jueves, 24 de marzo de 2016

Cuando queríamos ser Marcovich






¿Te acuerdas cuando jugabas con él?
Siempre, desde los árboles, se miraban
sólo con él podías hablar
sólo con él podías llorar.
Ahora es un hueso,
 enterrado,
olvidado…

Miércoles de ceniza. Caifanes




Hace ya 21 años que mi padre prácticamente me encerró en mi habitación para que no fuera a un concierto de Caifanes. Era el 95, yo tenía 13 años y Caifanes era la banda de rock más grande de la escena; habían sido los primeros en hacer un MTV Unplugged en español, y lo mismo tocaban en Rockotitlán o en bares para 200 personas que en el Foro Sol con Soda Stereo o The Rolling Stones.

Y mi sueño más grande a los 13 años era ver a Caifanes, pero mi padre no me dejó ir a ese concierto gratuito en la explanada de la delegación Venustiano Carranza con mi amigo Marcelo y su hermano mayor.

Creo que nunca se lo he agradecido.

Los chicos de mi generación que empezábamos a tocar la guitarra en esos años competíamos por ver quién se sabía más canciones de Caifanes; dedicábamos horas a aprendernos los solos de guitarra de Alejandro Marcovich; intentábamos tocar a dueto La célula que explota o No dejes que…

Ni Marcelo ni yo –amigos inseparables desde los 9 años- habíamos visto nunca en vivo a nuestra banda favorita, así que aquel concierto gratuito se nos presentaba como el evento más importante de nuestras vidas: ¡Ver los solos de Marcovich en vivo! ¡Oír a Saúl Hernández cantar Aviéntame¡ ¡Ver a la mejor banda de rock de México y cantar con diez mil personas Aquí no es así!

No fueron diez sino cuarenta mil personas las que llegaron a la explanada, muchísimos desde la noche anterior aunque el concierto estaba previsto para empezar a mediodía. Yo había hecho toda clase de méritos con mi padre para que me dejara ir, pero fue inútil. Le rogué, le prometí, le supliqué, lo intenté chantajear, lo amenacé con escaparme, me puse digno, le dije que iría con nosotros el hermano mayor de Marcelo –un chico muy viejo de 19 años-; y esperaba que en cualquier momento pronunciara aquella mágica frase que tanto me gustaba oírle: lo que diga tu madre (eso casi siempre significaba que sí).

Pero don Alejandro simplemente dijo: no, no vas, y punto.

Muy triste, le dije a Marcelo que no iría al concierto. Él me prometió que si Alejandro Marcovich arrojaba al público la púa con la que tocaba la guitarra y él la atrapaba, me la daría para que me salieran mejor los acordes de Vamos a hacer un silencio.

El día del concierto me encerré en mi habitación y escuché los 4 discos de Caifanes una y otra vez. En el 95 no había smartphones –creo que no había ni celulares para la mayoría de nosotros-, ni whatsapp ni nada para que Marcelo me enviara fotos o videos de lo bien que se lo estaba pasando en el concierto, pero yo lo imaginaba ahí, frente a la mejor banda de rock del mundo mundial, cantando extasiado Los dioses ocultos, o embelesado con los armónicos de Ayer me dijo un ave.

Esa misma noche, mientras veía las noticias en silencio, y mi padre, sentado en el sofá al lado mío, me rodeaba con un brazo, me pareció entender algo, aunque fue hasta muchos años después cuando pude decírselo a mi padre.

Ante la impaciencia de miles de personas debido al intenso calor, y con la intención de evitar disturbios, Caifanes y los organizadores decidieron empezar el concierto una hora antes de lo previsto, lo cual pareció complacer al público. Sin embargo miles de personas continuaron llegando aun cuando el concierto estaba por terminar, lo que provocó la furia de muchos.

Hay muchas versiones de lo que pasó aquel día en ese concierto de Caifanes. Hubo camiones incendiados, helicópteros, granaderos rociando gas lacrimógeno, rocas, cristales, mucha policía, heridos, cocteles molotov.


Hubo cuatro muertos.


