viernes, 6 de junio de 2014

Una torpe forma de decirle...




Vi en Facebook la fotografía de su hija recién nacida. Ahí estaban, aún en el hospital, mi amigo –llamémosle  P-, su esposa, y su hija de apenas unas horas entre sus brazos. Muchísimos comentarios y muchísimos me gusta. Más que ver a la bebé, contemplé un buen rato el rostro de mi amigo; a pesar de las ojeras y el cansancio que reflejaba, tenía una sonrisa discreta pero sincera.  No es una mueca exagerada,  no entorna los ojos ni ríe falsa u ostentosamente. Es una sonrisa pura, tranquila. Y es de esperarse, supongo; mi amigo es probablemente más feliz que nunca, y basta ver su rostro en esa foto para saberlo. Y me quedé varios minutos mirando la imagen… No le di me gusta –no porque no me gustara-, ni escribí un comentario –no porque no quisiera-. Sólo miraba el rostro de felicidad de mi amigo.

Y entonces pensé en esas ridículas fotos que abundan en Facebook y que llevan algún breve texto que hace referencia a los amigos. Ya saben, eso de que “No importa con quién o dónde estés, un amigo siempre está contigo” (y para ilustrar semejante revelación, dos gatitos en un árbol), o “Un amigo es aquel que se queda cuando todos los demás se han ido”.  

Todo hubiera terminado ahí, pero irónicamente, minutos después encontré una fotito en blanco y negro, con las manos extendidas de dos niños, casi tocándose, y la leyenda “Un amigo es aquel que aunque no esté presente, tú sabes que está ahí”. Y cuando leí aquello arqueé un poco las cejas y pensé: 

-Claro. A todísima madre. Mis amigos no están, pero no importa, yo sé que están ahí.

¿Ahí?

Ah, chingá, ¿ahí dónde?


A mí me importa una absoluta mierda saber que mis amigos están “ahí”. Eso no me sirve. Yo quiero a mis amigos aquí, cerca, conmigo, pero no es posible; pues bien, prefiero entonces pensar que mis amigos están “suspendidos”, en stand by, cerrados por remodelación. En coma de amistad. Vegetando.

No es así de simple, claro (lo sabrán quienes tengan un buen amigo lejos). La verdad es que me revienta, pues hay por ahí cuatro o cinco amigos a los que quisiera empacar y traer conmigo a donde quiera que voy; arrancárselos a sus padres o a sus esposas. Es ese puñado de amigos el que me duele, porque no han estado cuando los he necesitado, así como yo no he estado ahí para algunos de ellos. Y no puedo evitar preguntarme últimamente, sobre todo después de ver a mi amigo con su hija en brazos: ¿aún somos amigos, P y yo? ¿De verdad somos amigos? ¿Seguiremos siéndolo aunque pasen otros cinco o quince años sin vernos, sin reírnos cara a cara como tantas veces lo hicimos?

A esos que se me quedaron, o que se me fueron, ¿puedo seguir llamándolos amigos? Vaya patraña eso de que los amigos siempre están cuando los necesitas. A veces no están, simplemente. No pueden estar. No son superhéroes, son personas que se casan, se mudan a otra ciudad, tienen hijos y prioridades, y no siempre pueden estar. Y no dudo de su amistad, pero es evidente que no somos los mismos amigos que fuimos; si bien la mistad no se ha roto ni acabado, es normal que se vaya diluyendo, que la distancia la empolve, que se vaya tristemente afacebookando.

Y eso duele. Duele en lo más hondo ver de pronto la foto de un buen amigo y darte cuenta que te has perdido los últimos años de su vida; que te perdiste su boda, el nacimiento de su hija y tantas otras alegrías; que los dos nos fuimos a países remotos y que quizá no nos volvamos a ver. Y con todo eso, ¿aún somos amigos?

Pocas veces las amistades se rompen, pero a menudo se interrumpen, y nos acostumbramos. No nos queda otra; nos queda, en cambio, el ocaso de esas amistades –como dice el buen Ramón III-, el derrumbe de aquella idea pueril de que tus amigos no se irían nunca… Nunca, hasta que un día se fueron.

Hasta que un día nos fuimos.

