domingo, 26 de febrero de 2012

Putas lavadoras



Comenzar a ver películas italianas se ha vuelto rutinario, automático, aunque no obsesivo; si puedo, si hay una a la mano, la veo. Eso sí, tienen que ser películas que se hayan filmado entre los 60 y los 80. Nunca más recientes. O casi nunca.

Sin exagerar, he visto el comienzo de más de doscientas películas italianas. De ésas, solo  quince o veinte las he terminado. Me bastan algunos minutos para saber si lo que busco está en esa película. Por lo menos doscientas, y sigo buscándola.

Hace unas semanas, un amigo puso en su muro de Facebook algunas fotos de cuando íbamos en la secundaria. En una de ellas aparezco yo, hace diecisiete años, con ese horrible pantalón gris y suéter verde, y encima, una chamarra de los 49ers de San Francisco que nunca me quitaba, aunque hiciera calor. Hoy daría uno de mis riñones por lo que olvidé en el bolsillo de esa chamarra.

Una noche –yo tenía doce años- mientras me aburría cambiando los canales de la televisión, que no eran muchos porque en mi casa nunca tuvimos cablevisión ni nada así, me topé con una mujer desnuda caminando en la pantalla. Debió ser en el canal 22, donde pasaban películas raras, aburridas y largas, y claro, con doce años, yo era un hervidero hormonal, así que al ver aquel par de senos al aire dejé el control remoto a un lado, bajé el volumen y miré que nadie estuviera en el comedor, desde donde también se podía ver la tele. Era casi medianoche y comprobé que todos estaban arriba en sus habitaciones. Ese horrible y cultural canal 22 por fin me ofrecía algo interesante; era una película italiana, a color, subtitulada en español –algo raro en la televisión abierta-, y durante los siguientes cuarenta minutos, hasta que terminó, la protagonista apareció siempre desnuda, y siempre en el mismo departamento. Aún hoy pienso que debe ser uno de los desnudos más largos en la historia del cine mundial.

Era una chica rubia, de cabello ondulado y ojos azules. Parecía joven –menos de 30 años-, era delgada y no tenía un cuerpo de playmate, sino senos pequeños y caderas apenas pronunciadas. Cocinaba desnuda, y desnuda se sentaba a la mesa, y escribía cartas desnuda, y mientras su amante, vestido con un traje café, tomaba el desayuno, ella le contaba chistes desnuda. Toda la película transcurría en el departamento de la chica, y su pareja, un oficinista cincuentón y bastante gris, la visitaba cada dos o tres días, hablaban un poco –en ningún momento había el menor contacto entre ellos, él apenas decía algunas palabras-, y luego él regresaba al trabajo o a casa con su esposa, y la chica rubia se quedaba otra vez sola en el departamento, esperando un nuevo encuentro. Y estuviera sola o acompañada, lavando los platos o leyendo desnuda en el sofá, la chica siempre, absolutamente siempre se veía alegre.

No fue precisamente excitación lo que sentí, no me provocó una erección ni me hizo entregarme a las artes de Onán. No era la primera mujer desnuda que veía en la pantalla (por aquel entonces yo ya conocía a Savannah, Janine Lindemulder y algunas otras chicas Vivid, pero ninguna de ellas se comparaba con la chica italiana que en ese momento aparecía). No, no fue excitación, fue el mismísimo síndrome de Sthendal en toda su pureza. Fue vértigo y maravilla, fue colapso, quietud, eclosión y Epifanía. La vi hablar por teléfono y lavarse los dientes, discutir con su pareja y luego arreglarle la corbata, reírse y asomarse por la ventana; desnudez y alegría eran exactamente lo mismo en esa chica. Me quedé inmóvil el resto de la película, sin entender un carajo de lo que decían y sin leer ni un solo subtítulo, babeando ante la mujer más bella que he visto en toda mi puta vida.

Esas películas raras del canal 22 no tenían comerciales, lo cual por primera vez me pareció una pena, pues al ir a un corte solía verse en la pantalla: En un momento regresamos con… o Estás viendo… regresamos, por lo que nunca supe el título. Cuando aparecieron los créditos finales, leí el nombre de la actriz y lo escribí de inmediato en un trocito de papel. Lo doblé y lo guardé en el bolsillo interior de la chamarra que llevaba puesta. La de los 49ers de San Francisco.

Durante un par de meses dejé de ponerme mi chamarra favorita, pero por lo menos una vez a la semana confirmaba que el trocito de papel seguía ahí, con el nombre de la mujer más bella del mundo escrito en él. Sin embargo, no había mucho que hacer; no podía pedirle ayuda a mis hermanas mayores o a mis padres, me daba vergüenza; no conocía a ninguna persona experta en cine italiano (en realidad no conocía gente experta en nada), y tampoco existía google, ni chats ni todas estas mierdas tecnológicas que nos resuelven la vida en 3 segundos. No había mucho que hacer, así que no hice nada.

