

¡Por fin se murió ese cabrón!, dije para mis adentros. Y salimos todos en silencio y la dejamos llorando ahí.

Después vino una huelga, terminé el bachillerato, comencé la carrera de Física, la dejé, y sobreviví sin leer nunca un verso de Sabines, hasta que un día escuché a alguien leer en voz alta Luego vuelvo a quererte, y no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre, o sueño.

Y comencé a leer su poesía, de a poco, con cierta culpa. Lo fui descubriendo. No, no crean que se volvió mi poeta favorito, lo leí poco, y lo dejé. Un par de años después conseguí trabajo como profesor en Tuxtla Gutiérrez, la ciudad donde Sabines nació. Ahí lo leí un poco más; en el café Los Amorosos, en Sancris, en Comitán, pero tampoco entonces se volvió mi poeta favorito. Me fui de Tuxtla, de Chiapas, dejé de leerlo. Y no pasó nada.






El diablo y yo nos entendemos como dos viejos amigos. A veces se hace mi sombra, va a todas partes conmigo. Cuando estoy en la ventana me dice ¡brinca! detrás del oído. Anda como un maldito, como un loco, adivinando cosas que no me digo.

Me viene pasando desde hace ya unos meses; me encuentro de pronto, a media calle, recitando bajito algunos versos de Sabines. Son sólo fragmentos, pues no recuerdo completo ninguno de sus poemas. Me detengo en algún cruce esperando la luz verde, y murmuro ¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Poner lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.

No he vuelto a leer a Sabines desde hace unos años, y sin embargo ahí voy, bajando las escaleras por la mañana, escupiendo los primeros versos de Canonicemos a las putas, o el final de Miss X.

Me gustaría preguntarle a mi amigo psicoanalista por qué de pronto me vienen versos de Sabines a medio bocado, ¿en qué rincón del inconsciente se esconden los poetas chiapanecos que un día odiamos?, y ¿qué putas puedo hacer si no soy santo, ni héroe, ni bandido, ni adorador del arte, ni boticario, ni rebelde? ¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo y no tengo ganas sino de mirar y mirar?

Será tal vez el frío de Cracovia, aún en estos días de abril. El frío me ha hecho místico y alegre. El frío es bueno para tomar café, para acostarse, para hacer el amor, para que nos digan "tienes las manos frías", para fumar y para no salir del cuarto. Para todo lo demás es malo el frío.

O será tal vez que me dueles, mansamente, insoportablemente me dueles…

O que espero curarme de ti en unos días…

O que te desnudas igual que si estuvieras sola…

Qué mal momento eligió Sabines para volver. Pero qué buen momento eligió Sabines para volver. Qué ciudad tan exacta para ir por ahí, repitiendo, repitiéndole:


¡Qué nostalgia de ti cuando no estás ausente!
(Te invito a comer uvas esta tarde
o a tomar café, si llueve,
y a estar juntos siempre,
siempre, hasta la noche.)












domingo, 5 de abril de 2015

Agnieszka entre sudacas*





No fui yo el primero en conocerla. Y a decir verdad, nadie de nuestro pequeño grupo sabe quién la conoció primero. De pronto estaba ahí entre nosotros; alguien se la presentó a alguien, o era amiga de un amigo, no importa. Agnieszka se ha rodeado de sudacas y se le ve encantada, curiosa; por momentos risueña y por momentos tristísima y pensativa cuando nos hace contarle cosas sobre esa lejana y exótica tierra que está empeñada en conocer algún día: América Latina.

Y es que Agnieszka, contraria a muchos estudiantes de español que quieren viajar a Latinoamérica, no está interesada en conocer Cancún, ni Salto Ángel ni Punta Cana. Y en cambio nos pregunta cosas de las que normalmente no hablamos entre nosotros.