Y un amigo así no sirve. Un amigo así duele.

Y no he sabido qué decirle, ni cómo, salvo esta torpe forma de hacerle saber que me alegro mucho al verlo tan feliz con su esposa y su hija. 
Que lo quiero. Que lo extraño.





martes, 13 de mayo de 2014

Siete minutos, cien mentiras






“Junto al dolor del mundo,
mi pequeño dolor…”

Roque Dalton



Me gusta pensar que esto no es exclusivo, que todos tenemos de vez en cuando estos días. Días inexplicablemente grises; días en que despierto cenicero lleno, y camino como queriendo no llegar ni quedarme; días de desgana, silenciosos, inexpresivos. Días bostezables, rompibles, hediondos a deseos de fuga.

He aprendido a no buscarles explicación. Son días que se me plantan en la puerta y no se van en varios días; no se pueden echar a patadas o a base de buena voluntad y sonrisitas positivas.

Sin embargo –en mi caso- sí se pueden paliar a base de mentiras.

Me habrá sucedido cuatro o cinco veces desde que recuerdo. Lo de combatir con éxito estos días grises y esqueléticos. Cinco, tal vez siete. A veces se repite después de unos meses, o pasan tres años entre una y otra. Y cuando uno de estos días se me planta a media calle y no se larga, cuando se me va acumulando la tristeza, lo despreciable, el hastío… es entonces cuando sucede, cuando esos acordes me salvan y tornan lo gris en una dicha a la vez magnífica y culpable. Como hoy; siete minutos en que todo se transforma, todo adquiere de pronto un matiz distinto, intransferible, e irrefutable. Todo, por un momento, me parece tan claro, tan magníficamente inexpresable.


Y hoy es uno de esos días rutinariamente grises, rotos; días olvido, días desván. Y yo camino por la calle Kanonicza, en pleno centro, como un autómata, cuando en mis audífonos comienza a escucharse el rasgueo de una guitarra. Es Más de cien mentiras, de Joaquín Sabina. Entre hoteles, terrazas llenas y turistas con mapa y cámara en mano, comienzo a murmurar partes de la letra, comienza a suceder de nuevo, después de no sé cuánto tiempo. 

(Tenemos memoria, tenemos amigos,
tenemos los trenes, la risa, los bares,
tenemos la duda y la fe, sumo y sigo,
tenemos moteles, garitos, altares

Tenemos urgencias, amores que matan
tenemos silencio, tabaco, razones
tenemos Venecia, tenemos Manhattan
tenemos cenizas de revoluciones

Tenemos zapatos, orgullo, presente,
tenemos costumbres, pudores, jadeos,
tenemos la boca, la lengua, los dientes,
saliva, cinismo, locura, deseo...)


Doblo a la derecha en Senacka mientras Sabina continúa enumerándome mentiras; apenas unos metros y doblo a la izquierda en Grodzka, atestada como siempre, y veo y huelo la ciudad en todo su bullicio. Heladerías, escaparates, madres con niños en brazos, bicicletas que esquivan hábiles a los peatones, trote de caballos y sus cocheros que ofrecen tours a precios exorbitantes…

Y vuelvo a ver, a sentir, este ritmo inexplicable que parecía habérseme extraviado, y todo va adquiriendo una nitidez exasperante, y al mismo tiempo un dejo de culpa, de pena por tener todo esto frente a mis ojos, así, tan fácil, tan gratuito.

Tenemos un techo con libros y besos,
tenemos el morbo, los celos, la sangre,
tenemos la niebla metida en los huesos,
tenemos el lujo de no tener hambre

Tenemos proyectos que se marchitaron,
crímenes perfectos que no cometimos,
retratos de novias que nos olvidaron,
y un alma en oferta que nunca vendimos

Tenemos poetas, colgados, canallas,
Quijotes y Sanchos, Babel y Sodoma,
abuelos que siempre ganaban batallas,
caminos que nunca llevaban a Roma…


Siete minutos en que camino por la calle Grodzka atestada de gente, de risas, de vida y suerte que comparto sin habérmelo propuesto. Siete minutos mirando la vida que pasa vertiginosa frente a mí, devolviéndome con guante blanco mis quejas estúpidas, mi estrés pueril, mis pequeños dolores, mientras Sabina sigue espetándome Más de cien palabras, más de cien motivos, para no cortarse de un tajo las venas; más de cien pupilas donde vernos vivos, más de cien mentiras… que valen la pena.