Estábamos por terminar el tercer año de secundaria, el papelito seguía ahí después de más de dos años, aunque ya no le daba tanta importancia. Algún día le preguntaré a alguien que sepa, pensaba, y volvía a guardarlo en el bolsillo interior. Un día en una fiesta le presté mi chamarra de los 49ers a un chico de mi grupo llamado Alfonso -que también aparece en la foto-. Se la llevó a su casa y yo me olvidé de ellas (de la chamarra y de la mujer más bella del mundo). Dejamos de vernos, y varios meses después, cuando me la devolvió, me dijo muy amable: mi mamá la echó a la lavadora porque estaba re sucia, pinche Merino, ¿que nunca la habías lavado?


El trozo de papel, obviamente, se había disuelto. Intenté con todas las hormonas de mi quinceañero cuerpo recordar el nombre de la actriz, y me fue fácil: María. María… ¿Antonioni?, ¿Albertini?, ¿Tallarini?, ¿Tallarota?, ¿Pagliuca?, ¿Apolloni?, ¿Maldini? No, pendejo, ésos eran futbolistas. ¡Puta madre!, ¡puto Alfonso!, ¡puto canal 22!, ¡puto papel!, ¡putas lavadoras!

Pero Dios es tan canalla que hace que la esperanza reaparezca de vez en cuando, y en la prepa conocí a un par de chicos que decían saber mucho de cine “de autor”, “independiente”, “no comercial”. Pinches mamones, pero era lo que había, así que comencé a explorar un poco sobre cine italiano (seguíamos sin tener Internet así que tenía que ir al tianguis del Chopo a conseguir películas raras). Fui siguiendo recomendaciones de todo el que parecía saber algo sobre cine italiano, o simplemente sobre cine, o de todo aquel que pareciera saber algo sobre cualquier cosa. Comenzaba a ver alguna cinta –literalmente eran cintas, en formato VHS- y a los 20 minutos la quitaba si no aparecía la mítica actriz. En la escuela me mandaron un par de veces a la Cineteca Nacional y aproveché para preguntar a los viejos que vendían pelis usadas, pregunté a los comerciantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, a los viejos lobos del CUEC, pregunté en el tianguis afuera del metro Balderas, y fui siguiendo cualquier referencia que alguien me diera sobre cine italiano. Lo hice durante mis tres años de la prepa (incluyendo cuando estuvimos en huelga), lo hice durante mi único año en la Facultad de Ciencias en C.U., durante mis vacaciones y siempre que me topé con alguien que supiera un poco de cine.

Si mi madre me hubiera encontrado viendo Saló o los 120 días de Sodoma, de Pier Paolo Pasolini, u Holocausto caníbal, de Ruggero Deodato, habría quemado en el acto las 3 televisiones de la casa. Veía cualquier película italiana. Cualquiera; de Mario Bava a Rossellini, de Lucio Fulci, de Nanni Moretti; más de diez películas de Marco Ferreri; he visto el inicio de todas las películas de Fellini y no he terminado ni una sola; he visto el inicio de todas las de Tinto Brass, y las he terminado todas (solo por curiosidad).

Pero no todos fueron fracasos, pues descubrí a Dario Argento –y de paso a Asia Argento-, a Dominique Sanda y a Gloria Guida. Con eso debería bastarme. Con Gloria Guinda a cualquiera debería bastarle, pero ni siquiera ella, ni siquiera –y que me perdone Dios por decir esto- Stoya Doll, o Martina Warren, Lexi Belle, Stormy Daniels o Silvia Saint  me han quitado el aliento como lo hizo María Pavarotini o como carajos se llame.

En la calle Grodzka, muy cerca del centro de Cracovia, está el Instituto Italiano de Cultura. Cada miércoles hay películas, y hoy ponen Un uomo in ginocchio, de Damiano Damiani. No me suena, pero es del ´78, así que igual hay suerte. Además, las películas italianas casi siempre duran veinte minutos.

La posibilidad de recordar el apellido de aquella mujer cada vez me parece menos probable. Desde hace un par de años comienzo a sopesar la idea de que tal vez ni siquiera se llamaba María; tal vez ni siquiera era italiana la película, pues pensándolo bien, a los 12 años yo no sabía cómo sonaba el italiano; pudo ser francés, o checo, y yo he buscado todos estos años en doscientas películas del país equivocado.

En tres segundos, en tres malditos segundos google me diría lo que no he podido encontrar en diecisiete años.

Y todo por una puta lavadora.




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martes, 24 de enero de 2012

Que Marcos tenga razón



Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo:
mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo,
que teniendo dos ojos ser echado al infierno; 
donde el gusano de ellos no muere,
y el fuego nunca se apaga.

Marcos: 9-47

 Escuchas el timbre. Siempre has tenido el sueño ligero, por lo que al menor ruido te despiertas. Lo oyes como si estuviera sobre tu cabeza. Maldices. Te das vuelta y te dispones a dormir de nuevo, pero unos segundos después el timbre vuelve a sonar, ahora dos veces. Abres los ojos y miras el reloj: 10:52 am. Quitas las sábanas con violencia y te levantas. La chica que duerme a tu lado lanza un leve suspiro y continúa durmiendo. Falta un par de metros para llegar a la puerta cuando el timbre suena de nuevo y tú lanzas un bufido, molesto porque algún idiota te inoportuna a tan temprana hora de un domingo. Hay tres mujeres frente a tu puerta. Llevan puestos lindos vestidos, sombrilla en mano y un libro en la otra, y basta un par de segundos para que sepas de qué va la cosa, y que lo que han venido a ofrecerte el día de hoy no es cortar el pasto, ni quesos ni tamales, sino la salvación de tu somnolienta alma. Parecen abuela, madre e hija, y tal vez lo sean; a quién le importa.