Nosotros, cinco sudacas: Luis, de El Salvador; Víctor, de Medellín; Goyo, de Caracas; Daniel, de Lima, y yo, del DF. Nos encontramos en Cracovia por accidente, y nos hemos ido encontrando con cierta frecuencia. Siempre hay más gente, claro: españoles, polacos, algún inglés perdido, y Agnieszka fue apareciéndose en las reuniones poco a poco, y siempre que coincidimos los cinco sudacas, ahí está ella, curiosa, preguntándonos cosas que lee en Internet o ve en algún documental.

¿De verdad hacían eso de la corbata colombiana en tiempos de Escobar?, le pregunta Agnieszka a Víctor, a medio domingo mientras comemos hamburguesas. Y Víctor traga el bocado, sonríe un poco y le dice que sí, que claro, que por supuesto que lo hacían. Los ojos de Agnieszka se entornan, se pone pensativa unos segundos, y continúa preguntándole a Víctor cosas sobre Colombia, sobre la inseguridad y la violencia, sobre el narco y las FARC. Y Víctor cuenta un par de cosas, un par de anécdotas. Ni Goyo, ni Daniel ni ninguno de los sudacas ahí presentes nos sorprendemos. Asaltos con navaja, robos a mediodía y en plena calle, o de noche al volver del trabajo, o en el autobús. Cosas de las que raramente se habla entre latinoamericanos, pero que Agnieszka nos saca de forma sutil, con genuina curiosidad, y que le contamos sin reparos porque ella se interesa realmente en esa otra cara de América Latina que generalmente a la mayoría le importa un carajo.

Agnieszka se va y no volvemos a hablar del tema, hasta que semanas después vuelve a aparecerse en alguna reunión, y entre cerveza y cerveza comienza a preguntarle a Luis si es cierto lo del derecho de piso y la extorsión en El Salvador, si continúa la guerra entre las dos principales pandillas del país, la MS-13 y Barrio 18; le pregunta también por Viejo Lyn, Sirra, El Trece y otros líderes de la Mara Salvatrucha; sobre los asaltos nocturnos a casas particulares, y Luis le dice que sí, que claro, que por supuesto, y le cuenta cómo, cuando vivía en un edificio de 6 pisos en las afueras de San Salvador, llenaban botellas con arena o rocas y las ponían junto a la ventana, listas para dejarlas caer en cuanto escuchaban, a medianoche, que alguien intentaba forzar la reja para entrar a robar. No puedes tirar cocteles molotov porque puedes provocar un incendio. Las rocas son más seguras, dice Luis.

La plática sigue, amena (si es que se puede considerar amena una plática sobre el derecho de piso). Agnieszka pregunta y pregunta, escucha, se queda en silencio, pregunta de nuevo, mueve la cabeza, maldice bajito, y pregunta de nuevo sin que su curiosidad llegue nunca a incomodar. En algún momento me pregunta por Santiago Meza El pozolero, quien trabajó para el cártel de los Arellano Félix y después para el cártel de Sinaloa, y cuyo trabajo consistía básicamente en disolver cadáveres en ácido (se calcula que “se deshizo” de más de 300 cuerpos). Y el pozole es esa sopa mexicana que tiene pedazos de carne, ¿verdad?, por eso lo de pozolero, pregunta Agnieszka, y agrega tras unos segundos: como en la película El infierno, ¿no?

Me pregunta también por El Ponchis, el niño sicario; un chico de 14 años que trabajaba para el cártel del Pacífico, y que confesó haber recibido dos mil quinientos dólares por cada víctima que degollaba. Me pregunta si de verdad aparecen de vez en cuando cuerpos colgados de los puentes, y yo le digo que sí, que claro, que por supuesto que aparecen de vez en cuando. Ésas son las cosas que le interesan a Agnieszka: pregunta por el  pago de vacuna,  por los Zetas, por La Torre de David en Caracas. Sabe que barrios como Petare, El Amparo, La Comuna 13 o Tepito, son también la cara de América Latina, y quiere saber más sobre ellos. Sabe que nuestro continente es más que playas bonitas, salsa y frutas exóticas. Pero ni Goyo es de Petare, ni Víctor de La Comuna 13 ni yo de Tepito. Somos de barrios promedio, aunque tristemente, promedio en Sudacalandia significa tener junto a la ventana botellas con rocas, o poner trozos de vidrio en la parte superior de los muros que rodean tu casa, o quitar el cable de la batería de tu auto cada noche para que no lo puedan robar.