Se prohibieron los conciertos gratuitos en el DF. Caifanes se desintegró ese mismo año, aunque volvieron a reunirse en 2011, cuando yo ya no vivía en México, así que sigo sin poder ver en vivo a mi banda favorita.




Hace ya 21 años que mi padre no me dejó ir a un concierto de Caifanes. 

Hace ya 21 años que tú, Marcelo, no volviste de ese concierto.









https://www.youtube.com/watch?v=OR_v7o_lES8



miércoles, 9 de marzo de 2016

Noticias tardías I: Esos niños no son católicos





La semana pasada me llegaron -tardías- dos noticias. La primera, que ahora cuento, me deprimió y me encabronó como hacía mucho no lo hacía ningún suceso. La segunda es más alentadora, aunque implica también una parte melancólica.

Por partes, la primera.

Casi medio año después, me llegó finalmente la respuesta del Gobierno polaco, al que acudí esperanzado en septiembre, buscando alguna forma de participar en el programa de acogida de refugiados del que tanto se hablaba. ¿Recuerdan la foto de Aylan Kurdi, el niño sirio ahogado en una playa turca, y que dio la vuelta al mundo y parecía ser la gota que por fin derramaría el vaso de la indiferencia? Pues no pasó nada; se nos fue olvidando, como todo.

Hubo movilizaciones, claro; hubo gente que salió a las calles a mostrar su apoyo y su disposición para recibir refugiados, diciendo que bienvenidos, que Europa les abre las puertas, que no teman, que aquí hay suficiente para todos.

Pero hubo también gente que salió a las calles mostrando cabezas de cerdo cortadas, amenazando musulmanes, gritando que Polonia no quiere inmigrantes, que Polonia es de los polacos, incluso haciendo circular fotos de Auschwitz por Internet, con la leyenda: Ya está listo el centro para refugiados sirios. Aquí los esperamos.

Por esos días, cuando la foto de Aylan daba la vuelta al mundo y yo creía estúpidamente que habría una acogida masiva  y unánime de refugiados por parte de Europa, fui con una amiga a distintas ONG a ver si podíamos ayudar en algo.

Visitamos las 5 ó 6 que hay en Cracovia, escribimos a otras tantas en Varsovia y en Katowice. Para nuestra sorpresa, en más de una nos dijeron tajantemente que no, que esa ONG no ayuda a refugiados y que no saben más del tema. En otras nos dijeron que debíamos esperar a que el Gobierno polaco oficializara algún plan de acogida o aceptara las cuotas de la Unión Europea, pero que mientras tanto no podíamos hacer nada; en otra nos preguntaron a mi amiga y a mí, nada más mencionar la palabra refugiados, que si estábamos casados por la iglesia y que si teníamos hijos; en otra, una de las ONG más populares en Polonia, nos recibieron muy amables, nos dieron café y galletas, y nos dijeron que claro que podíamos participar en el programa de acogida de refugiados.

-¿Ustedes son católicos?- nos preguntó muy sonriente la mujer de la ONG mientras escribía algo en una carpeta.

-Por supuesto, con todos los sacramentos en regla- le respondí.

-Muy bien. Y… esa familia a la que quieren recibir en su casa, es una familia católica, ¿cierto?

Mi amiga y yo nos miramos, confundidos. Esta vez fue ella quien habló:

-No, verá, no conocemos a ninguna familia siria, simplemente queremos hacerles saber que estamos dispuestos a recibir a una o dos personas en nuestras casas.

-Ah… ya veo… pues, verán, nuestra fundación ayuda únicamente a familias sirias católicas, por lo tanto hay que estar seguros de que esta familia a la que quieren recibir pertenezca a nuestra religión.

-¿Y cómo se comprueba eso? –pregunté yo tratando de no sonar molesto-. Quiero decir, si en mi país estuvieran cayendo bombas y tuviera que huir, no me importaría mentir y decir que soy católico para salvarme.

-Claro, lo entiendo. En realidad hay muchas formas de asegurarnos: registros de la diócesis o de la Congregación para las Iglesias Orientales, la fe de bautismo o actas de confirmación, comunión, matrimonio en caso de haberlo, alguna carta firmada por el Primado José III Younan… como les digo, hay muchas vías, pero si ustedes aún no saben de alguna familia católica a la que quieran acoger, pues… por ahora no podemos hacer mucho. Lo siento.