-¿Si?- preguntas con impaciencia.

-Buenos días joven- responde la mayor de ellas-. Mire, el día de hoy queremos compartir con usted La Palabra de Dios. ¿Nos regalaría unos minutos de su tiempo?

Habría que verte ahí parado, semidesnudo y con la cabeza asomada por la puerta, con cara de idiota y de sueño, o de idiota con sueño, y con dolor de cabeza y la panza vacía, y la boca pastosa y ganas de orinar. Y aun en ese lastimoso estado alguien ha venido hasta tu puerta a salvarte el alma, y tú, que además del sueño ligero, siempre has tenido también el carácter débil a la hora de decir no, sabes que eres incapaz de cerrarles la puerta en las narices y que no podrás conciliar el sueño nuevamente; tu domingo se ha ido al carajo, sin embargo logras poner una cara amable y dices con voz chillona espéreme tantito. Cierras la puerta y regresas a la habitación, tomas un pantalón y una camiseta sucia, echas un vistazo a la mujer que yace imperturbable sobre tu cama, miras su cuerpo desnudo a través de la sábana que a penas le cubre las caderas y deja asomar el resto de su piel. Regresas hacia la puerta, la abres y sales de la casa. 

Las mujeres parecen de piedra, incluso la menor, que no tendrá más de 8 años. Te saludan, tú haces lo propio, y sin darte tiempo de nada, la mayor de ellas abre su Biblia y te empieza a bombardear de versículos. Por supuesto, empieza con Juan: 3-16 (Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna), de ahí a Romanos: 10-9 (Si creyeres que Jesús es el señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo), a Salmos: 5-4 (Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad), etc., para terminar su homilía en el Apocalipsis de Juan, diciéndote lo que se ha venido diciendo desde hace siglos: que los tiempos están llegando a su fin y que hay que ser buenos. Por ello –interviene la otra mujer- debemos conducirnos siguiendo siempre La Palabra de Dios, obedeciendo sus Mandamientos para obtener la salvación, y la vida eterna.

-Sus Mandamientos- dices tú, escéptico.

-Así es, joven, mire – dice mientras retrocede algunas páginas-, en el libro de Éxodo, capítulo 1, encontramos los Mandamientos; son normas muy sencillas que debemos obedecer si queremos alcanzar la salvación y la vida eterna.

-Señora –interrumpes amablemente-, no creo que me vaya a salvar. De esos 10 solamente he cumplido el número 5.

-Aun así, joven, –agrega con tono tranquilizador- podemos encontrar la salvación si nos arrepentimos de nuestros pecados. Si usted se arrepiente de sus faltas, el Señor le dará vida eterna.

Casi siempre te divierte hablar con los emisarios de La Palabra del Señor, hacerte el ingenuo, el hereje, el ateo, el escéptico. Pero esta vez tienes demasiado sueño y quieres volver a la cama.

-Señora, orgasmo y arrepentimiento son dos términos contradictorios.

La niña te mira intrigada, como queriendo preguntar qué es un orgasmo, pero su madre, o lo que sea, le pasa un brazo alrededor de los hombros. Las mujeres se miran un momento. La mayor arremete:

-Esos placeres son falsos, joven. Si usted sigue por el camino de la fornicación, tal vez crea que lo disfruta, pero se está condenando. Y no es bueno que renuncie a la vida eterna que le ofrece El Señor sólo por un rato de placer.

Suspiras por lo bajo. Sabes que nada bueno va a salir de esto.

-Señoras –les dices con una amplia sonrisa-, no les quito más su tiempo. Feliz celibato.

Sin esperar respuesta das media vuelta y caminas. Cierras la puerta tras de ti. Camino a la recámara te detienes frente a un librero. Te toma apenas unos segundos encontrar el indicado; lo abres casi al final, y comienzas a leer algunas líneas que escribiera Juan en su destierro de Patmos:

Los siete ángeles que tenían las siete trompetas se prepararon para tocarlas. El primero tocó la trompeta, y vino granizo y fuego mezclados con sangre, y fueron arrojados a la tierra; y se quemó la tercera parte de la tierra, se quemó la tercera parte de los árboles y se quemó toda la hierba verde. El segundo ángel tocó la trompeta, y algo como una gran montaña ardiendo en llamas fue arrojado al mar, y la tercera parte del mar se convirtió en sangre. Y murió la tercera parte de los seres que estaban en el mar y que tenían vida; y la tercera parte de los barcos fue destruida. El tercer ángel tocó la trompeta, y cayó del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre los manantiales de las aguas. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y muchos hombres murieron por causa de las aguas, porque se habían vuelto amargas. El cuarto ángel tocó la trompeta, y fue herida la tercera parte del sol, la tercera parte de la luna y la tercera parte de las estrellas, para que la tercera parte de ellos se oscureciera y el día no resplandeciera en su tercera parte, y asimismo la noche.