Barrios promedio.


¿O sea que te han intentado robar el coche?, pregunta Agnieszka.
Intentado sí –le respondo-. Y robado también. Una noche que no le quité el cable de la batería.


Claro que esto no quiere decir que todos los latinoamericanos hemos sido afectados por la inseguridad. Conozco a muchos mexicanos a quienes jamás les han robado nada, pero bueno, Agnieszka no sólo se ha rodeado de sudacas, sino de sudacas con mala suerte a quienes sí han asaltado, muchas veces y de muchas formas.

¿Y con pistola? –nos pregunta a todos. ¿También les han robado así?

Daniel nos cuenta, le cuenta a Agnieszka en realidad, algo que al resto nos es familiar, pues aunque no lo hayamos pasado lo hemos oído. Pequeñas variaciones de la misma historia. Un semáforo, de noche. Daniel detuvo el coche, su madre iba con él. Dos chicos se acercaron, uno por cada lado, pistola en mano. Daniel ya se estaba bajando del coche sin resistirse, pero su madre se puso nerviosa y tardó en desabrochar el cinturón de seguridad. El asaltante a su lado se desesperó y disparó dentro del coche, muy cerca de la oreja de su madre. No la hirió pero el disparo le reventó el tímpano. Los dos chicos se llevaron el coche y Daniel a su madre al hospital.

¿Y la policía atrapó a los dos chicos? –pregunta Agnieszka, y todos sonreímos condescendientes. Claro que no.

Goyo le cuenta también una historia, y Luis otra, y todas, al final, se parecen un poco. Yo le cuento sobre el restaurante de mi padre, donde hace unos años trabajaban 2 de mis hermanas y yo, y un sábado a media tarde, con varios clientes en las mesas –familias con hijos, parejas, amigos- entraron 4 tipos armados, diciendo que si no cooperábamos nos iba a llevar la Chingada.

Uno de ellos fue directo hacia la caja, donde estaba mi hermana mayor, y le apuntó directo al pecho, a un metro de distancia. No llevaba una pistola, era un arma larga, automática. Mi hermana dio un grito y comenzó a sacar el dinero de la caja mientras el tipo continuaba apuntándole al pecho. A mí, el asalto me sorprendió justo cuando llevaba una cerveza a un cliente, y mientras veía la escena, mientras mi hermana sacaba el dinero y el tipo le apuntaba directo al pecho, tuve el impulso de romperle la botella de cerveza a ese cabrón justo detrás de la oreja. Fue un par de segundos. Sujeté la botella con fuerza mientras miraba la cabeza del tipo que le apuntaba a mi hermana.

Nunca he vuelto a sentir esas ganas de matar a alguien. Fueron dos, quizá tres segundos, y estuve a punto de hacerlo, o por lo menos de intentarlo. A veces me pregunto qué hubiera pasado si…


Los tipos se fueron. Robaron el dinero de la caja y objetos personales de los clientes (carteras, relojes, bolsos, teléfonos, anillos), y se hizo ese breve silencio que siempre viene después de una situación así, y alguien soltó esa frase tan típica en Sudacalandia: por lo menos no nos hicieron nada, gracias a Dios.

Ése fue uno de los cuatro o cinco asaltos al restaurante de mi padre. A nadie le sorprende esa historia excepto a Agnieszka, que se queda unos segundos con la mirada clavada en un plato vacío.

¿Pero por qué la policía no hace nada?, pregunta un poco exasperada.

Y los cinco sudacas nos miramos con un gesto entre resignado y divertido. Luis suelta una risita, y Goyo se destapa una cerveza y le dice a Agnieszka:


La policía en Caracas hace mucho. Te voy a contar lo que hace…









*Término despectivo/coloquial/irónico con el que se refiere a los inmigrantes latinoamericanos.