Cruzo la calle Dominikańska, y veo rosas y tranvías, veo comida, y abrazos, y botes de basura y empleados. Y miro un momento mis pies, y sonrío y pienso en lo afortunado que soy por poder caminar; pienso en mis pequeños dolores, en las pequeñísimas piedras que a veces creo encontrar en mis zapatos, en mis patéticas quejas, en mis “trágicos” últimos días… y me avergüenzo, y me asqueo.


La canción ya ha terminado cuando llego a la Plaza Central, pero sigo caminando. Siete minutos y cien mentiras que vienen justo en uno de esos días grises, a devolverme eso que a veces olvido: que tengo un techo con libros y besos; que tengo la boca, la lengua, los dientes; que tengo, como todos ustedes que leen esto, que tenemos el lujo -el puto lujo- de no tener hambre.









martes, 29 de abril de 2014

Cualquier tarde común





Las palabras que pensé la noche anterior
hoy apenas me dicen algo.
Ese constante ir y venir de tus imágenes
-que se marchan y vuelven,
me abrazan y se desvanecen-,
esa marea de tus colores que nunca pude descifrar
parece susurrarme un adiós interminable.


Estos cíclicos silencios que guardamos
tienen puntos que no sé
si son suspensivos o finales,
paréntesis de una historia en borrador
que tiene pendientes las últimas frases.


Y no te busco por no romper con lo pactado,
y no suelto tu sonrisa clara por no perderme,
por no extraviarme.


En cambio, recorro sin prisa estos días verdes
y lluviosamente tranquilos
sin la gastada excusa del encuentro fortuito.


Descubro rincones, leo, fumo,
me lleno las pupilas de escenas reales y ficticias
que de pronto quisiera contarte.
Me siento en cafés en los que nunca estuvimos,
recojo pasos que olvidamos en alguna esquina
y me prometo escribir cosas que luego olvido.


El olor de la ciudad es distinto,
como también sus colores,
su ritmo, sus ruidos;
me pierdo en sus calles y en sus promesas,
y dudo, descubro, reinvento.


Sin esperar de la tarde nada, la recorro,
sin nada más que hacer que abrir los ojos,
respirarla por igual en su luz y en sus defectos.


Ando por estos días verdes
que parecen esculpidos a la medida,
encuentro secretos que no buscaba,
fragmentos de vida,
restos, contrastes,
y a veces, también encuentro alguna de aquellas risas
que nos dejamos en algún café,
intacta –aunque hayan pasado 40 o 140 días, no lo sé-.


Quisiera contarte esta tarde tan común como cualquiera otra,
pero las palabras que hace un momento pensé,
apenas me dicen algo.


Es una tarde verde cualquiera;
quizá también te encuentres una de aquellas risas intactas

que se nos quedaron en un café.









domingo, 20 de abril de 2014

Una nostalgia de la chingada





Mi lengua materna,
el hecho de trabajar en mi lengua materna,
constituye para mí lo más importante en la vida.


Czesław Miłosz


Ayer, durante la última clase del semestre –la cual hacemos siempre en algún bar cerca de la escuela-, una de las estudiantes, Kasia, me dijo que quería mostrarme algo que había comprado durante su viaje a  México. Abrió su bolso, y con un aire ligeramente misterioso, sacó y me extendió los tres volúmenes de El Chingonario.

Para los no mexicanos que puedan leer esto, hay que decir que El Chingonario es una compilación de los usos del verbo más importante en México: chingar. En esta publicación se explican y ejemplifican casi todos los usos de este multifacético vocablo, así como los adjetivos, adverbios y sustantivos que de él proceden: chingón, un chingo (un montón), una chinga (una paliza), chingadera, chingaquedito, chingoncito, chingamadral, chinguero, chingadazo, etc. Una lectura muy útil y divertida para todo aquel que quiera aprender más sobre el español que se habla en México.