Cierras el libro un momento. Así pinta la cosa; vaya panorama el que nos espera. Lo abres de nuevo y, como siempre, relees algunos que conoces bien. Gálatas: 5-16 (Digo, pues: andad en el espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne), I Corintios: 6-13 (Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo), Hebreos: 13-4 (Pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios). Y como haces a menudo, vas a tus dos favoritos. Los encuentras ya sin ninguna dificultad; las páginas están marcadas: Mateo: 16-23 (Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres) y 2 Corintios: 11-14 (Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz). 


Cierras el libro y lo devuelves a su lugar. Caminas hacia la habitación. La miras. Y ahí, debajo de esas sábanas, está el abismo, con fuego y sangre y montañas ardiendo; ahí está el infierno mismo, encarnado en esa piel. Ahí está ese ángel de luz. Sin duda Satanás pone la mira en las cosas de los hombres. ¿Será verdad? ¿Será una más de sus formas? Ese rebelde fue sin duda un ángel de belleza apabullante. Y si en verdad está ahí, entre esas sábanas, vale la pena entregarse al abismo, y caer, y arder, si el precio es una belleza como la suya. Recorres todo su cuerpo con la mirada, y una mínima sonrisa se te asoma en el rostro mientras murmuras otro de tus preferidos, Apocalipsis: 9-21 (Y no se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerías, ni de su fornicación ni de sus hurtos)

La chica ha despertado y te mira sin que tú lo notes.

-¿De qué te ríes?- pregunta mientras se acomoda sobre la almohada y la sábana se le escurre un poco dejando entrever sus senos.

-De nosotros- respondes inclinándote hacia su boca. Y mientras la besas y tus manos la acarician como si te fuera la vida en ello, y sus sexos comienzan lentamente a buscarse, piensas que ojalá Marcos: 9-47 sea cierto.

Que el fuego nunca se apague.







lunes, 9 de enero de 2012

P. D: Mátalos a todos




Hijo,

lo que va a pasar es inevitable, y te tomará muchos años comprenderlo en su totalidad. Ahora mismo, mientras te escribo esta carta, eres incapaz de entenderlo, y seguramente algún día –creo saber cuál será ese día- me juzgues, me increpes, y quizá, incluso, dudes de lo mucho que te quiero. Eres aún muy pequeño para entender por qué hago lo que hago, pero aún con todos los riesgos que implica encomendarte esta difícil tarea, confío en tu perspicacia, en tu buen juicio, y sobre todo, en tu libertad para que, en el último momento, te convenzas plenamente de que lo que estás haciendo es lo que debe hacerse; para que acabes con todos ellos definitivamente.

Abandonarte –aunque esa es una palabra muy dura- ahora que eres solo un niño, me lastima enormemente como a cualquier padre. Sería presuntuoso decir que ningún padre jamás ha querido a un hijo como yo a ti, y seguramente muchos padres en el mundo dirían lo mismo, pero no puedo evitar sentirme así, como si efectivamente no hubiera otro padre en el mundo que profese un amor tan grande como el mío hacia ti, así que diré, entonces, que te quiero como solo un padre es capaz de querer, y por ello, por lo mucho que te quiero y por todo lo que está en juego, debes matarlos.

No pasará mucho tiempo para que empieces a darte cuenta de cómo funcionan realmente las cosas allá. No tendré que decirte nada y así evitaré que se piense que yo cargué la balanza a mi favor, o que influí en tus decisiones o en tus actos. No. No diré una sola palabra, ni moveré un dedo a tu favor, pues sé bien que pronto empezarás a darme la razón. Serás todavía un niño cuando experimentes, por primera vez, lo amargo que puede resultar vivir junto a ellos; comenzarás a identificar sus distintas voces, sus miradas, sus tactos, y te irás haciendo una idea muy clara de su vileza, de su hipocresía, pero sobre todo, de su mezquindad.

Si algún consejo puedo darte –y recalco que solamente es un consejo-, es este: No les creas absolutamente nada. De sus bocas no saldrán sino mentiras, promesas que olvidan con obscena facilidad, discursos que pronuncian con alarmante estupidez, y que, a la larga, no sirven sino para reforzar, un poco, su débil concepto de sí mismos. Basta mirar un poco atrás y ver lo que hicieron con tu hermano, quien –y me hiere nada más recordarlo- trató de excusarlos siempre, incluso cuando le manifestaron el más ingente desprecio, incluso cuando experimentó en su propia carne –y no estoy siendo poético- el verdadero carácter de ésos a los que pronto tú tendrás que conocer también; incluso cuando tu hermano se desangraba, y agonizaba, cuando se le estaba yendo la vida en tibios hilillos de sangre, y deliraba e incluso hacía un esfuerzo por sonreír mientras por dentro se le reventaban los tendones y se le dislocaban los hombros; incluso en esos momentos, tu hermano fue incapaz de entender lo que pasaba realmente, incapaz de comprender lo que siempre estuvo ahí, frente a él y frente a todos, lo que siempre ha sido y será hasta el día en que tú leas esta carta, y entiendas que todo esto fue un error, y los mates a todos.

