sábado, 2 de abril de 2016

Ludwika en Cracovia






Aunque nació en esta ciudad, aquí no la conoce absolutamente nadie. Por eso me gusta jugar con su nombre durante la primera clase de español de cada semestre, cuando inevitablemente mis estudiantes me preguntan por qué vine a Polonia. Entonces yo digo su nombre, les cuento aquel día en que la conocí, les digo que vine a buscarla precisa y solamente a ella, a Ludwika.

A veces se lo creen.

Y lo compruebo cada semestre con cada grupo de estudiantes polacos: a Ludwika -a pesar de ser hija de un gran violinista y una pintora, ambos cracovianos- en su propia ciudad no la conoce nadie.

Sin embargo, no hay un solo mexicano de treinta y tantos años que no sepa quién es Ludwika; no hay un solo mexicano que no sonría al escuchar ese nombre que todos conocimos en 1989. Ni siquiera hacen falta apellidos. Todos sabemos quién es Ludwika; todos sabemos quién es, o quién fue, o quién era - porque con ella cualquier pretérito es correcto- María Joaquina.

Igual que miles de niños mexicanos a finales de los años ochenta, yo también me enamoré perdidamente de María Joaquina Villaseñor –interpretada por Ludwika Paleta-, una de las niñas de la telenovela Carrusel.

Dicha telenovela mostraba las vidas y aventuras de un grupo de niños, compañeros de clase, de unos 10 años; estaba llena de arquetipos: estaba el niño gordito-bromista que se sentaba al fondo del salón, la gordita-enamoradiza, el travieso-hiperactivo de risa estridente, el arrogante hijo del millonario, el niño estudioso de familia humilde y que además trabajaba por las tardes, un niño judío que trataba de esconder su origen, la niña chismosa, el niño que se dormía en clase, el niño genio que intentaba explicar todo con ecuaciones matemáticas, el de la casita del árbol, el hijo de inmigrantes japoneses que sabía artes marciales y hablaba raro, la niña lectora, el niño negro hijo de un carpintero, la niña rubia de ojos azules, arrogante y presumida.

Y por supuesto, Cirilo –el niño negro hijo de un carpintero-, estaba perdidamente enamorado de María Joaquina, la niña rubia, y todos los niños mexicanos nos sentíamos un poco Cirilo, y esperábamos con ansias que algún día María Joaquina correspondiera finalmente a su amor.

Ella, hermosa, egoísta, malvada, racista, arrogante, materialista, poco inteligente, tenía enamorado a medio México, lo cual quizá dice mucho de los niños mexicanos, o de los mexicanos a secas, o de los hombres a secas; pero con todo eso, María Joaquina fue el amor platónico de miles.

Tanto éxito tuvo Carrusel, que después de terminada hicieron una gira por varios teatros del país, y mi madre –que como todas las madres, entienden muy bien los estúpidos enamoramientos de sus hijos-, consiguió no sé cómo boletos para la única función que darían en el norte de la ciudad. Mi mamá me va a llevar a ver Carrusel, les decía a mis amigos de la escuela, y era la envidia del todo el grupo. Ya en el teatro, el escenario era la misma escuela que en la telenovela, y los niños cantaban, asistían a clase, corrían por el patio e incluso entre el público.

Y durante dos o tres segundos tuve a María Joaquina a 30 centímetros de mí. Estrechó fugazmente mi mano al pasar entre el público, y yo, a mis 7 años, supe por primera vez que la felicidad son esos esporádicos ramalazos; esos rayos que te parten los huesos y te dejan estaqueado en la mitad del patio, como dice Cortázar. Un instante después la función había terminado, y Cirilo y yo volvimos a ser hermanos en la desgracia.

El personaje de María Joaquina Villaseñor quedó en nuestra memoria. Poco después Ludwika Paleta volvió a Polonia con su familia donde estudió algunos años, después se fue de nuevo a México e hizo varias telenovelas y películas más. Años después, ya convertida en toda una mujer, hizo su primer desnudo en una revista para hombres (por primera vez en la historia de la revista, la edición se agotó en menos de 12 horas), después se casó con un actor, se divorció, y se casó hace poco con el hijo de Carlos Salinas de Gortari, uno de los ex presidentes más odiados de México.

Yo me vine a Polonia hace unos años, y fue acá donde me enteré de que en esta ciudad, en Cracovia, nació Ludwika Paleta. Aquí hicieron carrera sus padres, aquí vienen de vez en cuando.

Como hoy, por ejemplo.

Esta semana el compositor y violinista Zbigniew Paleta -tal vez les suene la música de la trilogía Tres colores, de Krzysztof Kieślowski, o los conciertos sinfónicos y acústicos de Álex Lora y El Tri- está en Cracovia para recibir un importante premio y tocar con su antiguo grupo dentro del ciclo Conciertos para Piotr Skrzynecki. Lo acompañan sus dos hijas, Dominika y Ludwika. Es sabido que a Zbigniew Paleta le gusta pasarse por el bar Vis à Vis, en la plaza central de Cracovia, donde está la famosa estatua del fallecido compositor y coreógrafo Skrzynecki.

Ahí están los tres, acompañados de viejos amigos del violinista. En México jamás podría encontrármela en un bar, pero aquí, en su ciudad, a Ludwika no la conoce nadie.

Excepto aquellos a quienes nos hermanó la desgracia de Cirilo.


Me levanto sin pensar exactamente qué voy a decir. Sé que serán más de tres segundos. Y sé también que ya no será un rayo que me parta a la mitad como en aquel teatro cuando tenía 7 años.










4 comentarios:

  1. Tu entrada es pésima, patética y mediocre.

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    1. Podrías ser un poco más explícito, estimado "no".

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  2. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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  3. Qué buenos recuerdos, ese "make believe" por el que nos hizo pasar María Joaquina a todos los niños es un gran recuerdo de una gran infancia

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