Mi amiga y yo salimos de ahí igual de molestos que de confundidos. ¿De verdad nos acababan de decir eso? Pues sí. Y pensé en una madre siria, en Aleppo, en Raqqa, huyendo de repente con lo puesto y con sus hijos a cuestas; pensé en esos padres cruzando el Mediterráneo con sus hijos en brazos. Uy, se nos olvidó el acta de la primera comunión, volvamos por ella.

De todas las ONG a las que fuimos, sólo en una – Centro de ayuda Halina Nieć- nos dieron un poco de aliento; nos dijeron que desde la foto de Aylan habían recibido muchas llamadas y correos de gente preguntando y ofreciéndose a recibir refugiados en sus casas, así que mi amiga y yo nos apuntamos en la lista. La directora de la ONG nos puso en contacto con un canal de televisión, nos entrevistaron junto con otras personas que se habían apuntado en la lista, nos pidieron algunos documentos para enviarlos al Departamento de Asuntos para Extranjeros y poner todo en regla, a la espera de que el Gobierno polaco hiciera oficial su participación en el programa de acogida.

Y entonces me topé con la exasperante burocracia polaca. Documentos, contratos de trabajo y de arrendamiento, declaraciones fiscales, exámenes médicos, comprobantes, copias, copias de las copias, de todo.

La semana pasada, después de casi medio año, me llegó la carta de respuesta. Me dicen, en pocas palabras, que debido a mi condición de residente temporal en el territorio de la República de Polonia, no soy elegible para acoger refugiados.

Atentamente:
Oficina para Extranjeros
Departamento de Procedimientos para Refugiados
Unidad de Información de Países de Origen


Que yo aquí también soy un inmigrante, y que no esté chingando.


Ni yo soy elegible, ni esos niños son católicos.










domingo, 31 de enero de 2016

Daga y una campana







Daga.

Cómo no querer pronunciar un nombre así.

Cómo no querer develar el misterio de alguien que se presenta diciendo: soy Daga.

Cómo no confundirse, cómo no quedar atrapado.

Cómo no resultar herido por una mujer que se llama Daga.

Con Daga todo fue un misterioso juego desde el principio; desde su nombre hasta su vientre y desde sus dedos hasta su historia. Y más misterio aún fue su lengua.

Ella, que hablaba un perfecto español, se divertía haciéndome sufrir hablándome casi sólo en polaco. Y yo, ya con un año viviendo en esta tierra de consonantes impronunciables, pero con un nivel comunicativo de la lengua polaca que sólo me permitía pedir dos vodkas en los bares –porque si pides 5 hay que declinar las palabras y es un desmadre- y defenderme de cualquier extraño diciendo no hablo polaco, fui aprendiendo de su lengua –entre otras cosas- frases concretas, juguetonas, útiles y siempre cortas.

A veces demasiado cortas.

Przyjdź, decía un mensaje que recibí un día al salir del trabajo. En serio, así tal cual, przyjdź, siete consonantes, una zeta con tilde y ni una sola pinche vocal, y yo, seguro de que Daga había olvidado activar la función T9 de su teléfono, comprobé asombrado que no, que esa palabra realmente existía en polaco y quería decir ven.

Przyjdź. Traté de pronunciarla 3 ó 4 veces y me rendí. Y Daga lo sabía.

Después de varias decenas de consultas al traductor –que se volvió mi compañero inseparable- fui acostumbrándome al minimalismo textual de Daga, a sus frases que casi siempre escondían algo, aunque a menudo yo no pudiera descifrarlo.  Y aun antes de aprender las expresiones básicas del nivel A1 que siempre se aprenden en una lengua extranjera, como salir de casa, tomar el autobús, ir al trabajo, salir con amigos, etc., fui aprendiendo, gracias a la lengua de Daga –nunca mejor dicho- frases como masz ochotę na coś (tienes ganas de algo)?, u mnie czy u Ciebie (en tu casa o en la mía)?, kolacja ze śniadaniem (cena con desayuno)?, así como ciertos imperativos y hasta formas transitivas de bellos verbos como gryźć, szczypać, ślinić, ssać, muskać. Polaco de alcoba, como dice mi amigo Nacho.