Pero no hace falta que te cuente nada. De tu hermano te enterarás tú solo, pues aún hay quien habla de él. Si aún sabiéndolo decides confiar en ellos, y sus destellos de mansedumbre nublan tu juicio, y sobre todo, si al final les quieres, entonces vas a sufrir. La pregunta es: ¿lograrán despertar tu simpatía, tu confianza, o peor aún, tu compasión? No lo sé. Creí saberlo cuando tu hermano se fue; confiaba en que él sería fuerte y haría lo que se suponía que debía hacer, pero ya ves. Al final, yo me equivoqué, y lo vi morir cuando eso no tenía que pasar. Así que ahora, al dejarte cuando aún eres un niño, ya no estoy tan seguro de que seas lo suficientemente fuerte para permanecer estoico y, al final, hacer lo que te estoy encomendando hacer. Lo que debes hacer.

Nada ha cambiado desde que tu hermano murió. Nada. Así que míralos bien, escúchalos bien, y entonces te darás cuenta que matarlos de una sola vez es más… digamos, piadoso.

¿Que por qué te abandono? No lo entenderías. Para entenderlo tendrías que quedarte conmigo, y si eso pasara, si te quedaras conmigo, entonces no te preguntarías por mi abandono, puesto que no habría ocurrido nunca. ¿Te das cuenta de lo paradójico del asunto? Al arrojar mi margarita entre los cerdos la imposibilito de cualquier entendimiento de su suerte. Quizá por eso es tan doloroso dejarte, porque sé que corro el riesgo de ver cómo te seducen sus palabras, cómo los compadeces y comienzas a quererlos. Quiera Dios que seas fuerte y cumplas lo que te pido.

Si con los años logras pasar como uno más de ellos y te mantienes atento, podrás comenzar a distinguir sus rasgos más auténticos, a leer sus rostros, sus sonrisas, su andar, sus silencios. Entenderás, poco a poco -luego de varios años de verlos ir y venir, mentir y reírse, saludarse y escupir-, que su naturaleza es de lo más simple, como sus deseos, y que en el fondo, todos, absolutamente todos, tienen el mismo brillo en los ojos y el mismo corazón. Quizá quieras, en algún momento, hacer una excepción; quizá te convenzas a ultranza de que hay un par de ellos verdaderamente distintos. Olvídalo. No estamos, ni tú ni yo, a estas alturas, para excepciones. Quítatelo de la cabeza; lo único que causarás es que tu tarea sea más difícil. Y quiero decir difícil para ti, pues mi tarea termina con esta carta.

Si tu condición para cumplir lo que te pido es una sincera y convincente explicación –la cual mereces más que nadie-, prometo dártela cuando hayas terminado, y te juro que entenderás de una vez y para siempre todo este asunto, que desafortunadamente, se nos ha salido de las manos. Pero tienes que confiar en mí. ¿En quién vas a confiar si no en tu padre?

Haz lo que estás destinado a hacer, y por tu bien, hazlo sin dudar, pues si te descubren, si perciben tus intenciones, si les das cualquier motivo de sospecha, entonces lo harán ellos contigo. Matar es práctica común entre ellos, así nadie se sorprenderá si un día, mientras haces un ensayo, se te va la mano con un par; descubrirás que matarlos es muy sencillo. Tendrás todos los medios para hacerlo. Así que elije el escenario que quieras, la forma que quieras, pero no dejes a uno solo con vida. No te detengas a darles explicaciones, ni intentes hacerte el sabio juzgándolos. No les escuches, no les compadezcas, y por lo que más quieras, no les creas. Sea lo que sea que te digan, no les creas.

¿Harás lo que te pido? Confío en que sí. Confío en tu fortaleza, en la libertad que te doy, en tu corazón intacto y puro.

Yo estaré esperándote aquí mismo, y todo estará bien. 
No habrá más errores. Te lo prometo.



No lo olvides: a todos.





miércoles, 14 de diciembre de 2011

La casa de papel



Había dos cosas que le iluminaban el rostro a Darío: los libros y las mujeres. No todos los libros, claro. Tampoco todas las mujeres. Sufría decepciones con ambos, como todos, pero se entregaba a una novela o a una piel con pasión idéntica. A menudo lo oía tocar ansioso la puerta, dispuesto a detallarme el ponto de emociones que le había hecho sentir el penúltimo capítulo de La fiesta del Chivo, el Ayer de Dalton o algún párrafo de Paradiso. Yo nunca he sido un lector como Dios manda, pero trataba de seguirle el ritmo y de leer sus recomendaciones (que siempre eran demasiadas). Para Darío muchos autores eran El Autor; muchas novelas, La Novela; muchos versos, El Verso. Con las mujeres era distinto; siempre ocurría algo que echaba todo por la borda.  Y no es que tuviera mala suerte con las mujeres. En realidad, creo que eran ellas quienes tenían mala suerte con Darío; se interesaban en él, pero por más que lo intentara, Darío no se enamoraba nunca de nadie. Durante años lo vi saltar de una relación a otra (aunque no con la celeridad con que saltaba de una novela a otra), atribuyendo siempre sus fracasos amorosos a causas que sobrepasaban su capacidad de entregarse plenamente a una mujer que siempre parecía ser la adecuada.  Lo veía regresar al cabo de tres semanas, cabizbajo y pensativo.