Apenas lo abrí comencé a sonreír ante las frases que ahí aparecen; no es que un mexicano necesite un manual que le diga cómo usar el verbo chingar, pero es divertido encontrarse de pronto con definiciones formales de aquellas expresiones que has escuchado durante toda la vida en registros siempre coloquiales:  

A chingarse bonito.- Trabajar dura y concienzudamente o realizar una ejecución muy rápida y eficientemente.

Y entonces, mientras hojeaba El Chingonario, me vino una ligera tristeza; una nostalgia por esas palabras que poco a poco se me han ido enmoheciendo.

Cada quien extraña distintas cosas cuando está fuera de su país; hay quienes no soportan estar lejos de la familia, o quienes sufren y hasta se deprimen un poco durante los fríos inviernos; hay para quienes lo más duro es adaptarse a una nueva cultura –con todo lo que eso implica: costumbres, lenguaje, leyes, carácter-, hay quien extraña su ciudad o su pueblo, el sentimiento de pertenencia, y muchas otras cosas, en más o menos medida.

Cuando alguien me pregunta qué es lo que más extraño de México, respondo sin dudarlo que la comida y a algunas personas (mi familia inmediata y un puñado de amigos entrañables). Pero no es del todo cierto. A la par de ello están las palabras, las mías, ésas que en casi tres años no he usado por la simple razón de que es inútil, pues mis interlocutores no las entienden ni las sienten de la misma forma. Esos mexicanismos que aquí se vuelven opacos, carentes de sentido, vacíos.


Todo lo que mi español ha ganado, todo lo que se ha enriquecido a raíz de trabajar con profesores colombianos, españoles, venezolanos, chilenos, argentinos, es también –paradójicamente- lo que ha perdido de mexicano, y no sé si a otros les pase lo mismo, pero a mí me pasa, y me pesa. Quizá porque trabajo con el idioma, porque me gustan las palabras, me gusta hablar de ellas, escribirlas; porque mi lengua materna es la única que realmente siento, la única que conozco al grado de poder expresar casi todo lo que quiero a través de ella, y aunque trabajo con mi lengua materna, al enseñar español como lengua extranjera y al interactuar con hispanohablantes de otras nacionalidades, ésta tiene que estandarizarse, prescindir de muchos elementos y adoptar otros tantos.



No sé si esta nostalgia por tu lengua –quiero decir la de tu país, la que conoces mejor y la que has usado durante tantos años- es algo común, o pasajero; pienso que quizá depende un poco del tiempo que llevas fuera. Tres años es en realidad muy poco tiempo, y ése es el problema, que es aún muy poco tiempo para aceptar completamente esta readaptación, esta mutilación necesaria. Si pasan otros cinco o diez años seguramente esta carencia se sentirá cada vez menos, hasta que desaparezca completamente.

Pero quizá dependa también del carácter, acaso más que del tiempo. Pienso, por ejemplo, en Víctor, el único mexicano con quien a veces coincido en Cracovia, y quien a pesar de llevar fuera de México el triple de tiempo que yo, sigue hablando tan chilango como Alex Lora; cantinflea, alburea y usa tantos mexicanismos que muchos polacos que hablan español, e incluso otros hispanohablantes, le entienden la mitad y van deduciendo la otra mitad.

¿Por qué yo no soy capaz de seguir usando mi lengua mexicana como lo hace Víctor? No lo sé exactamente, pero sí sé que a veces me faltan esos destellos dialectal-humorísticos, ese reconocimiento del otro ante una expresión o un juego de palabras. Sí, quizá parezca exagerado: me pesa menos la falta de sol y el frío que el desuso de algunas de mis palabras.

Los popotes siguen siendo popotes, pero ya no los llamo así; los jitomates pierden sílabas, los limones cambian de color y las crudas ya no son las mismas. Tengo que renombrar algunos objetos, abstenerme de un chingo de palabras que aquí nadie secunda. Y como cualquier separación o rompimiento, hay un periodo de duelo, hasta que finalmente el tiempo hace que olvidemos, y que aceptemos.

Y mientras hojeo El Chingonario de Kasia me doy cuenta de que me estoy riendo. Me estoy riendo solo, bajito.


Y es una nostalgia por la chingada.