Las lenguas son para divertirse –decía Daga con una sonrisa pícara-, para jugar con ellas. Y en general así era. Por momentos su lengua –su lengua polaca quiero decir- no parecía tan tortuosa.

Claro, a veces había malentendidos: ella escribía en un mensaje wpadaj, y yo asociaba la palabra con spadaj, que sólo difieren en una letra y suenan muy similar, pero que en mexicano sería algo así como la diferencia entre que te digan caile en chinga y llégale a la Chingada. Ella quería decir lo primero y yo entendía lo segundo.

Y ella se divertía de lo lindo.

Daga le hacía honor a su nombre.

Su nombre le hacía honor a su lengua.

Daga y su lengua polaca.

Hasta que un día me dijo que quería irse un tiempo de Cracovia. Uno, dos meses, no sabía. Quería desconectarse de todo, me dijo. Quería estar sola. Y yo le dije que estaba bien -aunque no lo estaba-, que se fuera y que ya veríamos. Ambos sabíamos que igual podía volver en una semana, o no volver. Así era Daga, no podía estarse quieta.

El día que se fue me escribió el último mensaje. Era una palabra que nunca me había escrito, y que no reconocí, por lo que tuve que ir al traductor, que tampoco me ayudó mucho: campana. Un mensaje de despedida con una sola palabra en polaco.

Campana.

Esta vez no entendí qué diablos quería decir Daga con su economía lingüística. Suspiré con cierto enfado y borré el mensaje.

No supe cuánto tiempo se fue, o si volvió a las dos semanas, o a los dos meses o a los dos años o se quedó allá en Bieszczady, en Chrząszczyce o en Przemyśl o en cualquier otro pueblo polaco cuyo nombre parece una sopa de consonantes. No volvió a escribirme, no llamó, y yo lo entendí, y lo acepté.

Y hoy la he visto, después de casi 3 años. Entré a ese sitio que tiene un nombre imposible (Pierwszy lokal na Stolarskiej po lewej stronie idąc od Małego Rynku),  pedí un café y me metí a la sección de fumar, y ahí estaba Daga, en una de las últimas mesas, con una amiga.

Fue un saludo extraño, y la conversación no duró ni 3 minutos. Me dijo que estuvo 4 meses fuera y volvió, y yo estuve a punto de preguntarle por qué no me había llamado o escrito, pero entendí que era una de esas cosas que ya no deben preguntarse. En esos 3 minutos de conversación –Daga se levantó y estuvimos de pie junto a la mesa mientras su amiga iba al baño- los dos supimos, en silencio y sin acercarnos al tema, que aquello que habíamos tenido se había muerto.

Me senté en una mesa en la otra sala de fumadores. Diez minutos después Daga y su amiga pasaron a mi lado al salir. Nos despedimos un poco falsos, mintiéndonos que sí, que hablaríamos pronto y que estaríamos en contacto aunque ambos sabíamos que no.

-¿Por qué nunca me llamaste?- me dijo Daga. No había reproche en su voz, sino curiosidad, o así me pareció, y no era en realidad una pregunta, sino una frase a la que le sobraba el por qué. Nunca me llamaste.

Debió ver la confusión en mi rostro, porque agregó:

-El día que me fui te mandé un mensaje. Esperé que me llamaras… en fin, no importa, supongo que ya no querías, pero podías haberlo dicho. Do widzenia, Alex.

Y entonces lo entendí. Recordé su último mensaje, y lo entendí. Ahora que mi polaco es un poco más que A1 y que los imperativos de verbos no sexuales me son un poco más familiares.

Maldije a Daga y a su maldita lengua –la materna y la juguetona-, maldije al traductor de google y a su teléfono que quizá había eliminado una tilde.

Pero así era Daga. Daga y su lengua. Daga y su último mensaje.