-¿Y ahora qué pasó? -le preguntaba.

-No era ella- decía melancólico-, resultó ser una Claudia gris cuando yo quería una Angélica de Alquézar-. O algo así.

A veces me parecía que mi amigo era un personaje de novela, y que por un extraño azar había venido a parar en este mundo que no entendía; era como el buen Ulises Lima, un salvaje detective. Un rondacafés. Un buscador. O un perseguidor, como el Johnny de Cortázar. Era, cómo decirlo, una especie de Diógenes posmoderno, pues cuando uno le preguntaba qué era lo que buscaba en una mujer, respondía: busco una mujer de la que valga la pena enamorarse hasta la muerte. Y agregaba apasionado: tocar su boca, con un dedo tocar el borde de su boca, ir dibujándola como si saliera de mi mano… y amalarle el noema y ver cómo se le agolpa el clémiso y cae en hidromurias, en salvajes ambonios… y tordularle los urgalios y aproximarle mis orfelunios…

Era imposible no contagiarse de esa pasión por la Literatura. Con los años fui conociendo aquellos libros que habían puesto esa chispa en Darío. Fui entendiendo –creo- ese afán suyo de conocer a una mujer de novela. Tienes que conocer a Remedios la bella, a la chica de la cola de caballo, a Aura. ¡Carajo, a Estefanía!
Pero como sucede con muchos espíritus aventureros, con el paso de los años Darío fue desanimándose, fue perdiendo la fe en su loable empresa. Comenzó a pensar que quizá esa mujer de la que podría enamorarse no existía.

Sigue buscando –le decía yo-. Y entonces Darío me sonreía y me decía que sí, que no quedaba sino seguir buscando.

Yo comenzaba a entender por qué ninguna mujer era capaz de enamorar a mi amigo; aunque no buscaba una belleza abrumadora ni una notable inteligencia, aunque no le incomodaba si la chica en cuestión tenía un carácter fuerte o una mediocre timidez, buscaba una mujer completamente literaria. Una mujer, según él, de la que valiera la pena enamorarse hasta el vómito de la incongruencia. Y lo intentó. De verdad lo intentó, pero no la encontró nunca.

Un día Darío llegó a mi casa muy temprano. Me extendió las llaves de su departamento y me dijo:

-Ahí te dejo mis libros, ve por ellos cuando puedas, y si encuentras algo más que te sirva, llévatelo también. Ya me voy.

Yo, aún medio adormilado y sin entender nada de lo que decía, le pregunté que a dónde pensaba ir. Darío miró sus zapatos con una tristeza que no le había visto nunca, levantó los hombros ligeramente y me recitó un verso –que años después supe era de Sabines. Tengo ganas de llorar, estoy llorando. Quiero reunir mis cosas, algún libro, una caja de fósforos, cigarros, un pantalón, tal vez una camisa. Quiero irme. No sé a dónde ni para qué, pero quiero irme. Tengo miedo. No estoy a gusto. Y ya mirándome a los ojos, agregó:

-Quiero enamorarme hasta el delirio, hasta llorar a lágrima viva. Eso es todo lo que quiero, y no me importa dónde, pero voy a encontrarla.

Regresé a la cama pensando que no pasarían más de dos meses para que Darío regresara. Supuse que cuando había dicho “no voy a encontrarla aquí” se refería a este barrio en el que habíamos crecido, a la ciudad de México tal vez, o al país; aunque sabiendo que no tenía ni pasaporte ni dinero suficiente para llegar siquiera a Pachuca en autobús, andaría por ahí adentrándose en zonas de la ciudad que nunca había recorrido. Pero no volvió. Hace ya doce años que Darío se fue. Nadie supo a dónde. Nunca llamó a nadie, ni una carta, ni una llamada diciendo que estaba bien, o que aún estaba. Y jamás volví a verlo.

En efecto, me quedé con sus libros; una colección más que aceptable que incluía principalmente escritores latinoamericanos y algunos japoneses. Los llevé a mi casa seis meses después de que Darío se fue, cuando comencé a pensar que quizá no regresaría, aunque nunca los mezclé con mis cosas. Compré un par de libreros rústicos y los acomodé ahí, como esperando que un día regresara por ellos. Comencé a leerlos, siempre dentro de ese cuarto y siempre devolviéndolos a su lugar apenas los terminaba. Algunos tenían anotaciones ilegibles en los márgenes; otros bromas muy negras, como aquella que escribió Pierre de Fermat en una página de la Aritmética de Diofanto. Gracias a Darío leí a Bioy Casares, a Galeano, a Donoso, y al cabo de 8 años, todos los libros que Darío me había dejado. A veces me daba por tomar uno al azar y hojearlo, o dejarlo caer y leer la página en que quedaba abierto sobre el suelo. Una tarde, mientras hojeaba su ejemplar de Rayuela, encontré una nota que Darío escribió un año antes de irse (siempre le ponía fecha a sus anotaciones). Decía: Hay dos mujeres de las que vale la pena enamorarse. Una está enamorada de Oliveira; la otra, de Palinuro. Entendía la primera mitad de la nota; cuando entendí la segunda estuve casi totalmente de acuerdo con él.