Y es una nostalgia tan de la chingada.







viernes, 14 de marzo de 2014

Ruidos que no sé




La muerte, la única cosa que desde que damos el primer berrido y nos llenamos de aire los pulmones por primera vez está destinada a ser nuestra y de nadie más; lo único que realmente nos pertenece, intransferible, inequívoca, insoportable; la muerte que es tan nuestra es a veces canalla, imperdonable; una auténtica hija de puta. Y tu muerte; ésa que era sólo tuya; que te siguió los pasos desde siempre, que te vio dar tu primer beso, que te escuchó llorar y maldecir, y que alguna vez se sintió tentada a darte un buen empujón mientras esperabas el autobús en pleno invierno; tu muerte que se divertía de lo lindo escuchándote hacer planes, que durmió junto a ti tantos años sin decir una palabra, que te conocía mejor que nadie, fue tan abyecta que cuando por fin llegó su hora, dudó y tuvo que acercarse a ti de la forma más cobarde: por la espalda. Y tú, que nada sabías de ella, un par de minutos después de reírte habías palmado. Y nada más. Se acabó. Estabas del otro lado.

Esa misma muerte, la tuya, también fue cobarde para conmigo; vino a mí por teléfono. La verdad es que desde hace tiempo es su modo favorito de llegar a cualquier familiar, amigo o amante de ése que, hasta hacía unos momentos, estaba vivo. Y ese familiar, amante o amigo, toma casi siempre el teléfono sin esperar, sin pensar siquiera, que le digan que le han matado a alguien.

Y es que, poniéndonos sinceros, te me moriste tan contundentemente, tan de tajo, que me quedé frío. No sabía qué pensar, qué decir; en un principio creí que volverías de una u otra forma, pero bastaron unos meses para saber que no, que cuando uno se muere, como tú, se muere de verdad, a lo grande, y que no hay nada de volver sobre tus pasos y todas esas tonterías; uno se muere y se muere bien, y ahí se acaba todo; se acaba la lluvia y los desayunos, la soledad y los días festivos; se acaban las guerras, el insomnio, el vino, las deudas; se acaba también la esperanza y el color azul, los perros, la música y todas las ciudades en las que nunca estuviste, se acaban los amigos, la risa y las enfermedades. Se acaba para siempre el miedo, las resacas y las malas noticias. Se acaba tu casa, el planeta, todo el universo. Cada muerte es el fin del mundo.

Me fui de aquella ciudad. Te eché de menos, te esperé. Y hubo también días en que te odié. Te odié por morirte, y te odié por no volver a decirme que todo estaba bien. Y finalmente dejé de esperar cualquier cosa. Y pasaron los meses, y los años, y todo fue medianamente bien. Y si he vuelto a pensar en ti, ha sido solamente con nostalgia, mas nunca con la esperanza de verte o sentirte. Ya no.

 Pero están los ruidos.

Los ruidos que comenzaron, precisamente, hace seis meses, cuando volví por primera vez a aquella ciudad, y que se han venido repitiendo, allá y aquí.

Los ruidos a los que, de alguna forma, me había venido acostumbrando, sin preocuparme, sin asustarme, sin pensar que podrían ser otra cosa que los ruidos que se escuchan por la noche en todas las casas, propios de edificios viejos, de cambios de temperatura o presión. Y claro, escéptico como soy, me inclino a creer que es simplemente la madera vieja que se contrae por las noches y cruje; algún ratón en el ático o entre las tuberías; las vibraciones de alguna puerta del edificio que se cierra. Claro que es eso. No puede ser otra cosa.

Y sin embargo, no son solo los ruidos. Están también los objetos que de vez en cuando aparecen donde no deberían estar; la radio que, una noche al volver a casa, está sonando; la luz de la cocina o de la habitación que se enciende cuando estoy en la cama a punto de dormirme.

Será una corriente de aire. Seguro, una corriente de aire que suena como pasos, pero al fin y al cabo una corriente de aire, o madera vieja, o una paloma que se quedó atrapada en el ático.

O será que eso de volver sobre tus pasos y todas esas tonterías a veces son verdad. 
No lo sé. No tengo idea. Ni miedo.


Así que déjate de rodeos y dime algo, o déjate de ruidos.