Dzwon – campana


Dzwoń– llama(me)










domingo, 24 de enero de 2016

"Yo que tú me daría prisa..."






Era el cuarto o el quinto bar de esa noche. Había ido a Ciudad Real a pasar unos días con mi amigo Nacho y su familia, y a conocer de paso un poquito más de La Mancha. Luego de una semana había conocido ya a casi todo el grupo: veinte o veinticinco amigos –Nacho entre ellos- que cada año vuelven a esa su pequeña ciudad natal a pasar la Navidad con la familia y a ver a los viejos amigos. El grupo de amigos de Nacho era bastante heterogéneo y pintoresco: había entre ellos un tatuador, una pareja que vive en Suiza haciendo espectáculos de flamenco, un bartender, dos chicas que viven desde hace un par de años en México trabajando en temas sociales –y una de las cuales tiene la sonrisa más bella y los tatuajes más sexys que he visto en España-, un profesor de tenis, una chica que trabaja como niñera en París,  una pareja de agricultores, un carnicero, una actriz de teatro, una intérprete de signos, camareros, parados, ingenieros y hasta un bombero. Y apenas llegado a Ciudad Real, me hicieron sentir como en casa, y entre anécdotas, bares y tapas, habían pasado mis días en ese bello rincón de Castilla-La Mancha, hasta esa noche en que la mujer se nos acercó a pedirnos prestado un teléfono para llamar a alguien.

Estábamos en el Café del Arte, cerca de la calle Calatrava, donde además de precios asequibles, cada tapa tiene nombre y puedes elegirla con tu bebida, así que pides un Dalí, un Quevedo, un Picasso, un Valle-Inclán. Era el cuarto o quinto bar de esa noche, tomamos un par de cañas, pagamos, nos abrigamos y salimos a fumar un cigarro antes de irnos.

Y entonces apareció la mujer.

Había venido caminando en dirección hacia nosotros por lo menos 15 metros desde la esquina, pero nadie reparó en ella hasta que estuvo a un metro y nos habló. No creo equivocarme si digo que a todos –ese día éramos sólo seis o siete del grupo- nos causó más o menos la misma primera impresión: la mujer parecía estar muy drogada o muy borracha. Rondaría los cincuenta años, se le veía demacrada y tenía ese andar pingüinesco que da la obesidad a ciertas personas; su ropa era un tanto vieja sin darle aspecto de pordiosera, y llevaba un paquete de cigarros en una mano.

-Perdonad, ¿alguno de vosotros podría prestarme un teléfono? Es que tengo que llamar a alguien para que venga a recogerme- su voz era increíblemente rasposa, sabinesca, la de una persona que ha fumado durante más años de los que recuerda.

En un segundo se intercambiaron varias miradas entre nosotros. Dos cosas estaban claras: una, la mujer definitivamente estaba muy borracha, como lo delataba su dificultad para pronunciar correctamente, y dos, era muy improbable –si no es que imposible- que esa mujer intentara cualquier embuste, cualquier treta. Era simplemente una mujer entrada en años, borrachísima y desaliñada, pero a todas luces inofensiva.

Nacho sacó su teléfono y se lo ofreció a la mujer. Ésta le agradeció y marcó un número.

-Creo que no están en casa- dijo la mujer mientras le devolvía el teléfono a Nacho-. Muchas gracias.

En un segundo el semblante de la mujer se había entristecido enormemente, como si el hecho de que no hubiera nadie en la casa a la que había llamado fuera la confirmación de algo terrible.

-¿Quiere que llame a alguien más, o que le pida un taxi?- preguntó Nacho, pero la mujer negó con la cabeza.

-Sólo me sé ese número.

Pero en ese momento el teléfono de Nacho comenzó a sonar.

-¿Hola? Sí sí, un momento. Es para usted –le dijo Nacho a la mujer extendiéndole de nuevo su teléfono.

Tratamos de volver a lo nuestro, de continuar la conversación mientras la mujer hablaba a un par de metros de ahí, aunque inevitablemente escuchábamos partes de lo que decía. Era tan divertido e incoherente que no podíamos evitar ladear la cabeza para escuchar mejor lo que aquella mujer balbuceaba torpemente.