Los cientos de anotaciones en los libros de Darío me llevaron a otros autores. Ése fue su mejor regalo. Sus comentarios en Memoria de mis putas tristes me llevaron a Kawabata, éste a Mishima, éste a Oé, y hace unos días comencé una novela de Haruki Murakami. Me pareció más que curioso que entre aquellas páginas fuera apareciendo, casi a fuerzas, como si el autor no hubiera podido evitarlo, un personaje mexicano. Es Darío. Contra toda lógica, lo único que pude hacer cuando lo encontré, fue reír. Ahí está mi amigo, viviendo en Tokio en los años sesenta, apañándoselas como puede para comunicarse, para hacerse de un trabajo, para comer tofu de supermercado. Darío se ha encontrado en varias ocasiones con Reyko, una amiga de la novia del protagonista. Cada vez que la historia recupera su cauce, Darío aparece, casi a empujones entre las páginas, arruinándole al autor la trama de varias páginas; mi amigo es un personaje secundario en una novela japonesa. No sé si sea casualidad que Darío se haya metido precisamente en esa novela, pero es irónico: dicha novela se titula igual que una canción de los Beatles, y la primera frase dice I once had a girl, or should I say she once had me. Lo cierto es que los ojos de Reyko parecen brillar cuando Darío aparece. Nada de eso me asombra demasiado; lo maravilloso es que la mirada de Darío también es distinta. Se está enamorando. Es ahí donde he cerrado la novela y la he puesto en la repisa con otros libros. Mucha suerte, amigo.


Después de todo, Darío lo logró. No me pregunten cómo, pero el maldito lo logró. Y por primera vez en su vida, se le ve casi feliz. 





miércoles, 30 de noviembre de 2011

La huelga que se llevó a Gisela



No recuerdo si alguien nos presentó. Debió ser así, porque yo nunca me hubiera acercado a ella (ya desde entonces era un cobarde). No tengo ningún recuerdo de nuestras primeras pláticas; me recuerdo únicamente a mí, a los 16 años, enamorado hasta la incongruencia de Gisela.

Durante más de un año imaginé la forma de decirle que la quería. La miraba de lejos, o buscaba coincidir con ella en los pasillos o en las horas libres –me sabía mejor su horario que el mío-. Tenía el cabello muy negro y muy lacio, y casi siempre se hacía una cola de caballo. No tenía una belleza extraordinaria; vestía siempre muy simple y me encantaba, pero tenía novio: un tipo de 1.80 m que jugaba basquetbol y tenía cara de asesino (en realidad, su novio era lo de menos, pues aún si no hubiera tenido, mi cobardía hubiera sido igual). Sin embargo Gisela siempre se mostró amable y sonriente. Platicábamos a menudo, y cada vez que la tenía cerca pensaba que no me podría gustar más. Pero cada día descubría que sí, que Gisela siempre me podía gustar más.

Me fui enamorando de ella como sólo podemos hacerlo a esa edad, es decir, sencilla y pendejamente; sin pedir nada ni pensar a futuro, sin preocuparme de si ella sentiría lo mismo y sin esperar que lo hiciera; sin pensar, ni por un momento, que lo justo sería que ella también se enamorara de mí. No. Me enamoré de Gisela completamente consciente de que ella no estaba ni cerca de hacer lo mismo, y no importaba.

Nunca he sabido si ella notó mi brutal enamoramiento. Supongo que sí -los hombres somos torpes para ocultar esas cosas-, pero Gisela nunca cambió sus actitudes, y nunca insinuó nada, ni interesarse por mí, ni incomodarse porque yo estuviera pendejamente enamorado de ella.

Un día la profesora de literatura nos mandó a la Feria Internacional del Libro. Ya saben, traer el boletito y sacarte una foto para que viera que habías ido. Había un escritor en una mesa firmando libros (era gordo, bigotón y fumaba sin parar). Leí su nombre en una pequeña placa: Paco Ignacio Taibo II. Había unos chicos, más o menos de mi edad, entrevistándolo, y cuando yo pasé a su lado escuché la frase más terrible, infausta y lapidaria de toda mi existencia, la cual memoricé al instante: “Mira cabrón –así le dijo Taibo II al chico de la grabadora-, yo te aseguro que cualquier hombre, cualquiera, puede conquistar a cualquier mujer, con los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda”…

No escuché el resto de la entrevista. Cuando le hicieron la siguiente pregunta yo ya estaba corriendo por toda la feria, buscando el famoso libro de ese tal Pablo Neruda. Lo encontré, lo compré, lo leí, todo en menos de una hora. Lo leí de nuevo en el metro y en el camión, de regreso a casa. Ya en mi cuarto, cuando terminé de leer los veintiún textos por cuarta vez -pues las primeras tres no había entendido un carajo-, cerré el libro y sonreí, satisfecho y seguro de tener en mis manos el arma infalible para enamorar a Gisela.


Seguro de mi éxito, decidí no apresurarme. Me lo tomé con calma. Pensé transcribir alguno de los poemas del libro y dárselo, o fotocopiar una página. Pensé si sería mejor hacerlo deliberada o anónimamente. Pensé muchas formas de hacerle llegar el libro a Gisela. Pero todas parecían pretenciosas. Seguí pensándolo un par de semanas. Quería que pareciera natural, espontáneo. Al final decidí comentárselo un día, como si fuera una cosa más. ¿Y qué hiciste el fin? Pues nada, fui a la Feria del Libro a ver qué encontraba. Compré unos que ya tenía tiempo buscando. ¿Ah sí? Sí, mira, qué casualidad, aquí en mi mochila tengo uno de los que compré, ah, es el de Neruda. ¿Neruda? Sí, de hecho, me acordé de ti en una parte. ¿De mí? ¿Por qué? No sé, pero si quieres llévatelo, luego me dices qué te pareció, ah caray, qué raro, mira, tiene una página doblada, no sé por qué, bueno, tengo clase, luego me dices.

Me alejé deprisa, sonriendo, convencido de mi espontaneidad, aunque ahora que lo recuerdo, años después, con ese cuento no hubiera engañado ni a Helen Keller.

Supe que el efecto sería inmediato, así que a la una de la tarde esperé en una jardinera que era paso obligatorio para ella. Esperé. La escuela se vació, y al no verla aparecer pensaba que seguramente estaría en ese momento diciéndole a su novio que estaba enamorada de alguien más, y que eso era todo entre ellos. Seguro que ahorita su novio le está pidiendo que no lo corte pero ella está firme en su decisión –me decía a mí mismo-, por eso no ha salido aún. Así de grande era mi fe en Paco Ignacio Taibo II.

Total que Gisela no salió, o no la vi salir o se fue antes. Y yo tenía mucha hambre así que me fui. Pero regresé a casa tan contento, que por primera vez el trayecto de dos horas entre Tacubaya y Cuautitlán me pareció hermoso. Tal cual. Así de feliz estaba la tarde del lunes 19 de abril de 1999, cuando volví a casa.

Al siguiente día -20 de abril de 1999- me levanté temprano y procuré llegar a la escuela antes de lo normal. Subí a pie por Avenida Observatorio como todos los días, y al llegar a la puerta de la preparatoria me encontré con cientos de estudiantes amontonados junto a la entrada. Había cadenas, sillas rotas, pancartas, un par de antorchas, gente colgada de la reja gritando algo sobre los derechos de los estudiantes, y banderas rojinegras. Y ahí, afuera de la prepa, mientras los líderes del movimiento decían por sus altavoces que lo hacían por nuestro bien, y yo asimilaba lo que una huelga le iba a hacer a mis planes de ese día, lo único que podía pensar era: Chinguen a su madre. Hoy no, cabrones.

Aquello era un caos. Comenzaron a llegar porros y granaderos, y hubo que correr. Regresé a casa para confirmar en las noticias que la UNAM estaba en huelga. Ese día me di cuenta que no tenía forma de contactar a Gisela. No había celulares ni email. Y lo único que yo sabía de ella era su primer apellido (que afortunadamente era muy raro) y que vivía en Naucalpan. Ni su dirección ni su teléfono. La huelga continuó varios meses, y no parecía que fuera a terminar pronto. Muchos estudiantes buscaron otra escuela para no perder el año escolar, por lo que en febrero de 2000, cuando por fin terminó la huelga, muchos estudiantes no volvieron.

Ahí es donde todo se vuelve borroso. Los meses que siguieron al término de la huelga se me aparecen a medias. Sé que yo volví a la prepa y que en un par de meses recuperamos todo un año. Pero no sé qué pasó con Gisela. No sé si volvió, si se cambió de escuela. O de casa. O de ciudad.

Seguí pensando en Gisela durante varios años. Pienso, en realidad. Pienso de vez en cuando en si habrá leído aquel texto de Neruda que le di (nunca he podido recordar si la hoja que doblé en el libro era el poema X, el XV o el XX, pero sé que era uno de esos tres. Y a pesar de haberlos releído decenas de veces, nunca estoy seguro cuál fue); en si pensaba decirme algo –lo que fuera- ese martes 20 de abril, cuando empezó la huelga.

Mis intentos por buscarla fueron vanos. Con los años, muy despacio, fui reconstruyendo algunas cosas sobre ella. Supe, cinco o seis años después, y casi por casualidad, por el amigo de un amigo, que había estudiado Arquitectura. Otro amigo de otro amigo la vio alguna vez en Acatlán, y así, referencias fugaces que nunca me sirvieron. Pude averiguar, con mucho esfuerzo (no había redes sociales) que fue editora de una revista cuando terminó su carrera, pero cuando por fin di con las oficinas, la revista tenía dos años de haber desaparecido.

Por último supe, hace un par de años, que vive en Baja California con su pareja, y que es feliz. No siento alegría ni tristeza por ello. Son ya doce años. Sé muy bien que ya no estoy enamorado de ella. Pero lo estuve. Y era genial estarlo. Y a veces pienso en el poema XX de Neruda, en la huelga, en las mentiras de Paco Ignacio Taibo II, en los ojos oscuros de Gisela.


Nunca la he vuelto a ver. Nunca volví a hablar con ella. 
Y nunca me he vuelto a enamorar como lo hice a los 16 años.

¿Acaso alguien lo hace?