¿Has encontrado el libro de la guerra de los enanos?... que te digo que no me has dejado nada, que no son rojos… vale vale, como quieras, pero dime, ¿qué tal las cremas para la espalda que te puse el viernes, estás mejor?... pues aquí en Las Torrijas, ¿en dónde va a ser, si no?... mmm… vale…                 …         …      no no no, escúchame tú, te dije que te ibas a arrepentir, ¿recuerdas? ¿A que no? Pues yo sí que me acuerdo…     así que yo que tú me daría prisa, porque está sola en casa, y se está desangrando.


-Muchas gracias- le dijo la mujer a Nacho devolviéndole el teléfono. 

No sé si todos escuchamos esas últimas frases pues algunos se estaban ya despidiendo cuando la mujer terminó de hablar, pero Nacho y yo nos miramos, ya no burlones o divertidos sino intrigados. Incluso preocupados.

La mujer se alejó con ese andar pingüinesco, dobló en Calatrava y se perdió, mientras nosotros digeríamos lo que habíamos oído, si es que habíamos oído bien. Nacho miró su teléfono pero la mujer había borrado el registro de la llamada que había hecho. La que había recibido decía simplemente número privado.

Dos días después me fui de Ciudad Real, volví a Cracovia, y me he pasado casi un mes mirando todos los días en Internet los diarios locales, primero de Ciudad Real, después extendiéndome a Puertollano, Valdepeñas, Manzanares, después a casi toda Castilla-La Mancha, buscando no sé qué exactamente.



Y sin saber si realmente quiero encontrar algo.










domingo, 13 de diciembre de 2015

Una final a 10 mil kilómetros






Esta semana se juega la final de la liga en México. Los Pumas de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) –el equipo de mis amores y mis tristezas- juegan contra los Tigres de la UANL (Universidad Autónoma de Nuevo León). Para quienes no estén familiarizados con el futbol mexicano: no, no es una liga universitaria, es la liga mayor, la primera división, sin embargo los dos únicos equipos de la liga que representan a universidades están en la final. Simple coincidencia.

Mi equipo está en la final y yo estoy en un agujero frío a 10 mil kilómetros. Y eso es muy, muy jodido.

Las finales en México se juegan a dos partidos, uno en el estadio de cada equipo, y cuatro de los cinco títulos de liga que han ganado los Pumas desde que yo estoy en este mundo, los he presenciado en el estadio: los dos títulos de 2004 contra Guadalajara y Monterrey, el de 2009 contra Pachuca, y el último -unos meses antes de mudarme a Polonia-, el de 2011 contra Morelia. Estuve en el estadio en esas 4 finales, y recuerdo en qué minuto cayó cada gol y cómo fue la jugada (como cualquier aficionado que se precie de serlo).



Hoy, por primera vez en mi vida, mi equipo juega una final de liga en su estadio y yo la veré por televisión, a 10 mil kilómetros.


La razón de escribir todo esto comenzó, en realidad, hace dos días, cuando se jugó el primero de los dos partidos, en El Volcán, el estadio de los Tigres, en Monterrey. Que un partido se juegue en México a las 9 pm significa que aquí en Cracovia son las 4 am, así que el miércoles después del trabajo me fui con un par de amigos a beber algo y volví a casa a eso de las 3 am, preparado para ver por Internet el primero de los dos partidos de la final.




Y a las 4 am, hora de Cracovia, comenzó el partido.

A los malditos Tigres sólo les tomó 14 minutos clavarnos el primer gol (está de más decir que fue gracias a un penal que no era penal, pero eso ya no importa). A mí no se me movió ni un solo músculo de la cara. No insulté al árbitro, no grité obscenidades a la pantalla, no hice absolutamente nada excepto darle un trago a mi bebida, mientras Gignac, ese maldito delantero francés que los Tigres trajeron esta temporada, celebraba su gol frente a las cámaras.



A partir de ahí, todo fue un espectáculo futbolístico de los malditos Tigres; se cansaron de tocar el balón, de marear a los Pumas, de hacerlos correr tras el balón como niños, de triangular, de dar pases precisos, elegantes, soberbios. Y a los 28 minutos, como si estuvieran midiendo el tiempo desde el primer gol, los Tigres nos clavaron el segundo: un golazo de Javier Aquino (¡¿Por qué diablos no lo dejaron en el Rayo Vallecano donde ni siquiera era titular el maldito?!). Nos cayó el segundo gol y yo seguí  impasible. No insulté, no grité, no hice muecas… y comencé a darme cuenta de que algo andaba mal; no quiero decir con el partido, era obvio que algo andaba muy mal para que le estuvieran dando semejante baile a mi equipo, no, quiero decir que algo andaba mal conmigo, aunque lo supe hasta algunos minutos después, sí, cuando los malditos Tigres nos clavaron el 3-0.

Fue en ese momento, cuando después de otra buena jugada, los Tigres metieron el tercer gol, al minuto 15 del segundo tiempo; fue entonces cuando me pasó esto tan horrible, algo que jamás me había pasado con el futbol, algo que no se hace si es que se tiene un poco de nobleza futbolera, y eso es, dejar de ver un partido antes de que termine (un partido de futbol se ve completo pase lo que pase, así estén jugando los Nopaleros de Anenecuilco contra los Truenos de Cuautitlán. Si un partido se comienza a ver se termina de ver, a menos que el presidente del país ordene que se suspenda por aburrido como ocurrió la semana pasada en la Supercopa de Mauritania cuando jugaban el FC Tevragh-Zenia y el ACS Ksar).

Nunca con el futbol me había pasado algo tan ominoso.

Y justo en ese momento, al minuto 15 del segundo tiempo, cuando nos clavaron el tercer gol, entendí perfectamente aquello que alguna vez leí en un texto de Hernán Casciari, y que sólo puede entenderse empíricamente; entendí que ese tercer gol –y un cuarto o un quinto si es que caían-, ese partido, la final de liga, el título o la derrota de mi equipo de futbol… todo, todo me daba igual.

Sin hacer mueca alguna, sin insultar al árbitro ni a la torpe defensa de mi equipo ni al pusilánime entrenador que no podía leer el juego; sin la menor muestra de emoción alguna y faltando media hora para que terminara el partido, apagué la computadora y me fui a la cama.

No fue un berrinche, no fue molestia, no fue porque mi equipo estuviera siendo exhibido por unos admirables Tigres –aunque así lo parezca-. Fue -como me lo dijo Casciari hace tiempo y no quise escucharlo- porque cuando estás a miles de kilómetros de los tuyos, de tu ciudad y de tu comida, de tu acento y de tus palabras, de tus pasiones y de tus odios, de los hinchas del mismo equipo y de sus detractores, cuando estás lejos de todo eso, la gloria y la tristeza saben igual; lo bello y lo terrible dan lo mismo, y te das cuenta de que estás  -como delantero a quien le anulan un gol- en offside, estás spalony (quemado, como dicen en las transmisiones polacas). Estás fuera de lugar.



Eso fue lo más triste: entender que en realidad daba lo mismo si mi equipo salía campeón o seguía siendo humillado. Al día siguiente yo iría al trabajo y no pasaría absolutamente nada, no lo celebraría con nadie ni escucharía crítica alguna. Lo mismo da que tu equipo sea campeón cuando eres su único hincha en una ciudad que no es tuya.




Dentro de unas horas se juega el segundo partido de la final, y no sé si lo veré; no sé si quiero verlo. Pumas juega en su estadio, con su gente y con una desventaja de 3 goles. A las 4 am en Cracovia -9 pm en el DF-  puede que yo esté frente a la computadora, tratando de convencerme de que el futbol significa algo aún a 10 mil kilómetros, de que el futbol no sólo tiene sentido en un ámbito colectivo sino individual.





O puede que esté durmiendo como un bebé, y me levante y vaya a mi clase de las 8 am y me dé igual lo que haya pasado, y al ver el resultado en Internet no haga gesto alguno, pues me habré convencido de que sí, de que en realidad estoy spalony, de que estoy fuera de lugar.